Capítulo 5 #4
Las esterillas continuaban dispuestas en círculo.
En la de Nora había quedado una marca húmeda donde había apoyado la mano.
Me acerqué, pero no la toqué. Intenté reconstruir la secuencia sin justificarla: la cinta azul, la ventilación, la pregunta sobre el aire, la atención cerrándose alrededor de su propio cuerpo.
Había visto el cambio antes que Mauro. También había comprendido que podía intensificarse si continuaba dirigiéndome a ella.
No me había detenido porque aún respondía, porque la mirada permanecía consciente y porque la crisis no había alcanzado el punto en que una persona deja de observar lo que le ocurre para convertirse únicamente en ello.
Quizá había esperado demasiado.
La idea apareció con una sencillez desagradable.
No se refería solo a Nora. Durante un instante, los dos golpes de la pared regresaron con una claridad física, acompañados por el sonido del agua desplazándose dentro de un recipiente.
Vi los nudillos de Nadia, aunque no su rostro.
Después vi un cronómetro. La pantalla marcaba una cifra que desapareció antes de que pudiera leerla.
La puerta se abrió casi una hora más tarde. La doctora entró sola. Había dejado la chaqueta en algún lugar y llevaba las mangas de la blusa dobladas hasta los codos. El aspecto menos formal no la volvía más cercana.
—Nora está estable —dijo.
—¿Qué ha pensado del ejercicio?
—No es el momento de preguntarlo.
—Para ella quizá sí.
—Para usted siempre es el momento de obtener algo.
—No necesito que me lo cuente a mí. Necesito saber si ha conseguido darle una forma.
—Ha conseguido recordar una sensación que llevaba tiempo intentando manejar sin quedar atrapada en ella. Usted la condujo directamente hacia esa sensación y después se negó a detenerse porque todavía podía hablar.
—Eso significa que estaba presente.
—Significa que estaba sufriendo y usted utilizó su capacidad para responder como argumento para continuar.
La doctora caminó hasta la mesa y recogió la carpeta que Mauro había dejado. No se sentó.
—Las sesiones quedan suspendidas.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta que el equipo evalúe lo ocurrido.
—El grupo no debería pagar por un error de procedimiento.
—¿Reconoce que fue un error?
—Reconozco que Mauro y yo ofrecimos instrucciones contradictorias.
—No le he preguntado por Mauro.
—Su intervención intensificó la crisis al presentarla como una emergencia.
—Nora ya no podía respirar con normalidad.
—Respiraba.
La mujer cerró la carpeta con fuerza.
—Nadia también respiraba cuando decidió esperar.
La frase me dejó inmóvil.
—¿Esperar qué?
—Eso es lo que estamos intentando que recuerde.
—No utilice una afirmación incompleta para acusarme.
—No es incompleta. Usted la vuelve incompleta cada vez que se acerca al final.
—¿Qué decidió Nadia?
La doctora me observó durante varios segundos. Parecía valorar si continuar o retirarse, como si una palabra mal elegida pudiera desencadenar algo que no confiaba en poder contener.
—No he dicho que Nadia decidiera esperar. He dicho que usted decidió hacerlo mientras ella todavía respiraba.
El agua volvió a aparecer. Una superficie agitada, una cámara y el reflejo de una luz sobre el borde metálico. No sabía qué parte pertenecía a un recuerdo y cuál había sido construida por las preguntas de la doctora.
—¿Cuánto? —pregunté.
Ella no respondió.
—¿Cuánto esperé?
—Llegaremos a eso cuando pueda mantener la escena completa.
—Siempre la escena completa y nunca una cifra.
—La cifra no le servirá si la convierte en una medida técnica.
—Todo tiempo es una medida técnica.
—No para quien espera que alguien lo ayude.
La puerta permanecía abierta detrás de ella. Podía haber salido, pero la conversación me retenía con mayor eficacia que cualquier llave.
—¿Nadia pidió ayuda? —pregunté.
La doctora bajó la vista hacia la carpeta.
—Sí.
La respuesta no había sido preparada. Precisamente por eso me resultó imposible rechazarla de inmediato.
—¿Con palabras?
—No.
—Entonces está interpretando.
—Habíais acordado una señal.
Dos golpes. La pared contigua. El silencio de Mauro. La cláusula del documento. Todo se organizó durante un segundo y volvió a dispersarse antes de formar una certeza.
—No recuerdo haber acordado nada.
—Lo sé.
—¿Por qué dos golpes?
—Eso tendrá que decirlo usted.
—No me atribuya una respuesta que ya conoce.
—No intento averiguar qué significaban. Intento que recuerde que los vio.
Sentí frío en las manos, una reacción desproporcionada para la temperatura de la sala. Miré las esterillas, la cinta azul y la marca húmeda donde Nora había apoyado la palma. La doctora esperó, pero no obtuvo ninguna imagen que yo pudiera ofrecerle sin dudar.
—La sesión ha terminado —dije.
—Terminó hace una hora.
—Me refiero a esta conversación.
Caminé hacia la puerta. Ella no intentó detenerme.
—Víctor.
Me volví.
—Nora no es una vía para llegar a Nadia.
—No la he utilizado de esa manera.
—Hoy, cuando dejó de poder respirar, usted miró como si reconociera algo.
—Reconocí una crisis.
—No. Reconoció una escena.
Salí sin responder. El corredor estaba vacío.
El grupo había regresado a sus habitaciones o a otras actividades del centro, y Mauro no se encontraba junto a la puerta.
Caminé hasta el patio, aunque el acceso exterior permanecía cerrado.
Desde el cristal vi a Esteban sentado bajo uno de los árboles, acompañado por Teresa.
Samuel fumaba cerca de una verja, pese a que no había advertido antes que se permitiera hacerlo. Nora no estaba con ellos.
Pasé el resto de la mañana en mi habitación.
Nadie trajo el almuerzo a la hora habitual, y cuando bajé a buscarlo, una trabajadora me indicó que debía permanecer en la planta hasta nueva orden.
La suspensión empezaba a extenderse más allá de la sala, como si cualquier desacuerdo artístico demostrara también mi incapacidad para caminar por un edificio sin supervisión.
Mauro apareció después de las tres. Llevaba una bandeja con comida y evitó mirarme mientras la colocaba sobre la mesa.
—¿Está bien? —pregunté.
—Sí.
—¿Ha dormido?
—Un poco.
—¿Ha hablado del ejercicio?
Mauro suspiró.
—No voy a darte información sobre ella.
El tuteo se mantenía. Quizá ya no consideraba necesario proteger la distancia profesional o tal vez la crisis había agotado la cortesía.
—Solo quiero saber si desea volver.
—Eso es lo que más te importa.
—Es lo único que define si el trabajo puede continuar.
—Las sesiones están suspendidas.
—No he preguntado por las sesiones.
Mauro se dirigió hacia la puerta.
—No vayas a buscarla.
—No puedo salir de la planta.
—Encontrarías la manera.
—Eso parece un elogio.
—No lo es.
Cerró la puerta. La comida estaba fría y apenas probé unas cucharadas.
La tarde se volvió lenta, deformada por la medicación y la falta de actividad.
Intenté leer, después escribí varias versiones de la escena del día.
En la primera, Nora había entrado en crisis porque la atención se cerró sobre su respiración.
En la segunda, Mauro convirtió una alteración manejable en una emergencia.
En la tercera, yo reconocía el peligro y continuaba porque necesitaba saber si ella podía atravesarlo.
Ninguna versión era falsa, pero tampoco conseguían coexistir sin acusarse unas a otras.
Al anochecer, alguien llamó a la puerta.
No fueron dos golpes, sino tres, rápidos y suaves. Esperaba a Mauro con la medicación, por lo que respondí sin levantarme. La puerta se abrió y apareció Nora.
Llevaba una chaqueta sobre la sudadera y el cabello suelto. Su rostro estaba pálido, pero no mostraba la confusión ni el temblor de la mañana. Cerró detrás de sí, aunque la puerta no podía bloquearse.
—No debería estar aquí —dije.
—Eso me han dicho.
—¿Mauro sabe que has venido?
—No.
—Entonces descubrirá que faltas.
—He dicho que iba al baño.
Se quedó junto a la entrada. No había entrado para buscar intimidad, sino para decir algo antes de perder el valor.
—¿Cómo estás? —pregunté.
—No utilice esa voz.
—¿Cuál?
—La de alguien preocupado.
—Lo estoy.
—También estaba interesado.
La palabra procedía de mi entrevista con la doctora. No sabía si ella se la había contado o si Nora había llegado a la misma conclusión al verme durante la crisis.
—Las dos cosas pueden existir al mismo tiempo.
—Eso me da más miedo que si solo fuera cruel.
No respondí. La crueldad deliberada resulta fácil de rechazar; una persona que cree estar ayudando puede atravesar límites mucho más profundos sin reconocerlos.
Nora caminó hasta la silla junto a la pared y se sentó. Había elegido el lugar donde yo había pasado la noche escuchando los golpes.
—He venido porque no quiero que piense que el ejercicio funcionó —dijo.
—Todavía no sé si lo hizo.
—Sí lo sabe. En cuanto empecé a respirar mal, puso esa cara.
—¿Qué cara?
—La misma que pone cuando alguien dice algo que puede utilizar.
—No quería que tuvieras una crisis.
—Pero cuando empezó no quiso pararla.
—Creí que podías atravesarla.
—No sabía adónde iba.
—Yo tampoco.
Nora se rio sin humor.
—Eso debería haberle hecho detenerse.
—O escuchar.
—No estaba escuchándome. Estaba esperando que ocurriera algo.
La precisión de la frase me obligó a apartar la vista. Sobre la mesa estaba la hoja con las tres versiones del ejercicio. Nora las vio, aunque no intentó leerlas.
—¿Qué sentiste? —pregunté.
—No he venido para darle material.
—Has venido a hablar de lo ocurrido.
—He venido a decirle que no vuelva a hacerlo.
—Eso también exige saber qué hice.
—Hizo que me quedara dentro de una sensación que conozco demasiado bien.
—¿La de no poder respirar?
—La de que alguien me observe mientras decido si lo que me pasa es lo bastante grave para pedir ayuda.
La frase ocupó la habitación. No necesitaba conocer el episodio que había llevado a Nora a Santa Elvira para comprender que el miedo no pertenecía únicamente al aire. Había otra persona en su recuerdo, alguien cuya mirada había convertido la petición de ayuda en una negociación.
—¿Quién te observaba? —pregunté.
—No.