Capítulo 5 #3
Continué con los demás. Pedí a Esteban que identificara el sonido más lejano; eligió un carro en el corredor.
Teresa debía escuchar el más próximo y tardó varios segundos en admitir que era la respiración de Julia.
La joven se tensó al saber que otra persona podía oírla.
Samuel protestó porque el ejercicio empezaba a parecer una manera de incomodarlos con algo que normalmente no necesitaban controlar.
—Exacto —respondí—. La respiración funciona mientras no intentamos poseerla.
—Entonces déjela en paz.
—También podrías marcharte.
—Y usted diría que huyo.
—No necesito decirlo para que lo pienses.
Samuel se levantó de la silla, pero no salió. Caminó hasta el fondo y se apoyó contra la pared. Su protesta lo había incorporado al ejercicio con mayor profundidad que cualquier obediencia.
El aire de la sala había cambiado. No en su composición, desde luego, sino en la atención que todos le prestaban.
Cada inspiración parecía ocupar más espacio porque existían oídos dispuestos a detectarla.
La ventilación continuaba zumbando, aunque ya no conseguía ocultar los sonidos del grupo.
Julia respiraba demasiado rápido. Teresa intentaba acompasar el ritmo al de Esteban.
Darío había cerrado los ojos y mantenía la boca entreabierta.
Nora continuaba mirando la cruz azul, pero sus manos se aferraban a las mangas.
—Ahora escuchad a la persona que tenéis más cerca —dije—. No intentéis imitarla.
—Eso es respiración sincronizada —intervino Mauro.
—He dicho lo contrario.
—La atención puede hacer que se sincronicen.
—La prohibición no puede extenderse a todas las consecuencias posibles.
—Para aquí.
El tono cambió. Ya no era una objeción, sino una orden. Varias personas abrieron los ojos.
—No ha ocurrido nada —respondí.
—Está a punto de ocurrir.
—Eso es lo que todos llevamos esperando desde el primer día.
Nora se movió. Había soltado una de las mangas y apoyaba la palma contra el pecho.
—No puedo escuchar otra cosa —dijo.
Mauro se acercó.
—Abre la atención. Mira la puerta, la luz, lo que tengas delante.
—No le hables como si estuviera teniendo una crisis —dije.
—La está teniendo.
—Todavía puede responder.
Nora me miró. Sus pupilas parecían más grandes, aunque la luz no había cambiado.
—He dicho que no puedo escuchar otra cosa.
—¿Qué escuchas?
—Esto.
Su mano presionó el pecho. El aire entraba en inspiraciones cortas, cada una interrumpida antes de completarse. No había una causa física visible; la atención había convertido un mecanismo automático en un problema que ahora intentaba resolver mediante voluntad.
—No intentes hacerlo más profundo —dije—. Deja que sea pequeño.
Mauro se arrodilló a su lado.
—No sigas sus indicaciones. Mírame.
—No le he pedido que lo haga más profundo.
—Has creado esto.
—La atención lo ha revelado.
—Nora, mírame.
Ella giró hacia él, pero sus ojos regresaron enseguida a mí. No buscaban ayuda. Buscaban una explicación, quizá la confirmación de que aquello era el lugar al que yo había querido conducirla desde el principio.
—¿Esto es lo que quería? —preguntó.
—Quería que vieras lo que haces cuando sientes que no puedes controlar el aire.
—No puedo.
—Puedes hablar.
—No es lo mismo.
—No, pero significa que sigue entrando.
Mauro me lanzó una mirada de advertencia.
—Cállate.
La palabra provocó un silencio inmediato en el grupo. Incluso Samuel se apartó de la pared. Mauro tomó uno de los aparatos, lo colocó en el dedo de Nora y esperó a que la pantalla mostrara una lectura. Ella intentó retirar la mano.
—No quiero eso.
—Solo un momento —dijo él—. Respira como puedas.
—No me diga cómo.
—No te estoy pidiendo que lo cambies.
La doctora salió de la cabina. Había dejado de observar y avanzaba hacia nosotros con una rapidez que destruía la serenidad habitual de sus movimientos.
—Nora, vamos a salir —dijo.
—No.
—No tienes que quedarte.
—Si salgo, él va a decir que tenía razón.
La frase me atravesó con una satisfacción que rechacé de inmediato. No porque fuera falsa, sino porque demostraba hasta qué punto mi lectura se había instalado en ella.
—No importa lo que yo diga —respondí.
—Siempre importa. Hace que parezca que todo lo que hago demuestra algo.
—Entonces no me mires.
—No puedo dejar de saber que está mirando.
La doctora se colocó entre nosotros, bloqueando por primera vez la línea visual de manera deliberada.
—Se acabó la sesión.
—No —dije—. Para ella todavía no.
La mujer se volvió.
—La sesión ha terminado.
—Está intentando marcharse sin levantarse. Si la sacan ahora, el miedo decidirá la escena.
—No hay escena.
—La hay para ella.
—Precisamente por eso tenemos que detenerla.
Nora respiraba cada vez más deprisa. Mauro retiró el aparato, comprobó la pantalla y pidió a Julia, Teresa y los demás que salieran al corredor.
Esteban se levantó primero y ayudó a Julia.
Darío obedeció sin mirar. Teresa quiso acercarse a Nora, pero la doctora le indicó que no lo hiciera. Samuel fue el último en marcharse.
—Esto es una barbaridad —dijo al pasar junto a mí.
No supe si hablaba del ejercicio o de la intervención. Probablemente de ambos.
La sala quedó reducida a cuatro personas.
Nora seguía sentada, con la espalda apoyada contra la pared y los brazos alrededor del cuerpo.
Mauro hablaba en voz baja, señalando objetos concretos: la puerta, una silla, la franja de luz sobre el escenario.
La doctora se agachó junto a ella y le preguntó si podía levantarse. Nora negó con la cabeza.
—No quiero salir así.
—¿Así cómo? —pregunté antes de que nadie pudiera impedírmelo.
La doctora se volvió.
—Fuera.
—Nora ha pedido no salir así.
—No le está hablando a usted.
—Me estaba mirando.
—Porque usted se ha convertido en parte de la crisis.
—Entonces también soy parte de la salida.
Mauro se levantó. La expresión de su rostro había perdido toda paciencia.
—Sal de la sala.
El cambio al tuteo fue más violento que un grito. No me moví.
—No la abandonaría ahora.
—No la estás acompañando. La estás observando.
—Puedo hacer ambas cosas.
—Eso dijiste sobre Nadia.
Las palabras llegaron antes de que la doctora pudiera detenerlo. Nora levantó la cabeza. Su respiración seguía alterada, pero había aparecido algo distinto en su mirada.
—¿Qué dijo? —preguntó.
Mauro comprendió el error. Cerró los ojos durante un instante.
—Nada. Vamos a centrarnos en ti.
—Ha dicho Nadia.
—No importa ahora.
—Para él sí.
Nora volvió a mirarme. La doctora se interpuso de nuevo, pero esta vez ella se inclinó para buscarme por un lado.
—¿También hizo esto con ella?
La pregunta no podía responderse sin convertir la crisis en una prolongación de la investigación.
La doctora me ordenó salir, aunque su voz llegaba desde una distancia que parecía mayor que la real.
Recordé una habitación distinta, una superficie de agua y la sensación de que Nadia estaba a punto de alcanzar algo que no podría repetir si yo intervenía demasiado pronto.
La imagen no se completó. Solo permaneció el aire, o su ausencia.
—No lo recuerdo —dije.
Nora soltó una risa breve que se convirtió en tos.
—Siempre dice eso cuando ya sabe la respuesta.
—Nora —dijo la doctora—, mírame.
Ella obedeció al fin. La mujer empezó a hablarle con frases sencillas, sin exigir que modificara la respiración.
Le pidió que apoyara los pies, reconociera el suelo y decidiera cuándo quería levantarse.
Mauro permanecía cerca, preparado para sostenerla sin tocarla.
Yo seguía junto al centro de la sala, convertido para ellos en un estímulo que debía retirarse.
Nora tardó varios minutos en ponerse de pie. Cuando lo hizo, las piernas le temblaban. No permitió que Mauro la sujetara, pero aceptó caminar junto a la doctora. Al llegar a la puerta, se volvió hacia mí.
—No diga que esto ha servido para algo.
La frase no contenía rabia, sino miedo de que yo pudiera apropiarme incluso de lo que acababa de sufrir.
—Todavía no lo sé —respondí.
La doctora la condujo al corredor. Mauro permaneció unos segundos en la puerta, observándome.
—¿Eso es lo más parecido a una disculpa que puede ofrecer?
—No necesita que me disculpe antes de saber qué piensa.
—Ha dicho que no quiere que lo conviertas en algo útil.
—También ha dicho que no quería salir así.
—Porque la has convencido de que marcharse es fracasar.
—Yo no he utilizado esa palabra.
—No hace falta. Llevas días enseñándoles a escuchar todo lo que no dices.
Mauro recogió los aparatos y los guardó en la carpeta. Sus manos temblaban ligeramente, aunque intentaba ocultarlo mediante movimientos lentos.
—La doctora va a suspender las sesiones —añadió.
—No puede hacerlo por una reacción de ansiedad.
—Puede hacerlo porque has ignorado una prohibición explícita.
—No dirigí la respiración.
—Jugaste con las palabras.
—La precisión no es un juego.
—Le pediste que escuchara el aire, que observara cómo cambiaba, que permaneciera con la incomodidad y que no corrigiera nada. Sabías perfectamente lo que estabas haciendo.
—Sabía lo que podía ocurrir.
—Eso es peor.
La acusación se parecía demasiado a otras que no conseguía recordar por completo.
Sabía lo que podía ocurrir. La frase podía haber aparecido en los interrogatorios, en las declaraciones o en alguna conversación con Nadia antes de la prueba.
El riesgo nunca había sido un elemento accidental del método.
Sin él, los ejercicios se convertían en imitaciones de una entrega que nadie estaba dispuesto a realizar.
—No quería que tuviera una crisis —dije.
—Querías ver hasta dónde llegaba.
—No son cosas incompatibles.
Mauro me miró como si hubiese pronunciado una confesión.
—Sí lo son.
Salió y cerró la puerta. Esta vez escuché el giro de la llave desde el corredor. Permanecí dentro, no porque me hubieran encerrado deliberadamente, sino porque Mauro debía impedir que siguiera al grupo mientras la doctora atendía a Nora. La distinción importaba, aunque el resultado fuese el mismo.