Capítulo 6 #4
—Porque las hemos utilizado en sesiones anteriores.
—¿Con Nora?
Él guardó la carpeta bajo el brazo.
—Con el grupo.
—Le habéis dado frases de Nadia.
—Se leyeron algunos fragmentos.
—Entonces las coincidencias no eran espontáneas.
La doctora se acercó.
—Nunca dijimos que lo fueran todas.
—Cuando pregunté cómo conocía Nora la frase de la audición, me dijeron que yo la había repetido.
—También la leyó en materiales de una sesión anterior.
—Eso es manipulación.
—Es reconstrucción.
—Han colocado palabras de Nadia en boca de otra mujer y después me acusan de confundirlas.
La voz se me había elevado. Los participantes dejaron de hablar. Nora permanecía junto a la pared, sosteniendo un vaso.
—No se pidió a Nora que interpretara a Nadia —dijo la doctora—. Los fragmentos se utilizaron para observar qué recordaba usted al escucharlos.
—La utilizaron como estímulo.
—Ella aceptó leerlos.
—¿Sabía para qué?
La doctora no respondió con la rapidez necesaria.
—¿Lo sabías? —pregunté a Nora.
Mauro se interpuso.
—No la metas en esto.
—Ya estaba dentro antes de que yo llegara.
Nora dejó el vaso.
—Sabía que eran frases de Nadia —dijo—. No sabía que algunas eran privadas.
—¿Te pidieron que las repitieras como si fueran tuyas?
—No.
—¿Entonces cómo ocurrió?
—Usted me daba escenas. A veces reconocía una frase y me preguntaba dónde la había oído. Otras me corregía hasta que terminaba diciendo algo parecido.
—¿La frase de la primera audición?
Nora negó con la cabeza.
—Esa la había leído.
La revelación debería haberme aliviado. La coincidencia que había iniciado mi interés en ella no era una señal misteriosa ni una continuidad entre ambas mujeres, sino el resultado de un material compartido durante sesiones que no recordaba.
Sin embargo, el alivio no llegó. Había reconocido algo en Nora antes de que pronunciara la frase, una manera de sostener la mirada y resistirse a la interpretación.
El hecho de que las palabras fueran prestadas no anulaba todo lo demás.
—¿Por qué no me lo dijiste? —pregunté.
—Porque cada vez que intentaba explicárselo decía que me habían obligado a mentir.
—¿Y ahora?
—Ahora están todos delante.
La necesidad de testigos había estado presente desde el principio. Nora no confiaba en que una conversación privada conservara después la misma forma. No porque mintiera, sino porque sabía que yo podía reorganizarla hasta volver irreconocible su intención.
—La actividad ha terminado —dijo la doctora.
—No —respondí—. Ahora empieza a tener sentido.
—Precisamente por eso se detiene.
—Necesito leer esa carpeta.
—Lo hará de forma gradual.
—Llevan meses utilizando mis recuerdos sin decirme qué son.
—Se lo hemos explicado muchas veces.
—Entonces explíquenlo otra vez.
La doctora sostuvo la carpeta contra el pecho.
—No mientras esté acusando a Nora de haber participado en una manipulación.
—No la he acusado.
—Le ha preguntado por qué no se lo dijo, como si fuera responsable de que usted no recuerde.
Nora se había apartado hacia la puerta. Mauro la observaba, preparado para acompañarla si decidía salir.
—No eres responsable —dije.
Ella soltó una risa breve.
—Ahora lo dice porque se lo han señalado.
—Lo digo porque es cierto.
—Hace cinco minutos quería saber por qué no se lo conté.
—Ambas cosas pueden ser ciertas.
—Siempre.
La palabra contenía todo el cansancio de nuestras conversaciones. Para mí, la coexistencia de significados era una forma de precisión; para Nora, una manera de no abandonar nunca una posición por completo.
—Podemos continuar otro día —dijo Mauro.
—No quiero continuar —respondió Nora.
—¿La sesión o el programa? —pregunté.
El error fue inmediato. Al formular la distinción, había vuelto a convertir su negativa en una respuesta incompleta.
Nora me miró.
—Esto.
Señaló la sala, la carpeta, la mesa y quizá también la relación que yo intentaba construir alrededor de ella.
—No quiero seguir haciendo esto.
—De acuerdo —dijo la doctora.
—¿Eso es todo? —pregunté.
Nora se volvió hacia mí.
—¿Qué esperaba? ¿Que golpeara dos veces?
—No.
—Entonces escúchelo sin una señal especial.
La sala quedó inmóvil. Nora había pronunciado la petición con claridad, sin ambigüedad ni una crisis que pudiera utilizarse para explicar después que no sabía lo que decía. La doctora asintió y le ofreció salir acompañada. Ella negó con la cabeza.
—Puedo ir sola.
Caminó hacia la puerta. Antes de cruzarla, Samuel dejó caer los nudillos sobre la mesa.
Dos golpes.
El sonido fue rápido, casi burlón. Nora se detuvo. Mauro giró hacia él.
—¿Qué haces? —preguntó.
Samuel se encogió de hombros.
—Comprobar si funciona.
La doctora le pidió que no utilizara la señal como una broma. Samuel respondió que, si dos golpes bastaban para detenerlo todo, quería saber quién obedecía realmente.
—No era tu señal —dijo Mauro.
—Habéis dicho que podía usarla cualquiera.
—Para pedir una interrupción.
—La he pedido.
—¿Qué necesitas detener?
Samuel sonrió.
—Esto.
La repetición podía haber parecido una imitación cruel de Nora, pero su mirada estaba dirigida a mí.
—Quiero saber cuánto tarda —añadió.
—¿Quién? —preguntó Teresa.
Samuel no respondió. Volvió a golpear dos veces, esta vez más despacio.
Yo había oído los primeros golpes. También los segundos.
Sin embargo, durante unos instantes me quedé mirando su mano sobre la mesa, esperando algo que no sabía nombrar.
Quizá una tercera repetición, una reacción distinta o la confirmación de que Samuel estaba actuando para provocar.
La doctora dijo mi nombre. Mauro se movió hacia el centro. Nora permanecía junto a la puerta.
—¿Por qué no dice nada? —preguntó ella.
La pregunta me devolvió a la sala.
—La actividad se ha detenido —respondí.
—Ahora.
—Se detuvo cuando él golpeó.
—No. Todos nos detuvimos. Usted se quedó mirando.
—Estaba intentando comprender qué pretendía.
Nora cerró los ojos. La respuesta era exactamente la que había temido.
—Eso es lo que hace —dijo—. La señal nunca es suficiente. Necesita saber si lo que viene después merece más su atención.
Samuel retiró la mano de la mesa. Ya no sonreía. La broma había producido algo que quizá él tampoco esperaba.
La doctora pidió a todos que abandonaran la sala.
Nadie discutió. Teresa salió junto a Esteban; Darío los siguió.
Samuel pasó a mi lado y murmuró que nueve segundos podían resultar muy largos, aunque no supe si la cifra procedía de una sesión anterior, de un comentario escuchado o de su deseo de provocarme.
Antes de que pudiera preguntarle, Mauro lo acompañó al corredor.
Nora fue la última. Se detuvo frente a mí.
—¿Cuánto ha tardado? —preguntó.
—No estaba contando.
—Yo sí.
—¿Cuánto?
Ella negó con la cabeza.
—No importa. El problema es que usted necesitó saber por qué antes de responder.
—Samuel estaba jugando.
—Nadia no.
La frase fue tan baja que la doctora, situada al otro lado de la sala, quizá no llegó a oírla. Nora salió.
Me quedé junto a la mesa. Los bloques de madera continuaban en el centro. Tomé uno y lo sostuve entre los dedos. Samuel no lo había utilizado; había golpeado con los nudillos, como Nadia en la imagen incompleta y como el sonido que yo había oído detrás de la pared.
La doctora cerró la puerta, aunque no con llave.
—Ha vuelto a ocurrir —dijo.
—Samuel intentaba provocarme.
—La intención de quien da la señal no modifica su obligación de responder.
—No era un ejercicio.
—Precisamente. No tenía nada que perder deteniéndose.
—La actividad ya se había interrumpido cuando Nora decidió marcharse.
—Y aun así se quedó observando su mano.
—Quería comprender qué estaba haciendo.
—Eso viene después.
—Sin contexto, cualquier señal puede utilizarse para manipular.
—Esa es la frase que lleva meses repitiendo.
—Porque es cierta.
La doctora caminó hasta la mesa y colocó el bloque dentro de la bolsa.
—Nadia temía exactamente eso. Que, llegado el momento, decidiera que sus dos golpes podían formar parte del ejercicio, que quizá estuviera comprobando si usted respetaría el acuerdo o que todavía podía resistir un poco más.
—¿Formaban parte del ejercicio?
—No.
—¿Cómo puede saberlo?
—Porque lo había dejado escrito, lo repitió ante la cámara y usted aceptó.
La cámara. Otra vez. La grabación existía. No una transcripción, una interpretación o el recuerdo de un testigo, sino una imagen que podía establecer la secuencia.
—Quiero verla.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque no ha conseguido responder a dos golpes dentro de una sala segura sin detenerse a evaluar si eran auténticos.
—Samuel no estaba en peligro.
—La señal no exigía peligro. Exigía una interrupción.
—Eso es absurdo.
—Solo le parece absurdo porque no era usted quien necesitaba que lo obedecieran.
La doctora recogió la carpeta con las notas de Nadia.
—¿Nora sabía lo de los nueve segundos? —pregunté.
La mujer se detuvo.
—¿Quién le ha dicho esa cifra?
—Samuel.
—No debería conocerla.
—Entonces es correcta.
Ella no respondió, pero la forma en que apretó la carpeta confirmó que había alcanzado algo que todavía pretendían reservar para más adelante.
—¿Esperé nueve segundos? —pregunté.
—Hoy no.
—No puede volver a guardar la cifra después de que alguien la haya pronunciado.
—No estamos preparados para trabajarla ahora.
—Ustedes quizá no.
—Tú tampoco.
La segunda persona en su voz cambió la conversación. La doctora había abandonado por un instante la distancia clínica, quizá porque la filtración de Samuel alteraba un proceso cuidadosamente escalonado.
—¿Qué ocurrió durante esos nueve segundos?
—No voy a reconstruirlos aquí.
—¿Miré el cronómetro?
La pregunta apareció sin que supiera de dónde procedía. La doctora no consiguió ocultar la reacción.
—¿Lo hice?
—Descansa.
—Eso significa que sí.
—Significa que estás entrando en una cadena de asociaciones.
—¿Me incliné hacia ella?
El agua, la cámara y el borde metálico regresaron. Nadia golpeaba dos veces. Yo miraba el cronómetro o la pantalla de la cámara. No sabía si comprobaba el tiempo de inmersión, la duración del ejercicio o el intervalo desde la señal.
—Víctor.
—¿Qué ocurrió en el segundo cuarenta y uno?