La última función Capítulo 5
24%

Capítulo 5

Respirar

La respiración es la primera mentira del actor.

Puede fingir una sonrisa, ensayar un temblor, aprender a llorar sin que nada dentro de él se haya movido, pero tarde o temprano el aire delata la distancia entre lo que muestra y lo que está ocurriendo.

Una persona que dice tener miedo mientras respira con la regularidad de quien espera el autobús no interpreta el miedo, sino la idea que conserva de él; otra puede permanecer inmóvil, no pronunciar una palabra y conseguir que toda la sala perciba el peligro porque cada inspiración parece llegar un segundo más tarde de lo necesario.

El público quizá no sepa identificar esa diferencia, pero la reconoce.

Los cuerpos se entienden entre sí mucho antes de que las palabras intervengan para estropearlo.

Aquella mañana me desperté pensando en la respiración de Nora.

No en su frase final, aunque la había repetido varias veces antes de dormirme, ni en las tres palabras que había escrito al margen del texto hasta casi rasgar el papel.

Recordaba el instante en que le dije que permaneciera y el aire se detuvo dentro de ella como si una mano hubiese cerrado una puerta.

Había sido apenas una interrupción, una pausa demasiado breve para que Mauro la registrara con su aparato y lo bastante precisa para que yo comprendiera que la escena había tocado algo anterior a nuestras palabras.

Nora no fingía el miedo. Lo contenía. Esa diferencia podía convertirla en una actriz extraordinaria o destruir cualquier posibilidad de trabajo, dependiendo de quién consiguiera enseñarle a atravesarla.

La hoja seguía dentro de mi carpeta. La saqué durante el desayuno y observé las correcciones que ella había hecho en el margen, palabras sueltas, signos de interrogación y aquellas tres repeticiones de «No soy ella».

La primera había sido escrita con cuidado.

La segunda presentaba una inclinación irregular.

En la tercera, el bolígrafo había hundido tanto el papel que la tinta se había extendido sobre la fibra.

No necesitaba interpretar la secuencia para advertir que algo había cambiado mientras esperaba subir al escenario.

La productora habría llamado a aquello activación emocional, respuesta traumática o una de esas expresiones que permiten describir un temblor sin preguntarse qué verdad lo provoca.

Para mí era más sencillo: Nora había empezado a luchar contra un papel antes de conocerlo.

Mauro apareció junto a mi mesa con el vaso de agua y los tres comprimidos. Había dejado de fingir que su visita matutina obedecía a una coincidencia, aunque todavía utilizaba un tono cordial, como si compartiéramos una rutina elegida por ambos.

—La doctora quiere verlo antes de la sesión —dijo.

—La doctora quiere verme antes de todo.

—Ayer ocurrió algo que debemos revisar.

—Ayer ocurrió una escena.

—Nora tuvo una crisis después.

—Mencionaste medicación, no una crisis.

—No son cosas incompatibles.

Tomé los comprimidos y los dejé sobre la mesa, junto a la hoja. Mauro la reconoció, pero no intentó acercarse.

—¿Qué ocurrió exactamente? —pregunté.

—No puedo darle detalles.

—Entonces no utilices la palabra crisis para dirigir mi interpretación.

—Tuvo una respuesta de ansiedad intensa, necesitó salir de la sala y tardó bastante en recuperarse.

—Eso no significa que el trabajo fuera perjudicial.

Mauro observó las pastillas. Había aprendido que no necesitaba pedirme que las tomara; bastaba con esperar.

—¿Qué tendría que pasar para que aceptara que algo ha sido perjudicial? —preguntó.

—Que la persona no pueda transformar después lo que le ha ocurrido.

—Siempre añade un después.

—Porque una experiencia no termina cuando deja de ser agradable.

—Tampoco se vuelve útil solo porque haya sucedido dentro de una sala.

—No he dicho eso.

—Lo piensa.

Tomé los comprimidos. Uno se quedó adherido a la lengua y tuve que beber un segundo vaso antes de tragarlo. Mauro comprobó el movimiento de mi garganta con la misma discreción ofensiva de cada mañana.

—Hoy no habrá trabajo individual con Nora —dijo.

—No lo he previsto.

—Ni ejercicios respiratorios.

La precisión me hizo levantar la vista.

—¿Por qué lo mencionas?

—Porque ha pedido unas esterillas.

—Para trabajar en el suelo.

—Y ha preguntado si podían apagar la ventilación.

—El ruido distrae.

—Víctor.

—No pienso pedirle a nadie que deje de respirar.

—Esa no es la única forma de convertir la respiración en un problema.

Había leído mis notas o alguien le había contado el ejercicio que preparaba.

La noche anterior solicité seis esterillas, una manta por persona y la posibilidad de reducir la luz general.

No había explicado nada más. Quería comenzar con una observación sencilla del aire, sin retenciones ni exigencias físicas, y llevar al grupo hacia el momento en que cada respiración deja de ser automática porque alguien está pendiente de ella.

El peligro no residía en el ejercicio, sino en la interpretación que Mauro y la doctora habían decidido imponerle antes de que comenzara.

—¿Has dirigido actores alguna vez? —pregunté.

—No.

—Entonces no comprendes lo difícil que resulta eliminar una respiración aprendida.

—No quiero eliminar la respiración de nadie.

—Precisamente por eso hablas como si observarla fuera una agresión.

Mauro recogió el vaso.

—La doctora lo espera.

La encontré en el despacho con las dos fotografías boca abajo y la grabadora ya encendida.

La repetición de los objetos empezaba a convertir nuestras entrevistas en una escenografía deliberada.

La jarra permanecía siempre a la derecha, los pañuelos aparecían solo cuando esperaba una reacción emocional y Mauro ocupaba la silla cercana a la puerta, desde donde podía levantarse sin cruzarse conmigo.

Tal vez la organización respondiera a protocolos del centro, aunque todo protocolo termina produciendo una puesta en escena, incluso cuando quienes lo aplican se consideran inmunes al teatro.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó la mujer.

—Observado.

—Eso no es un estado de ánimo.

—Depende de quién observa.

Ella anotó algo.

—¿Cómo se encuentra después de lo ocurrido con Nora?

—Interesado.

Mauro se movió en la silla. La doctora no mostró sorpresa, pero su bolígrafo permaneció detenido sobre el papel.

—¿No preocupado?

—También.

—¿Qué le preocupa?

—Que ustedes conviertan una reacción intensa en una razón para impedir que vuelva a acercarse a ella.

—Le preocupa perder acceso.

—Me preocupa que la protejan hasta volver imposible cualquier transformación.

—Nora no necesita transformarse para satisfacerlo.

—No he dicho que sea para satisfacerme.

—Ayer admitió que necesitaba algo de ella.

—La honestidad no convierte una necesidad en abuso.

—No, pero permite examinarla.

La mujer giró una hoja. Había anotaciones de la sesión anterior, varias de ellas subrayadas.

Reconocí fragmentos de mis frases, aunque sin el contexto que les daba sentido: «que permanezcas», «al principio decido yo», «todo es material».

Separadas de la conversación, podían construir el retrato de un hombre distinto, alguien incapaz de considerar a los demás fuera de su utilidad.

—Nora ha pedido continuar en el grupo —dijo—. No porque considere que lo ocurrido fue positivo, sino porque marcharse ahora le haría sentir que usted tenía razón al interpretar su regreso como una elección relacionada con el trabajo.

—Entonces vuelve para demostrar que no vuelve por mí.

—Eso parece.

—Sigue siendo una decisión relacionada conmigo.

—No convierta cada intento de alejarse en otra forma de acercamiento.

—No lo convierto. Lo observo.

—Esa es una de las palabras que utiliza para no admitir su participación.

La doctora apoyó el bolígrafo sobre la carpeta.

—Hoy no dirigirá ningún ejercicio respiratorio.

—El trabajo estaba preparado antes de que Nora tuviera la reacción.

—Eso no cambia la prohibición.

—¿En qué consiste exactamente?

—No pedirá que contengan el aire, alteren voluntariamente el ritmo, respiren de forma sincronizada ni permanezcan atentos a sensaciones que puedan desencadenar una crisis.

—Eso último prohíbe cualquier ejercicio corporal.

—Prohíbe uno que usted ya ha utilizado de manera inadecuada.

—No recuerdo haberlo hecho aquí.

—Lo ha hecho varias veces.

—En sesiones que nadie quiere describirme.

—En sesiones que hemos descrito y que usted reorganiza después.

El mismo argumento regresaba siempre que intentaba establecer una cronología.

Había trabajado con Nora, había repetido frases de Nadia, había pedido ejercicios que ahora me prohibían, pero cualquier pregunta sobre esas sesiones terminaba aplazada hasta que yo fuese capaz de recordarlas sin deformación.

Era un sistema perfecto: mi memoria se consideraba poco fiable cuando contradecía la suya, mientras la versión del equipo no necesitaba demostración porque ellos habían decidido llamarla registro.

—¿Qué ocurrió la última vez? —pregunté.

—Le pidió a Nora que describiera la sensación de no poder respirar.

—Eso no es un ejercicio respiratorio.

—Después le indicó que redujera el aire para acercarse a esa sensación.

—¿Lo hizo?

—Sí.

—Entonces aceptó.

—También intentó detenerse.

La conversación se acercaba a un territorio conocido. Dos golpes, una señal, una petición que alguien había interpretado demasiado tarde. Sentí que la imagen del agua trataba de formarse, pero la aparté antes de que la doctora pudiera leer algo en mi rostro.

—¿Y yo no la dejé?

—Mauro intervino.

Miré al enfermero. Él no sostuvo mis ojos.

—¿Cuándo ocurrió?

—Hace tres meses —respondió la doctora.

—No llevo tres meses aquí.

Ninguno contestó. La afirmación había dejado de provocar correcciones inmediatas, lo que empezaba a resultar más inquietante que una contradicción abierta.

—¿Cuánto tiempo llevo? —insistí.

—Hoy no vamos a trabajar sobre la duración del ingreso.

—Nunca trabajamos sobre aquello que pregunto.

—Trabajamos sobre lo que puede sostener sin perder la continuidad.