La última función Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Es una forma elegante de decir que ustedes eligen la realidad que estoy preparado para conocer.

—Todos hacemos eso, Víctor. La diferencia es que nosotros intentamos no elegir una que lo ponga en peligro.

—¿Y si su prudencia me mantiene atrapado aquí?

La doctora deslizó hacia mí el documento firmado dos días antes.

—Las condiciones siguen vigentes. Puede utilizar la sala mientras las respete.

—No puede pedirme que trabaje y prohibirme observar el cuerpo.

—Puede observarlo sin manipularlo.

—Todo acto de observación modifica aquello que observa.

—Entonces sea responsable de la modificación.

La frase no era mala. La recordaría después, quizá para utilizarla en otro contexto, aunque no pensé concedérselo en aquel momento.

—El ejercicio de hoy no incluye retenciones —expliqué—. Solo quiero que identifiquen cómo cambia la respiración cuando saben que alguien la escucha.

—Eso puede ser suficiente para desencadenar ansiedad.

—También puede enseñarles a reconocerla antes de que los domine.

—No está cualificado para tratar ansiedad.

—No pretendo tratarla.

—Entonces no utilice sus síntomas como material.

Mauro se inclinó hacia delante.

—Podría hacer otra cosa —dijo—. Volver a la escena de ayer con otros participantes, trabajar el texto sin Nora o limitarse a ejercicios de atención externa.

—La atención externa es una forma de evitar lo que ocurre dentro.

—A veces es necesaria para no desbordarse.

—Y otras se convierte en una vida entera.

La doctora recogió el documento.

—No habrá ejercicio respiratorio.

La reunión había terminado para ella. Podía discutir hasta que suspendieran la sesión o aceptar una definición suficientemente estrecha de la prohibición.

No pediría a nadie que modificara el aire.

Les pediría que escucharan. Si al escuchar se producían cambios, no sería una indicación mía, sino una consecuencia de la atención.

—De acuerdo —dije.

Mauro me miró con desconfianza. La doctora sostuvo el silencio unos segundos, esperando quizá que añadiera una condición.

—¿De acuerdo con qué? —preguntó.

—Con que no dirigiré la respiración.

—Ni de forma indirecta.

—No sé qué significa eso.

—Sí lo sabe.

—Entonces debería bastar.

La sala estaba preparada cuando llegamos.

Las esterillas se habían colocado en círculo, separadas por una distancia uniforme.

No habían apagado la ventilación ni reducido las luces, y el zumbido del sistema llenaba los silencios con una vibración constante.

Sobre la mesa de Mauro había dos aparatos para medir el pulso, una botella de agua y varios vasos.

La doctora ocuparía la cabina acristalada; vi su figura detrás del cristal cuando la luz roja se encendió.

Los participantes entraron de manera escalonada.

Esteban fue el primero y eligió una esterilla cerca del escenario.

Teresa se sentó a su lado, con la libreta sobre las rodillas, hasta que Mauro le recordó que no podía escribir durante la actividad.

Samuel preguntó si tendría que tumbarse y, al saber que podía permanecer sentado, colocó una silla junto a la pared.

Julia llegó acompañada por una mujer de blanco, aunque no parecía especialmente alterada.

Darío entró después, con los auriculares alrededor del cuello y una expresión ausente. Nora fue la última.

No llevaba la camisa azul del día anterior, sino una sudadera oscura que ocultaba las manos. Al verme, dirigió la mirada hacia las esterillas y después hacia Mauro. Él le explicó que el ejercicio había sido revisado y que podía detenerse en cualquier momento. Nora asintió, pero no eligió un lugar.

—Puedes observar —dije.

—No necesito su permiso.

—Entonces puedes observar sin él.

Se sentó en la esterilla más cercana a la puerta.

Había escogido una posición desde la que podía levantarse sin cruzar el círculo, aunque el gesto era menos marcado que durante la primera sesión.

El regreso empezaba a adquirir en ella una forma de desafío.

No quería darme la razón, pero necesitaba comprobar que podía permanecer sin quedar atrapada en la lectura que yo hiciera de su miedo.

Me situé en el centro.

—No vamos a hacer ejercicios de respiración —anuncié.

Samuel miró los aparatos de Mauro.

—Eso suena exactamente a que vamos a hacerlos.

—No os pediré que respiréis de ninguna manera concreta. Tampoco que contengáis el aire, lo aceleréis o lo hagáis más profundo. Solo quiero que observéis algo que lleva ocurriendo desde antes de que entrarais.

—¿Nuestra respiración? —preguntó Teresa.

—La palabra ha sido tuya.

Mauro me miró desde la mesa. No había incumplido ninguna condición.

—Podéis cerrar los ojos o mantenerlos abiertos —continué—. La única norma es no corregir nada. Si el aire cambia, dejad que cambie. Si aparece incomodidad, observadla antes de decidir que necesitáis expulsarla.

—Eso es dirigirla de forma indirecta —dijo Mauro.

—He dicho que no la corrijan.

—También que permanezcan con la incomodidad.

—Observar no significa permanecer.

—Para algunos sí.

La intervención había roto el comienzo antes de que el grupo pudiera entrar en el ejercicio. Sentí la irritación habitual, pero no la convertí en una disputa. Si discutía, los participantes aprenderían a esperar la autorización de Mauro antes de sentir cualquier cosa.

—Podéis deteneros cuando queráis —dije—. También podéis continuar.

Samuel soltó una risa.

—Así siempre gana.

—No estamos compitiendo.

—Usted sí.

No respondí. El grupo tardó en acomodarse. Esteban se tumbó con las manos sobre el abdomen; Teresa permaneció sentada, la espalda recta y los ojos cerrados; Julia eligió una postura parecida, aunque mantenía las rodillas elevadas. Darío se apoyó contra la pared. Nora no cerró los ojos.

Durante el primer minuto no dije nada. El zumbido de la ventilación se volvió más visible, igual que los movimientos pequeños que cada persona realizaba para encontrar una posición cómoda.

Samuel golpeaba el suelo con el talón. Teresa tragó saliva dos veces.

Julia respiraba por la boca, quizá debido a la medicación.

Nora mantenía los brazos alrededor de las rodillas y miraba un punto sobre el escenario.

—Escuchad la sala —dije—. No vuestra respiración. La sala.

La indicación era deliberadamente amplia. Al intentar escuchar el espacio, cada uno se volvería consciente de los sonidos que producía dentro de él. Las personas descubren su propio cuerpo con mayor intensidad cuando creen estar atendiendo al mundo.

El silencio se prolongó. Alguien caminó por el corredor; una puerta se cerró en la planta superior y el sistema de ventilación cambió de tono.

Esteban dejó escapar el aire con un temblor leve.

Teresa enderezó aún más la espalda, intentando impedir que su respiración resultara audible.

Julia miró a Mauro. Él asintió de forma tranquilizadora, gesto que modificó de inmediato el ritmo de la joven.

—No busquéis hacerlo bien —dije—. En cuanto intentáis respirar correctamente, empezáis a interpretar a una persona tranquila.

Teresa abrió los ojos.

—¿No acaba de decir que no observáramos la respiración?

—He dicho que escuchéis la sala. Tú has decidido controlar el sonido que haces dentro de ella.

—Porque ha empezado a hablar de respirar.

—La palabra no ha creado lo que ya estabas haciendo.

Ella miró hacia la cabina, quizá esperando que la doctora interviniera. La figura detrás del cristal no se movió.

—Vuelve a cerrar los ojos —le indiqué—, pero no intentes recuperar lo que había antes. Ya no existe.

Teresa obedeció. Samuel continuaba observándome con una sonrisa que convertía su participación en una forma de resistencia. Darío parecía haberse alejado del ejercicio, aunque su pie había dejado de moverse. Nora seguía mirando el escenario.

—¿Qué ves? —le pregunté.

—Una marca de cinta.

—¿De qué color?

—Azul.

—¿Qué forma tiene?

—Una cruz.

—¿Está bien colocada?

Nora frunció el ceño.

—No sé para qué sirve.

—Entonces no puedes saberlo.

—¿Esto qué tiene que ver con respirar?

—Nada, si consigues seguir mirando la marca.

Comprendió la intención. Al dirigir su atención hacia un objeto exterior, estaba ofreciéndole una salida que no consistía en abandonar la sala. Nora mantuvo la vista sobre la cruz azul.

—Describe el borde —dije.

—Está levantado en una esquina.

—¿Cuál?

—La izquierda.

—¿Se mueve con el aire?

Nora tardó en responder.

—Un poco.

—¿Qué aire?

—El de la ventilación.

—¿Solo ese?

La pregunta fue suficiente. Sus hombros cambiaron de posición, y la respiración que hasta entonces había permanecido oculta bajo la sudadera empezó a hacerse visible. Nora apartó los ojos de la cinta.

—Ha dicho que no iba a dirigirla.

—No te he pedido que respires.

—Está haciendo que piense en ello.

—Pensar no modifica necesariamente el cuerpo.

—Claro que sí.

—Entonces observa cómo.

Mauro se levantó.

—Víctor.

—Puede detenerse cuando quiera.

—No le corresponde decidir si esto cumple la norma.

Nora levantó una mano.

—Estoy bien.

Mauro no volvió a sentarse de inmediato.

—No tienes que continuar para demostrarlo.

—No estoy demostrando nada.

—Entonces podemos parar.

—He dicho que estoy bien.

La insistencia revelaba que ya no hablaba solo con él.

Nora necesitaba sostener el ejercicio porque detenerlo después de mi pregunta confirmaría que yo había alcanzado un punto sobre el que podía influir.

Su resistencia, como tantas veces, la empujaba hacia el mismo lugar del que pretendía protegerla.

Mauro regresó a la mesa, pero permaneció de pie.

—Vuelve a la cinta —dije.

Nora miró la cruz azul. Su respiración no recuperó la regularidad anterior.

—No la corrijas.

—No lo hago.

—Sí. Estás intentando que parezca que no ha cambiado.

—¿Cómo sabe lo que intento?

—Porque has reducido el movimiento de los hombros.

—Quizá me estoy relajando.

—Quizá.

La incertidumbre la irritó más que una afirmación. Había esperado que interpretara el gesto para poder rechazarlo. Al no hacerlo, se quedó sola frente a la posibilidad de que su cuerpo estuviera cambiando sin que nadie decidiera el significado.