La última función Capítulo 6 #5
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Capítulo 6 #5

La cifra surgió con la misma naturalidad que la pregunta anterior. La doctora dejó la carpeta sobre la mesa.

—¿Quién te ha hablado del segundo cuarenta y uno?

—Nadie.

—Mauro.

—No.

—¿Samuel?

—Ha dicho nueve segundos.

La mujer me observó como si ya no estuviera segura de que la información procediera únicamente de otros.

—¿Qué ocurrió? —insistí.

—Empezaste a sacarla del agua.

La frase terminó de construir la escena sin mostrarla entera. Dos golpes. Nueve segundos. El segundo cuarenta y uno. Mi cuerpo inclinándose, las manos entrando por fin en el agua y el peso de Nadia cuando dejó de colaborar con el movimiento.

Me apoyé en la mesa. No perdí el equilibrio, pero la habitación había adquirido una profundidad extraña, como si la distancia hasta la puerta se hubiese duplicado.

—¿Estaba consciente?

—No vamos a seguir.

—¿Respiraba?

—Víctor.

—Ha dicho que yo la saqué. ¿Respiraba?

La doctora se acercó sin tocarme.

—Siéntate.

—No.

—Estás empezando a desconectarte.

—Estoy aquí.

—Dime cinco cosas que ves.

—No convierta esto en un ejercicio.

—La mesa, las sillas, la puerta. Continúa.

—Veo la carpeta de Nadia.

—Bien. Otra cosa.

—Veo que ha escondido la hoja.

—No la he escondido.

—La ha guardado para controlar cuándo puedo recordarla.

—Mira la ventana.

La obedecí, no porque aceptara el procedimiento, sino porque el reflejo mostraba parte de la sala detrás de mí. Durante un instante vi a Nadia sentada en el lugar que había ocupado Nora, con el cabello mojado y las manos sobre las rodillas. Al volverme, la silla estaba vacía.

—¿Qué has visto? —preguntó la doctora.

—Nada.

—No te creo.

—Ese es su problema.

La puerta se abrió. Mauro entró, probablemente alertado por la cámara de la cabina o por algún aviso. La doctora le pidió agua y el estuche de medicación. Me negué a tomar nada.

—No estoy teniendo una crisis.

—No hace falta esperar a que empeore —dijo Mauro.

—Esa regla solo se aplica cuando el cuerpo es el mío.

La frase lo detuvo.

—Con Nora también intentamos intervenir antes.

—Y yo dije que todavía podía responder.

—Exacto.

Mauro dejó el vaso sobre la mesa. La doctora permanecía cerca, pero no bloqueaba la salida.

—No voy a sedarme cada vez que recuerde algo —dije.

—No es un sedante —respondió ella—. Es la medicación pautada para cuando empiezas a perder continuidad.

—Recuerdo perfectamente esta conversación.

—Entonces dime qué ocurrió después de que Nora saliera.

—Samuel golpeó dos veces la mesa.

—Después.

—Todos se marcharon.

—Después.

—Usted cerró la puerta.

—Antes has dicho que no la cerré con llave.

—Lo sé.

—¿Y antes de eso?

La secuencia empezaba a fragmentarse, no porque la hubiese olvidado, sino porque cada pregunta obligaba a elegir un punto distinto de la escena. La doctora utilizaba esa dificultad como prueba de desconexión.

—No voy a jugar.

—Toma la medicación.

Miré el comprimido que Mauro había colocado junto al vaso. Podía negarme, discutir o abandonar el despacho, pero cualquiera de esas decisiones sería interpretada como otra señal de que no estaba preparado para acceder a la grabación. Lo tomé.

Mauro esperó a que bebiera. Después recogió la bolsa con los bloques.

—Nora no participará en las próximas sesiones —dijo.

—¿Lo ha decidido ella?

—Sí.

—¿O la doctora?

—Ella.

—Quiero oírselo decir.

—Acaba de hacerlo.

—Ha dicho que no quería continuar con esto. Podía referirse a la actividad.

La doctora negó con la cabeza.

—No vuelvas a desarmar una negativa para encontrar una excepción.

—Necesito precisión.

—Necesitas una salida.

La medicación empezó a dejarme un sabor metálico en la lengua. Me senté, no porque la doctora lo hubiera pedido, sino porque las piernas habían empezado a perder firmeza.

—¿Qué ocurrirá ahora? —pregunté.

—Descansarás. Mañana decidiremos cómo continuar la reconstrucción.

—Sin Nora.

—Sí.

La ausencia futura de Nora produjo una incomodidad distinta del miedo.

Durante los últimos días, su resistencia había dado forma a la sala; sin ella, el grupo volvería a ser una actividad terapéutica donde nadie aceptaba ocupar el centro.

Comprendí entonces que la había elegido no porque se pareciera a Nadia, sino porque me permitía repetir la relación esencial de todo mi trabajo: una persona que desconfiaba de mí lo suficiente para volver significativa cada forma de entrega.

—Quiero hablar con ella una vez —dije.

—No.

—Para despedirme.

—No hay ningún vínculo que necesite un cierre privado.

—Eso no lo decide usted.

—Nora lo ha decidido.

Mauro se acercó.

—Vamos.

Me acompañó hasta la habitación. El pasillo parecía más largo de lo habitual y la luz demasiado blanca.

Al pasar junto al almacén, no olí cloro, pero escuché agua en algún lugar detrás de las paredes.

Podían ser tuberías. En Santa Elvira, cualquier sonido tenía una explicación disponible antes de que yo pudiera formular la pregunta.

Mauro abrió la puerta de mi habitación y esperó a que entrara.

—¿Samuel conoce la cifra porque participó en otras sesiones? —pregunté.

—Probablemente la oyó.

—¿De quién?

—No lo sé.