Capítulo 4 #7
La frase era buena. Demasiado buena para alguien que insistía en no ser actriz, aunque quizá la interpretación no dependiera de aprender a inventar respuestas, sino de dejar de evitar las verdaderas.
—No mires a los demás —dije—. Mírame a mí.
—Ya lo hago.
—No. Compruebas dónde estoy.
—¿Cuál es la diferencia?
—La misma que existe entre vigilar y ver.
Nora sostuvo mi mirada. Sus manos continuaban sobre la mesa, abiertas, pero la cicatriz junto al pulgar se había vuelto blanca por la presión.
—¿Qué ve? —preguntó.
El texto no contenía la pregunta. Podía haber respondido como director, describiendo la tensión, el miedo o la necesidad de control. La nota del día anterior apareció en mi memoria: no vuelva a decirme lo que siento antes de que pueda sentirlo.
—No lo sé —dije.
Nora parpadeó. Era la primera vez que le ofrecía una incertidumbre.
—Miente.
—Probablemente.
—Entonces dígalo.
—Veo a alguien que quiere creer que ha elegido volver.
Su respiración cambió.
—¿Y si lo he elegido?
—Entonces todavía no sabes para qué.
—¿Y usted sí?
La pregunta contenía una abertura peligrosa.
Podía decirle que había reconocido en ella una fuerza, una inteligencia, la capacidad de sostener una escena sin esconderse detrás de la técnica.
Podía prometerle que, si confiaba, conseguiría mostrar algo que los demás nunca habían visto.
Era la clase de promesa que un director debe formular sin convertirla en halago.
—Para que alguien te crea —respondí.
Nora se quedó inmóvil.
—¿Quién?
—Todavía no lo sé.
—Entonces no sabe qué papel quiere que interprete.
—No es un papel.
—Todo es un papel para usted.
—No. A veces es una necesidad.
—¿La suya o la mía?
Mauro subió un escalón, pero la productora levantó la mano. Nora continuaba mirándome.
—Las dos —dije.
Su rostro cambió. No fue una rendición ni una forma de confianza, sino el reconocimiento de que, por primera vez, había admitido que el trabajo no estaba construido únicamente para ayudarla. Yo necesitaba algo de ella. La honestidad podía resultar más seductora que cualquier promesa de protección.
—¿Qué necesita? —preguntó.
La imagen de Nadia apareció sin aviso: sentada frente a mí en una sala más grande, con el cabello mojado y una toalla alrededor de los hombros.
No sabía cuándo había ocurrido. Había agua en el suelo, una cámara encendida y dos vasos sobre una mesa.
Nadia me preguntaba qué necesitaba de ella, y yo respondía que dejara de actuar como si no supiera.
La escena se deshizo antes de completarse.
—Que permanezcas —dije.
Nora retrocedió en la silla.
—Eso no estaba en el texto.
—Nada de lo importante lo está.
—Terminamos —intervino Mauro.
La productora no lo detuvo. Nora apartó las manos de la mesa y recogió la hoja.
—No —dijo.
Mauro se quedó inmóvil.
—¿Quieres continuar? —preguntó la mujer.
Nora asintió, aunque seguía mirándome.
—Una frase más.
La decisión le pertenecía, pero yo había contribuido a construirla. No era una contradicción. Toda libertad ocurre dentro de una estructura que alguien ha dispuesto antes.
Nora miró el texto. La última frase de su personaje decía: «No he venido para que me salves».
La leyó sin bajar la vista.
—No he venido para que me salve.
Esperé. Mi respuesta escrita era: «Nunca he sabido hacerlo».
Sin embargo, la frase me pareció falsa. Nadia había acusado muchas veces mi necesidad de salvar aquello que antes había llevado hasta el límite. Yo siempre había rechazado la palabra. Salvar implicaba que alguien aceptaba la debilidad del otro; dirigir consistía en impedir que la utilizara.
—No —dije—. Has venido para que te crea.
Nora dejó de respirar durante un instante. Después pronunció una frase que no figuraba en el texto:
—Entonces míreme antes de decidir cómo termino.
La sala quedó en silencio.
No era idéntica a la frase de la primera jornada, pero contenía su misma estructura y la misma exigencia que Nadia había formulado durante aquella audición remota: no me mires como si ya supieras cómo voy a terminar.
Nora podía haberla oído antes, en las sesiones que yo no recordaba.
Podía incluso estar repitiéndola de forma consciente, siguiendo una indicación de la productora.
Sin embargo, la emoción con que la pronunció no parecía prestada.
La productora se levantó.
—Terminamos aquí.
Esta vez no discutí. Nora bajó del escenario con la hoja en la mano. Al pasar junto a mí, se detuvo.
—No vuelva a cambiarme las frases.
—Las has cambiado tú primero.
—Porque las suyas no me servían.
—Eso es actuar.
Nora negó con la cabeza.
—Eso es no dejar que hable por mí.
Se marchó hacia el corredor. El grupo permaneció en silencio hasta que Samuel soltó una risa breve.
—Ya tiene actriz —dijo.
No respondí. Observé la silla vacía frente a mí y la hoja que Nora había olvidado sobre la mesa.
En el margen había escrito varias palabras mientras preparábamos la escena.
No eran notas sobre el personaje ni correcciones del texto.
Había repetido una frase tres veces, con trazos cada vez más intensos:
No soy ella.
Doblé la página y la guardé en la carpeta.
Nora tenía razón. No era Nadia.
Todavía.