La última función Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

Aparecía agua, aunque no se lo dije. También una mano golpeando una superficie que podía ser de metal, vidrio o plástico.

La imagen no permanecía el tiempo suficiente para revelar la escena completa.

Cada vez que intentaba acercarme, el recuerdo se detenía en el movimiento de los nudillos y en una espera posterior que aún no tenía duración.

—Aparece que ya hemos utilizado esta señal —respondí.

—Sí.

Mauro se movió en la silla.

—¿Cuándo?

—En sesiones anteriores.

—¿Conmigo?

—Sí.

—¿Quién la eligió?

La doctora miró el bloque.

—Usted.

—¿Por qué?

—Dijo que era imposible confundir dos golpes con una duda.

La frase parecía mía. Contenía esa clase de precisión que habría utilizado al diseñar un ejercicio: una señal debía ser inequívoca, ajena a la interpretación, algo que no permitiera al director decidir después que el actor había querido decir otra cosa.

—¿La utilizó Nora? —pregunté.

—En una sesión.

—¿Y me detuve?

La doctora no contestó de inmediato. Mauro apoyó los antebrazos sobre las piernas y miró el suelo.

—Mauro intervino —dijo ella.

—Eso no responde.

—Usted no detuvo el ejercicio inmediatamente.

—¿Cuánto tardé?

—No estamos trabajando con una medida temporal.

—Todas sus acusaciones dependen del tiempo y después se niegan a darme cifras.

—Porque convierte las cifras en una defensa técnica.

—Una demora de un segundo no significa lo mismo que una de diez.

La doctora sostuvo mi mirada. Había una cifra concreta detrás de su silencio, pero todavía no pensaba entregármela.

—¿Cuánto? —repetí.

—La sesión de hoy no trata sobre el intervalo.

—Entonces ¿sobre qué trata?

—Sobre su capacidad para reconocer una señal sin decidir que necesita comprobar si es auténtica.

Las palabras produjeron una imagen más nítida que las anteriores. Nadia bajo el agua. Dos golpes. Yo inclinado hacia delante, no paralizado, sino atento. La escena desapareció antes de que pudiera distinguir el lugar.

—No recuerdo eso —dije.

—Lo sabemos.

—No utilice el plural como si la memoria pudiera votarse.

La doctora acercó uno de los bloques.

—Golpee dos veces.

—No necesito practicar.

—Hágalo.

—¿Es una orden médica o una indicación escénica?

—Es una forma de establecer una señal que todos reconozcamos.

Cogí el bloque y golpeé la mesa dos veces. El primer sonido fue seco; el segundo, ligeramente más fuerte porque mi mano ya había calculado la distancia. Mauro se tensó. La doctora no apartó los ojos de mí.

Durante unos segundos, nadie habló. El silencio posterior convirtió los golpes en algo distinto de una demostración. Había una espera implícita, una responsabilidad que comenzaba justo después del segundo sonido.

—¿Qué debería ocurrir ahora? —preguntó la doctora.

—La sesión se detiene.

—¿Inmediatamente?

—Sí.

—¿Sin preguntar por qué?

—Si la señal está acordada, el motivo puede explicarse después.

La respuesta salió con una seguridad que no procedía de la reflexión. Ya conocía aquella regla. No porque la doctora acabara de enunciarla, sino porque alguna vez la había formulado yo mismo.

—Eso mismo dijo Nadia —respondió ella.

Mauro levantó la cabeza.

—No era necesario —murmuró.

—Sí lo era.

La doctora abrió el expediente y extrajo una hoja protegida por una funda transparente. No me la entregó, pero la colocó de forma que pudiera ver parte de la escritura. Eran anotaciones hechas a mano, con una caligrafía inclinada que reconocí antes de leer una sola palabra.

Nadia escribía como si siempre tuviera prisa por alcanzar una idea antes de que alguien la interrumpiera.

Las letras se unían entre sí, los márgenes se estrechaban al final de cada párrafo y las correcciones aparecían encima de la frase anterior en lugar de sustituirla.

Había visto aquella letra en cuadernos, libretos, notas que dejaba sobre mi mesa y mensajes escritos en servilletas cuando discutíamos fuera del teatro.

Intenté coger la hoja. La doctora la retiró unos centímetros.

—No la toque.

—Es de Nadia.

—Sí.

—¿De dónde la han sacado?

—Formaba parte del material que entregó su familia.

—Su familia no tenía derecho a darles sus cuadernos.

—Se incorporaron al procedimiento y después a su tratamiento.

—¿Qué procedimiento?

—El posterior a la muerte.

La palabra procedimiento cubría demasiadas cosas: investigación, declaración, proceso judicial, evaluación psiquiátrica. La doctora no especificó cuál.

—Déjeme leerla.

—Primero quiero que observe una línea.

Señaló un párrafo subrayado. La frase estaba escrita con tinta negra y una corrección en azul:

«Dos golpes. Sin interpretación. Sin comprobar si “aguanto un poco más”. Si doy dos golpes, se detiene».

Leí varias veces. Las comillas alrededor de «aguanto un poco más» pertenecían a Nadia; podía ser una frase mía, una objeción suya o una forma de ridiculizar la lógica del ejercicio. Debajo había añadido una última línea:

«Que Víctor lo repita».

—¿Cuándo escribió esto? —pregunté.

—Antes de la prueba.

—¿Qué prueba?

—La del agua.

El olor a cloro regresó, aunque no procedía del despacho. Lo sentí detrás de la nariz, unido a un recuerdo corporal que todavía no mostraba una imagen completa.

—¿Dónde fue?

—Usted lo sabe.

—No.

—Ha descrito el lugar en otras ocasiones.

—¿Aquí?

—No.

—¿Entonces por qué olía a cloro anoche?

Mauro negó con la cabeza.

—No vuelvas a mezclarlo.

—No estoy mezclando nada. Ustedes introducen una prueba acuática, esconden un almacén y después esperan que trate el olor como una alucinación independiente.

—No hay relación entre Santa Elvira y el lugar donde murió Nadia —dijo la doctora.

—¿Cómo puede estar tan segura?

—Porque el ejercicio ocurrió en una propiedad privada a más de cien kilómetros de aquí.

La precisión me dejó sin una respuesta inmediata.

Una propiedad privada. Intenté recordar un lugar fuera del teatro: una casa alquilada para preparar el montaje, un espacio de rehabilitación, una residencia junto a un embalse.

Apareció una habitación revestida de azulejos, demasiado pequeña para ser una piscina convencional.

Después una cámara montada sobre un trípode y el brillo de una superficie metálica.

—¿Qué propiedad?

—Llegaremos a eso.

—No. Lo ha mencionado usted.

—Porque necesitaba separar el olor de anoche del recuerdo que está apareciendo.

—Quizá el olor lo haya provocado.

—O quizá su memoria haya producido el olor después de que habláramos del agua.

—Eso exigiría que estuviera dormido.

—No.

—¿Puedo alucinar un olor estando despierto?

—Sí.

—¿Y golpear dos veces una pared sin recordar por qué?

Mauro me miró.

—Tú golpeaste después de oírlos.

—Porque esperaba una respuesta.

—O porque estabas repitiendo una señal que ya conocías.

La posibilidad no anulaba que hubiese escuchado primero.

Podía haber despertado con la señal en la memoria, atribuirla a la habitación contigua y después reproducirla.

Sin embargo, el sonido había sido exterior.

Mi cuerpo aún conservaba la orientación exacta con que lo había localizado detrás del armario.

—¿Nadia utilizó los dos golpes? —pregunté.

La doctora no respondió.

—Ha dicho que pidió ayuda.

—Sí.

—¿Golpeó dos veces?

—Sí.

La confirmación llegó con una sencillez insoportable. Miré la nota dentro de la funda. «Sin interpretación». Nadia había previsto precisamente el peligro que la doctora me atribuía: que yo decidiera observar unos segundos más para comprobar si la señal pertenecía al miedo real o al ejercicio.

—¿Y yo la vi?

—Hoy no continuaremos.

—¿La vi?

La doctora cerró el expediente.

—La sesión se detiene aquí.

—No he utilizado la señal.

—No hace falta.

—Entonces las normas solo son válidas cuando les permiten terminar a ustedes.

Me levanté. Mauro hizo lo mismo, aunque no se acercó.

—Víctor —dijo la doctora—, acaba de aparecer una parte que otras veces lo ha llevado a perder la continuidad. Necesito que salga, coma y descanse antes de volver a trabajar.

—No estamos trabajando. Me está enseñando una frase de Nadia y retirándola cuando empiezo a comprenderla.

—No está empezando a comprender. Está empezando a construir una explicación.

—Toda comprensión construye una.

—La suya siempre le reserva un lugar desde el que no pudo hacer otra cosa.

La acusación me acompañó hasta la puerta. Antes de salir, miré los bloques de madera.

—Si golpeo dos veces ahora, ¿qué ocurrirá?

—Nos detendremos.

—¿Y si creen que no estoy realmente al límite?

—Nos detendremos igualmente.

—¿Aunque el ejercicio esté a punto de producir algo útil?

La doctora me observó con atención.

—Especialmente entonces.

Salí. Mauro permaneció dentro unos minutos.

Mientras esperaba en el corredor, vi a Nora al fondo, acompañada por una trabajadora.

Llevaba una carpeta contra el pecho y caminaba con lentitud.

Al reconocerme, se detuvo. La mujer que la acompañaba le preguntó algo, pero Nora negó con la cabeza y se acercó sola.

—¿Han levantado la suspensión? —pregunté.

—Esta tarde habrá grupo.

—¿Conmigo?

—Eso dicen.

—¿Tú quieres?

Nora miró hacia el despacho. La puerta estaba cerrada y, detrás, las voces de Mauro y la doctora resultaban indistinguibles.

—No lo sé.

—La última vez dijiste que querías sentir el final sin repetir el miedo.

—Y usted dijo que no existía.

—No de la manera que querías.

—Siempre consigue que cualquier respuesta signifique que debo volver.

—Has vuelto antes de verme.

—Vivo aquí.

La frase eliminó el dramatismo que yo había intentado introducir. Nora miró la carpeta que sostenía.

—Me han pedido que escriba lo que necesito para sentirme segura durante una sesión —dijo—. Palabra, gesto, señal. Lo que sea.

—¿Qué has elegido?

—Todavía nada.

—Dos golpes.

Nora levantó la cabeza. No pareció sorprendida.

—Eso ya lo eligió usted.

—¿Cuándo?

—La otra vez.

—¿En las sesiones que no recuerdo?

—Sí.

—¿Por qué?

Nora se apoyó contra la pared. La trabajadora permanecía a varios metros, vigilando sin fingir que no lo hacía.