Capítulo 5 #5
—No tienes que decirme el nombre.
—No significa que pueda preguntar de otra manera.
—Necesito comprender qué activó el ejercicio.
—Yo necesito que acepte una frase sin desmontarla.
Nora se levantó. Había recorrido el pasillo y entrado en mi habitación para establecer un límite, pero yo ya había empezado a buscar la estructura que lo sostenía.
—Tienes razón —dije.
Ella se detuvo.
—No lo diga así.
—¿Así cómo?
—Como si estuviera probando qué efecto produce.
—No sé decirlo de otra manera.
—Puede empezar por no explicar después por qué tengo razón.
Guardé silencio. Nora esperó, desconfiando incluso de esa obediencia.
—Tuve miedo —continuó—. Mucho. En un momento pensé que el aire no iba a volver a entrar y que todos estaban esperando a ver qué hacía. Quería levantarme, pero también quería demostrar que podía quedarme. Después ya no sabía cuál de las dos cosas había elegido.
—Eso fue lo peligroso.
—Usted lo convirtió en peligroso.
—Sí.
La palabra salió antes de que pudiera matizarla. Nora me miró con una atención distinta.
—¿Lo admite?
—Admito que construí una situación donde marcharte empezó a parecerte una derrota.
—Mauro dijo exactamente eso.
—No significa que se equivoque siempre.
—¿Y por qué lo hizo?
Podía responder que necesitaba atravesar su defensa, que el ejercicio debía mostrarle la diferencia entre sentir miedo y obedecerlo o que cualquier persona que sube a un escenario acepta permanecer unos segundos más allá de la comodidad.
Todas eran verdades parciales. Ninguna explicaba por qué había continuado después de advertir que la respiración se cerraba.
—Porque quería saber hasta dónde llegabas —dije.
Nora no apartó la mirada.
—Eso también da miedo.
—Lo sé.
—No, no lo sabe. Para usted es una pregunta. Para la persona que está dentro es su cuerpo.
La frase pertenecía a ella y, al mismo tiempo, parecía llegar desde otro lugar. Nadia había dicho algo parecido. O quizá la doctora, Mauro o alguno de los abogados. Mi memoria empezaba a reunir todas las voces alrededor de una misma acusación.
—¿Por qué has venido? —pregunté.
Nora caminó hacia la puerta, pero no la abrió.
—Porque después ocurrió algo peor.
—¿Qué?
—Me gustó.
La confesión fue tan baja que podría haber fingido no escucharla. Nora apoyó una mano sobre el picaporte.
—Cuando pude respirar otra vez —continuó—, sentí que había salido de algo. No estaba pensando en lo que había pasado antes, ni en quién me miraba, ni en si iba a volver a ocurrir. Durante unos segundos no tuve miedo. Estaba agotada, enfadada y avergonzada, pero también… no sé.
—Viva.
Nora cerró los ojos.
—No diga esa palabra.
—¿Por qué?
—Porque hace que suene como si hubiera merecido la pena.
—¿No fue así?
—No lo sé. Ese es el problema.
La incertidumbre la había llevado hasta mi habitación. No buscaba una disculpa, sino una explicación que le permitiera conservar la intensidad sin aceptar el método que la había producido.
—El miedo no desapareció —dije—. Llegaste al otro lado durante unos segundos y comprobaste que no ocupaba todo el espacio.
—También podría haber empeorado.
—Sí.
—Podría haberme hecho daño.
—Sí.
—Y aun así cree que funcionó.
—Creo que ocurrió algo verdadero.
Nora abrió la puerta.
—Siempre encuentra una forma de ganar.
—No es una victoria.
—Para usted sí. Ahora puede decir que tenía razón incluso cuando reconoce que se equivocó.
La observación era justa, pero no completa. El ejercicio había sido peligroso. También había revelado algo que Nora no había encontrado en las sesiones prudentes, los aparatos, las preguntas o las salidas siempre disponibles. Ambas cosas podían ser ciertas sin anularse.
—¿Volverás al grupo? —pregunté.
—Las sesiones están suspendidas.
—No he preguntado eso.
Nora me miró por encima del hombro.
—No lo sé.
—Pero quieres.
—Quiero sentir lo que ocurrió al final sin tener que pasar otra vez por lo anterior.
—Eso no existe.
—Según usted.
—Según cualquier cuerpo.
Nora permaneció en el umbral. Desde el corredor llegaban voces lejanas y el sonido de un carro sobre las baldosas.
—No vuelva a decidir que puedo soportar algo solo porque sigo respondiendo —dijo.
—Lo intentaré.
—No le he pedido que lo intente.
—No puedo prometer una certeza que no tengo.
—Entonces no debería dirigir a nadie.
Se marchó antes de que pudiera responder. La puerta quedó abierta, y unos minutos después Mauro apareció al fondo del corredor. Debió de verla salir, porque aceleró el paso al reconocerla. Nora no se detuvo. Él llegó hasta mi habitación y miró primero la silla, después las hojas sobre la mesa.
—Te dije que no fueras a buscarla.
—Ha venido sola.
—¿Cuánto tiempo ha estado aquí?
—No lo sé.
—¿De qué habéis hablado?
—Pregúntaselo a ella.
Mauro entró y cerró la puerta a su espalda.
—No vuelvas a recibirla a solas.
—No la he convocado.
—Podías haberme llamado.
—Habría interpretado que la estaba denunciando por venir.
—Habría sabido dónde estaba una paciente que acababa de tener una crisis.
—Sabías que estaba en la planta.
—No tiene permiso para entrar aquí.
—Las puertas permanecen abiertas porque todos pueden marcharse, pero de pronto nadie puede atravesarlas en la dirección equivocada.
Mauro apretó los labios. La discusión no le interesaba. Miró la hoja donde había escrito las tres versiones de la sesión.
—¿Qué te ha dicho?
—Que tuvo miedo.
—Eso ya lo sabíamos.
—Y que después sintió alivio.
La reacción fue inmediata. Mauro cerró los ojos un segundo, como si hubiese anticipado esa respuesta.
—No utilices eso.
—No lo estoy utilizando.
—Ya has empezado. Lo has dicho con esa voz.
—¿Qué voz?
—La de cuando encuentras una justificación.
—No justifica el riesgo. Explica por qué volvió a buscarme.
—No volvió porque confíe en ti. Volvió porque la has dejado atrapada entre el miedo y la idea de que atravesarlo la hace especial.
—No he mencionado que sea especial.
—No necesitas decirlo. La eliges, la miras como si los demás desaparecieran y conviertes cada reacción en una señal de que puede llegar a un lugar al que solo tú sabes conducirla.
La descripción era tan exacta que por primera vez comprendí que Mauro no hablaba únicamente de los últimos días. Había visto esta secuencia antes. Quizá con Nora, quizá con Nadia o con otras personas cuyos nombres yo ya no conservaba.
—¿Qué ocurrió la última vez? —pregunté.
—Lo mismo.
—¿Nora vino a buscarme?
—Sí.
—¿Y qué dijo?
—Que había tenido miedo y que después se sintió libre.
Las palabras coincidían demasiado.
—¿Cuándo?
—Hace tres meses.
—¿Hicimos el mismo ejercicio?
—No exactamente.
—¿Qué hicimos?
Mauro miró hacia la puerta.
—No voy a reconstruirlo contigo sin la doctora.
—Acabas de hacerlo.
—He dicho lo suficiente para que entiendas que esto no es nuevo.
—¿Y después qué ocurrió?
—La convenciste de continuar.
—¿La convencí o decidió hacerlo?
—Para ti siempre son lo mismo.
Mauro abrió la puerta.
—La medicación de la noche llegará a las diez. No salgas de la habitación.
—No estoy castigado.
—No. Estás en observación.
—Otra palabra que intenta no parecer una cerradura.
Él no respondió. Cuando se marchó, me acerqué a la ventana.
El patio estaba casi oscuro y las luces interiores se reflejaban sobre el cristal, impidiendo ver los árboles.
Mi propio rostro apareció superpuesto a la habitación.
Durante un instante, detrás de mí, creí distinguir a Nadia sentada en la silla junto a la pared, con el cabello mojado y una toalla sobre los hombros. Me volví.
No había nadie.
La imagen podía haber sido un reflejo de Nora, una superposición nacida de la conversación o el efecto de la medicación.
No sentí miedo. Lo que me inquietó fue la naturalidad con que había aceptado su presencia durante aquel segundo, como si Nadia hubiese estado ocupando la habitación desde antes de que yo mirara.
A las diez, Mauro trajo los comprimidos. No hablamos. Esperó a que los tomara y recogió el vaso. Después comprobó la ventana, aunque no podía abrirse más de diez centímetros, y dejó la puerta entornada.
Dormí poco. El edificio había recuperado sus crujidos, pero no volví a escuchar los dos golpes.
Cerca de las tres de la mañana me levanté para beber agua.
Al abrir la puerta, percibí un olor tenue que no pertenecía a los productos de limpieza de la planta.
Era húmedo, químico y reconocible, aunque tardé varios segundos en nombrarlo.
Cloro.
El olor procedía del extremo del corredor, más allá del almacén que Mauro se negaba a abrir. Caminé descalzo hasta allí. La puerta continuaba cerrada, pero el olor se intensificaba alrededor del marco. Apoyé la mano sobre la madera. Estaba fría.
No escuché movimientos, agua ni respiración. Solo el zumbido distante de la ventilación y mi propio pulso, demasiado visible dentro del silencio. Acerqué el rostro a la junta de la puerta y aspiré otra vez.
No había duda.
En algún lugar de Santa Elvira había una piscina.