La última función Capítulo 4 #6
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Capítulo 4 #6

—La frase era tuya.

—No le he escrito nada.

—Mauro dice que ya lo habías hecho antes.

Nora miró al enfermero.

—No he dicho eso —intervino él.

—Dijiste que había escrito frases parecidas durante otras sesiones.

—No dije que la nota fuera suya.

—La diferencia empieza a parecer una afición.

La productora se acercó.

—Guarde la nota y hablaremos después.

—¿La conoce?

—Sí.

—¿Quién la escribió?

—No es el momento.

—Todos parecen reconocerla menos yo.

Nora se levantó.

—Quiero verla.

Saqué la hoja del bolsillo. Ella la leyó sin tocarla. Su expresión cambió al llegar al final, no por reconocimiento, sino por una incomodidad que podía significar cualquier cosa.

—No es mi letra —dijo.

—¿Y la frase?

—La ha dicho usted.

—¿Cuándo?

—En una sesión.

—No tendría sentido que yo escribiera eso.

—No la escribió. La dijo como si se la hubiera dicho Nadia.

El grupo permanecía en silencio. Samuel observaba con una atención que ya no era hostil, sino casi fascinada.

—¿A ti? —pregunté.

Nora asintió.

—Me llamó Nadia y repitió la frase. Después dijo que yo se la había dicho muchos años antes.

—No recuerdo esa sesión.

—Ya lo sé.

Su tono no contenía compasión. Solo cansancio.

—¿Cuántas veces ha ocurrido?

—No voy a hablar de esto delante de todos.

—Ayer querías que no decidiera lo que sentías. Ahora puedes contarme lo que recuerdas.

—No son cosas equivalentes.

—Lo son para mí.

—Ese es el problema.

La productora se colocó entre nosotros, sin llegar a bloquear la mirada.

—La sesión de hoy tendrá otra estructura.

—No —dije—. Hoy trabajaremos con Nora.

—No.

—Ella ha vuelto.

—Al grupo.

—Que decida.

La mujer miró a Nora. Por primera vez, no habló en su nombre.

—¿Quieres participar en un ejercicio individual dentro de la sala, con todos presentes? —preguntó.

Nora observó la nota, después a mí.

—¿Qué ejercicio?

—Quiero que leas una escena —respondí.

—No hay libreto.

—Lo habrá.

Había escrito el texto durante la madrugada, en una hoja que guardaba dentro de la carpeta.

No era una escena completa, sino un diálogo breve entre una mujer que esperaba en una habitación y un hombre que llegaba demasiado tarde.

Ninguno mencionaba lo ocurrido antes. La tensión residía en aquello que ambos evitaban preguntar.

Entregué la página a Nora. Ella la leyó en silencio. La productora se acercó lo suficiente para ver el contenido. No había agua, respiración ni referencias directas a Nadia. Después de unos minutos, Nora levantó la cabeza.

—No sé hacerlo.

—Eso es útil.

—Para usted todo lo que no sé hacer es útil.

—Lo que ya sabes solo sirve para repetirte.

—¿Quién lee la otra parte?

—Yo.

Mauro negó con la cabeza.

—No.

—Todo el grupo estará presente.

—No se trata de la supervisión.

—¿Entonces de qué?

—De que no distingue cuándo está trabajando con Nora y cuándo está hablando con alguien que no está aquí.

Nora volvió a mirar el texto.

—Lo haré —dijo.

La decisión sorprendió a Mauro y a la productora. Ella pidió cinco minutos para hablar con Nora fuera, pero la joven se negó.

—Prefiero que todos lo vean.

La frase establecía una protección. En público, cualquier intento mío de deformar la escena encontraría testigos. Acepté.

Colocamos dos sillas en el escenario, separadas por una mesa. No había más objetos. Le pedí a Nora que se sentara antes de que yo entrara y que no buscara una emoción concreta. Ella apoyó el texto sobre las piernas, pero sus manos temblaban ligeramente.

—No leas todavía —dije—. Espera.

—¿Cuánto?

—Hasta que llegue.

—Ya está aquí.

—Yo sí. Él no.

Nora respiró por la nariz y miró hacia la puerta imaginaria. Subí al escenario desde el fondo, no desde el lateral donde ella esperaba verme. El cambio produjo una tensión instantánea en sus hombros. Me acerqué a la mesa y permanecí de pie.

La primera frase me correspondía.

—Pensé que te habías marchado.

Nora bajó la vista hacia la hoja.

—También yo.

La lectura fue plana. No porque careciera de talento, sino porque se protegía mediante la literalidad. Cada palabra terminaba antes de adquirir consecuencias.

—Otra vez —dije.

—Acabamos de empezar.

—Por eso.

—¿Qué he hecho mal?

—Has leído la frase como si supieras qué significa.

—Está escrita.

—Las palabras están escritas. El significado ocurre entre nosotros.

Nora dejó la hoja sobre la mesa.

—Entonces no la necesito.

—Exacto.

La productora hizo una anotación. Mauro permanecía junto al escenario, preparado para detener la escena.

Repetí la frase.

—Pensé que te habías marchado.

Nora me observó. Esta vez no respondió de inmediato.

—También yo.

La pausa modificó todo. Ya no hablaba de una decisión pasada, sino de la sorpresa de seguir allí. Me senté.

—No he venido a pedirte que vuelvas.

—Entonces ¿a qué ha venido?

Había cambiado el tratamiento del texto, sustituyendo el «has» por «ha». La distancia formal apareció como una defensa propia, no del personaje.

—A saber por qué sigues esperando.

—No estoy esperando.

—Estás aquí.

—Eso no significa lo mismo.

—Para quien llega, sí.

Nora apartó la mirada. El texto indicaba otra frase, pero ella no la buscó.

—Usted siempre cree que sabe por qué vuelve la gente.

—No. Solo sé que volver es una decisión.

—A veces es no tener otro sitio.

La sala desapareció por un instante. No literalmente; seguía viendo a Mauro, la puerta abierta, el reflejo de la productora sobre el cristal. Sin embargo, la frase de Nora había creado una intimidad que volvía irrelevantes las presencias ajenas.

—Siempre hay otro sitio —dije.

—Eso solo lo dice quien puede marcharse.

La réplica no estaba escrita. Tampoco pertenecía ya al ejercicio. La productora levantó la vista, pero no intervino.

—¿Tú puedes? —pregunté.

Nora tardó en responder.

—No hoy.

—¿Y ayer?

—Tampoco.

—¿Entonces por qué vuelves a la sala?

—Porque aquí, al menos, sé quién está mirando.