Capítulo 6 #3
—Porque dijo que una palabra podía discutirse —respondió—. Que yo podía pedir parar y después decir que no lo había dicho en serio, o usted podía pensar que formaba parte del ejercicio. Dos golpes no dejaban espacio para eso.
La explicación coincidía con la nota de Nadia. Quizá yo había aplicado a Nora la misma señal porque era eficaz, no porque pretendiera convertirla en una sustituta. Sin embargo, la repetición empezaba a formar una estructura difícil de ignorar.
—¿La utilizaste?
Nora bajó la vista.
—Sí.
—¿Y me detuve?
—Mauro terminó la sesión.
—Eso no responde.
—Ya sabe la respuesta.
—Quiero oírla de ti.
—No.
La negativa no fue hostil. Era una forma de impedir que la obligara a revivir algo solo para completar mi relato.
—¿Qué ejercicio era? —pregunté.
—No voy a reconstruirlo en un pasillo.
—La doctora dice que te pedí que redujeras la respiración.
—Entonces ya se lo ha contado.
—Ha contado una versión.
—La que está grabada.
—Las grabaciones no contienen lo que una persona cree que está ocurriendo.
—A veces contienen exactamente lo que ocurre.
La frase podía haber sido aprendida en terapia, aunque Nora la pronunció con una convicción propia. Abrió la carpeta. En la primera hoja había escrito varias palabras separadas por círculos: salir, parar, mirar a Mauro, dos golpes. Esta última estaba tachada.
—¿Por qué la has descartado? —pregunté.
—Porque cuando pienso en ella veo su cara.
—¿Qué cara?
—La que puso antes de que Mauro entrara.
—No la recuerdo.
—Yo sí.
Nora cerró la carpeta.
—La señal no sirve si la persona que debe obedecerla está más interesada en lo que ocurre después.
La frase de Mauro, la nota de Nadia y el recuerdo del ejercicio anterior se superpusieron.
Había algo que todos compartían y que yo continuaba tratando como una acusación exterior, aunque quizá procediera de una conducta tan constante que quienes me rodeaban habían aprendido a reconocerla antes que yo.
—Esta tarde utilizaremos otra señal —dije.
Nora negó con la cabeza.
—No quiero trabajar con usted.
—Entonces no lo hagas.
La respuesta la sorprendió.
—¿Así de fácil?
—No voy a convertir tu negativa en un ejercicio.
—Eso ya es convertirla en algo.
—No puedo dejar de escuchar el significado de una frase.
—Puede dejar de decírmelo.
Tenía razón. Guardé silencio.
Nora esperó unos segundos, como si desconfiara de que fuera capaz de mantenerlo. Después regresó junto a la trabajadora. Antes de alejarse, se volvió.
—Lo de esta tarde no es un ensayo.
—No pensaba llamarlo así.
—Lo pensaba.
Se marchó. La puerta del despacho se abrió y Mauro salió con los bloques de madera dentro de una bolsa transparente.
—¿Qué has hablado con ella? —preguntó.
—Nada que vaya a contarte sin su permiso.
Mauro se detuvo. La respuesta pareció desarmarlo más que cualquier provocación.
—Bien —dijo.
—No utilices esa palabra como si estuvieras evaluándome.
—Solo he dicho bien.
—Aquí nadie dice solo una palabra.
Mauro miró la bolsa.
—La actividad de la tarde seguirá adelante. La doctora estará presente y no habrá ejercicios físicos.
—¿Qué haremos?
—Hablar.
—Eso también puede ser físico.
—No compliques.
—Las complicaciones existen antes de que yo las nombre.
Caminamos hacia el comedor. Al pasar junto al almacén, no percibí cloro.
La puerta permanecía cerrada y el marco estaba seco.
Pensé en preguntarle si la propiedad privada donde había muerto Nadia tenía piscina, bañera o algún dispositivo construido para el ejercicio, pero la información llegaría cuando ellos decidieran y cualquier insistencia podía suspender la actividad.
Necesitaba volver a la sala, no por el grupo, sino porque empezaba a sospechar que el espacio contenía materiales de sesiones anteriores que Mauro no había retirado.
La actividad comenzó a las cuatro. Las sillas estaban dispuestas en círculo, como el primer día, y las esterillas habían desaparecido.
En el centro había una mesa baja con papel, lápices y los dos bloques de madera.
La doctora no se ocultó en la cabina; ocupó una silla junto a Mauro.
Nora se sentó entre Teresa y Esteban. Samuel permaneció cerca de la puerta, mientras Darío observaba la mesa con una concentración poco habitual. Julia no asistió.
—Hoy estableceremos condiciones de participación —anunció la doctora—. Cada uno decidirá qué necesita para poder detener una actividad, pedir ayuda o salir de la sala sin que esa decisión sea interpretada por los demás.
La última frase estaba dirigida a mí, aunque nadie giró la cabeza.
—¿También podemos decidir no participar? —preguntó Samuel.
—Sí.
—Entonces no participo.
—Puedes permanecer y observar.
—Eso es participar.
—En parte.
Samuel sonrió.
—Ya empieza a hablar como él.
La doctora aceptó la observación sin responder.
Entregó una hoja a cada persona y pidió que escribieran una palabra, gesto o señal.
Teresa eligió levantar la mano. Esteban prefirió decir «necesito salir».
Darío dejó el papel en blanco. Samuel dibujó una puerta y escribió debajo «abrirla». Nora no tomó el lápiz.
—No tienes que elegir ahora —dijo Mauro.
—Ya elegí antes.
—Puedes cambiarlo.
—Eso no cambia lo que pasó.
La doctora miró hacia mí. No intervine.
—¿Qué habías elegido? —preguntó Teresa.
Nora observó los bloques del centro.
—Dos golpes.
Teresa siguió la dirección de su mirada.
—Parece bastante claro.
—Lo era.
Samuel se inclinó hacia delante.
—¿Qué pasó?
Nora no respondió. La doctora recordó que nadie estaba obligado a contar el origen de su señal. Samuel se recostó en la silla, pero continuó mirándome.
—Yo también utilizaré dos golpes —dije.
Mauro frunció el ceño.
—No es necesario.
—Formo parte de la sesión.
—No diriges la actividad.
—Precisamente por eso necesito una forma de detenerla.
La doctora asintió.
—De acuerdo. Dos golpes significarán interrupción inmediata para cualquiera que decida utilizarlos.
—¿En cualquier superficie? —pregunté.
—Sí.
—¿Y todos detendrán lo que estén haciendo?
—Sí.
—Sin preguntar.
—Hasta que la persona pueda explicar si quiere hacerlo.
La repetición de la regla parecía destinada a fijarla en mí. Miré a Nora. Ella no devolvió la mirada.
La primera parte de la actividad consistió en describir situaciones donde cada participante había intentado pedir ayuda sin conseguir que lo entendieran.
Teresa habló de una crisis de ansiedad durante una reunión familiar; había sonreído y dicho que estaba cansada, y después culpó a los demás por no reconocer algo que se había esforzado en esconder.
Esteban recordó una tarde en que llamó a su hermana para despedirse sin pronunciar ninguna frase que pudiera interpretarse como despedida.
Darío no quiso hablar. Samuel afirmó que pedir ayuda era ofrecerle a otro una información que utilizaría después para controlarlo.
Nora permaneció en silencio hasta que la doctora le preguntó si deseaba añadir algo. Ella miró el papel vacío.
—Una vez pedí que alguien se fuera y se quedó porque pensó que en realidad no quería estar sola —dijo.
La frase podía referirse a una pareja, a un familiar o a mí. No pregunté. El esfuerzo de no apropiarme de la ambigüedad resultó más difícil de lo que esperaba.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Teresa.
—Empecé a dudar de si lo había dicho bien.
—¿Cómo se puede decir mal que alguien se vaya? —intervino Samuel.
—Cuando la otra persona te explica lo que querías decir.
Nora levantó la vista hacia mí. No había acusación directa, pero el lugar que me asignaba en su respuesta era evidente.
—¿Quieres que alguien responda? —preguntó la doctora.
—No.
Continuamos. La actividad era menos inofensiva de lo que Mauro había prometido.
Hablar podía llevar a una persona hacia un límite con la misma eficacia que cualquier ejercicio corporal, pero la doctora controlaba el ritmo mediante preguntas que ofrecían siempre una salida.
Nadie permanecía demasiado tiempo en una respuesta; no porque careciera de profundidad, sino porque ella parecía considerar que el objetivo era volver al presente antes de que una experiencia pudiera apoderarse de la sala.
Yo habría trabajado de otra manera. La diferencia no significaba que la suya fuese inútil, aunque su prudencia convertía cada aparición de verdad en algo que debía cerrarse cuanto antes.
Después de una hora, la doctora pidió un descanso. Mauro llevó agua y los participantes se dispersaron sin abandonar la sala. Me acerqué al escenario, donde varias hojas antiguas sobresalían bajo una carpeta. Podían pertenecer a actividades anteriores. La tapa estaba marcada con mi nombre.
—No la abras —dijo Mauro desde la mesa.
—Es mía.
—Es material de archivo.
—Con mi nombre.
—No significa que puedas revisarlo sin supervisión.
La prohibición confirmó que había algo relevante.
Esperé a que Mauro se inclinara para ayudar a Darío con un vaso y abrí la carpeta.
Dentro había páginas impresas, dibujos, fragmentos de diálogos y anotaciones manuscritas.
Algunas pertenecían a Nora; reconocí la inclinación de su letra.
Otras parecían mías. Entre ellas encontré varias hojas de un libreto desconocido, cubiertas por correcciones de Nadia.
El título había sido arrancado. En el margen de una escena, ella había escrito: «No convertir la señal en parte del personaje». Más abajo: «Víctor dice que si golpeo dos veces, para. Que lo diga delante de la cámara».
La cámara. El recuerdo volvió con una intensidad mayor.
Nadia sentada junto a una estructura llena de agua, ajustándose un dispositivo alrededor de la cintura.
Yo comprobaba el encuadre y ella insistía en repetir el acuerdo antes de entrar.
Había una discusión previa que no conseguía escuchar.
Solo veía el movimiento de sus labios y mi propia mano levantándose para indicar que la grabación ya había empezado.
Mauro cerró la carpeta.
—Te he dicho que no la abras.
—Estas notas no pertenecen a Santa Elvira.
—Forman parte del material de reconstrucción.
—¿Por qué están en la sala?