Capítulo 6
Dos golpes
El olor había desaparecido por la mañana.
Mauro abrió el almacén poco después de las ocho, sin que yo tuviera que exigírselo por tercera vez, y me permitió observar desde el corredor mientras apartaba varias cajas para demostrar que detrás no se escondía ningún acceso.
La estancia era exactamente la que aparecía en la fotografía: estrecha, sin ventanas, con estanterías metálicas cargadas de mantas, paquetes de pañales, productos de limpieza y material sanitario.
No había tuberías visibles, desagües ni una segunda puerta.
Tampoco se percibía humedad. El aire olía a detergente y a plástico, con esa neutralidad agresiva de los lugares que han sido limpiados antes de que alguien pueda examinarlos.
—¿Satisfecho? —preguntó Mauro.
No había ironía en su voz, pero la pregunta pretendía reducir la noche anterior a una equivocación que yo debía reconocer para que ambos pudiéramos continuar.
—No.
—No hay una piscina.
—No he dicho que estuviera dentro del almacén.
—El olor procedía de aquí, según tú.
El tuteo había quedado instalado entre nosotros después de la crisis de Nora. Yo continuaba tratándolo como si aquella familiaridad hubiese sido una concesión suya, aunque empezaba a comprender que podía ser también una forma de recordarme cuánto tiempo llevaba cuidándome.
—Procedía de este extremo del pasillo —corregí—. La puerta estaba fría y el olor era más intenso junto al marco.
Mauro apoyó una mano sobre la madera.
—Está igual que las demás.
—Ahora.
—No se ha limpiado esta mañana.
—No he preguntado si se ha limpiado. He dicho que el olor ha desaparecido.
—Los olores desaparecen.
—También las pruebas.
Mauro soltó la puerta y me miró con una fatiga que no pertenecía únicamente a aquella conversación.
Había pasado la noche de guardia, o eso afirmaba, y las ojeras le daban un aspecto menos paciente que de costumbre.
En el bolsillo de la camisa llevaba un bolígrafo azul, igual al que había podido utilizarse para escribir la nota deslizada bajo mi puerta.
La coincidencia no demostraba nada; en Santa Elvira todos parecían usar los mismos bolígrafos, las mismas carpetas y un vocabulario construido para que ninguna palabra pudiera atribuirse por completo a una sola persona.
—No hay nada detrás del muro —dijo—. La zona exterior da al patio pequeño y está cerrada desde hace años.
—¿Qué había antes?
—No lo sé.
—Conoces cada puerta del edificio.
—Conocer una puerta no significa conocer la historia del edificio.
—Para un regidor, sí.
—No soy regidor.
La corrección se había convertido en un reflejo, aunque esta vez no discutí.
Entré en el almacén antes de que pudiera impedírmelo y recorrí con la vista las baldas.
Había cajas fechadas, algunas recientes y otras cubiertas por una capa de polvo que contradecía la limpieza del lugar.
En la parte inferior encontré un paquete de toallas azules.
El color no tenía importancia, salvo porque la imagen nocturna de Nadia había incluido una toalla parecida alrededor de sus hombros.
Me agaché.
—No toques nada —dijo Mauro.
—Son toallas.
—Material de la unidad.
—¿Se utilizan en la piscina?
—No hay piscina.
—Entonces ¿para qué son?
—Para duchas, baños, accidentes. Es un hospital.
La palabra apareció sin el cuidado de los primeros días.
Ya no necesitaba proteger la ficción teatral porque consideraba que yo había acumulado suficientes pruebas para abandonarla, aunque seguía sin comprender que una institución psiquiátrica podía contener un escenario del mismo modo que un escenario podía funcionar como una institución.
Las categorías solo parecían excluyentes para quienes necesitaban que cada persona desempeñara una función estable.
—¿Hubo alguna vez una zona de hidroterapia? —pregunté.
Mauro tardó en responder.
—No mientras yo he trabajado aquí.
—¿Cuánto tiempo es eso?
—Siete años.
—¿Y antes?
—No lo sé.
—Podrías averiguarlo.
—No voy a investigar la arquitectura de Santa Elvira porque hayas olido cloro durante la noche.
—No te he pedido que investigues nada. Te he preguntado qué había al otro lado.
Mauro se apartó para dejarme salir. Cerró la puerta y giró la llave.
—La doctora quiere hablar contigo después del desayuno.
—La doctora siempre quiere hablar conmigo cuando hay algo que preferiríais que dejara de preguntar.
—Quiere hablar de Nora.
—¿Volverán las sesiones?
—Eso dependerá de lo que ocurra en la reunión.
—Entonces no quiere hablar de Nora. Quiere negociar.
Mauro guardó las llaves y emprendió el camino hacia el comedor.
Lo seguí. El olor a cloro no había regresado, pero durante unos segundos creí percibirlo en su ropa, como si se hubiese impregnado en él durante la noche.
Podía proceder de algún desinfectante utilizado en la planta, de las toallas o de mi propia memoria olfativa, que continuaba buscando una confirmación después de haber sido puesta en duda.
Nora no estaba en el desayuno. Teresa y Esteban ocupaban la mesa junto a la ventana, pero dejaron de hablar cuando entré, y Samuel ni siquiera se molestó en disimular que me observaba.
Julia había sido trasladada a otra actividad después de la sesión anterior, según explicó una de las trabajadoras.
Darío comía solo, con los auriculares puestos aunque no parecía escuchar música.
Mauro dejó los comprimidos junto a mi taza.
—¿Dónde está Nora? —pregunté.
—Descansando.
—Ayer también descansaba.
—Ayer tuvo una crisis.
—Y después vino a verme.
Mauro miró alrededor. Teresa bajó la vista hacia su café.
—No deberías hablar de eso aquí.
—No he dicho nada que los demás no sepan.
—No saben que estuvo en tu habitación.
Samuel se rio desde la mesa contigua.
—Ahora sí.
Mauro cerró los ojos durante un instante. La reacción confirmó que la visita de Nora había tenido consecuencias que ninguno de los dos me había explicado.
—¿La han sancionado? —pregunté.
—No se sanciona a los pacientes por pedir ayuda.
—No vino a pedir ayuda.
—Eso no lo decides tú.
—Vino a decirme que el ejercicio la había asustado y que después había sentido algo que no sabía cómo interpretar.
Teresa levantó la cabeza. Esteban le apoyó una mano sobre la muñeca para impedir que interviniera. Samuel dejó de sonreír.
—No tienes derecho a contar eso —dijo Mauro.
—No he revelado ninguna historia personal.
—Has utilizado una conversación privada para justificar el ejercicio.
—No lo he justificado.
—Acabas de hacerlo delante del grupo.
La acusación era cierta en parte. Había compartido la visita porque necesitaba impedir que la versión de Mauro redujera lo ocurrido a una crisis sin consecuencias, pero al hacerlo había convertido la incertidumbre de Nora en un argumento dentro de una disputa que ella no podía controlar.
—No volverá a ocurrir —dije.
Mauro me observó con desconfianza.
—¿Qué no volverá a ocurrir?
—Que cuente algo que me haya dicho a solas.
—No deberías volver a hablar con ella a solas.
—Eso no puedo prometerlo si es ella quien viene.
—Puedes llamar a alguien.
—Entonces dejará de venir.
—Quizá sea lo mejor.
Tomé los comprimidos antes de que me lo pidiera.
La medicación empezaba a producir una lentitud acumulativa; las mañanas se volvían menos nítidas y, a media tarde, me costaba recordar algunas conversaciones en el orden en que habían ocurrido.
La doctora afirmaba que la confusión no procedía de las pastillas, sino de aquello que intentaban estabilizar.
Una explicación impecable, porque convertía cualquier efecto secundario en otra prueba de la enfermedad.
La reunión comenzó media hora más tarde.
La doctora había retirado las fotografías y los pañuelos.
Sobre la mesa solo estaban la grabadora, mi expediente y una bandeja con varios objetos: una hoja de papel, un lápiz, una campanilla metálica y dos bloques pequeños de madera.
La disposición parecía diseñada para una evaluación infantil.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Material para la sesión.
—Creía que las sesiones estaban suspendidas.
—La actividad grupal lo está. Hoy trabajaremos nosotros tres.
Mauro ocupó la silla junto a la puerta. La doctora activó la grabadora.
—Quiero revisar lo ocurrido durante el ejercicio de respiración —dijo.
—Ya lo hemos hecho.
—Lo discutimos inmediatamente después. No es lo mismo que revisarlo.
—La repetición no vuelve más verdadero un relato.
—Puede mostrar qué partes cambian.
—Ese parece ser el único resultado que esperan de mí.
La doctora no respondió. Colocó los dos bloques de madera frente a mí. Eran rectangulares, de un tamaño semejante al de una caja de cerillas, y presentaban marcas de uso en los bordes.
—Vamos a acordar una señal —dijo.
Mauro levantó la vista. Su reacción fue mínima, pero suficiente para confirmar que no se trataba de una decisión improvisada.
—¿Para qué?
—Si en algún momento necesita detener la sesión y no puede expresarlo con claridad, golpeará dos veces la mesa con uno de estos bloques.
Sentí que la habitación se estrechaba alrededor del sonido que todavía no se había producido.
—Puedo decir que quiero detenerme.
—A veces no lo hace.
—Porque no quiero.
—Otras veces continúa hablando sin responder a lo que se le pregunta, cambia de tema o entra en una reconstrucción que después no recuerda.
—Eso no significa que necesite una señal física.
—Nos permitirá distinguir una interrupción deliberada de una evasión.
Tomé uno de los bloques. La madera era ligera, pero suficientemente compacta para producir un golpe nítido. Lo dejé sobre la mesa.
—¿Por qué dos?
—Es una señal sencilla.
—Una sería más sencilla.
—Dos se distinguen mejor de un ruido accidental.
—Esa no es la razón.
La doctora cruzó las manos.
—¿Cuál cree que es?
—Me lo está preguntando usted.
—Quiero saber qué aparece cuando escucha la propuesta.