La última función Capítulo 4 #5
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Capítulo 4 #5

Subí al escenario. La silla seguía en el lugar donde Nora la había dejado.

Me situé frente a ella e intenté reconstruir la secuencia: su peso sobre la pierna derecha, los brazos ocultos, la vigilancia en la mirada.

Había contenido el aire cada vez que yo avanzaba, no porque temiera una agresión inmediata, sino porque el cuerpo se preparaba para algo que ya había ocurrido.

La respiración era memoria antes que pensamiento.

Nadia lo había comprendido durante los últimos meses de trabajo; decía que una persona podía olvidar una habitación, un rostro o una frase, pero el cuerpo conservaba el ritmo exacto con que había aprendido a sobrevivir.

No recordaba cuándo había pronunciado esas palabras. Quizá en una entrevista. Quizá durante el ensayo del agua.

Mauro apareció en la puerta.

—Nora no quiere verlo.

—No he pedido verla.

—Ha preguntado si la sesión continuaría mañana.

—¿Y qué le has dicho?

—Que dependería de la doctora.

—No de ella.

—Ella ya ha decidido que no participará si usted vuelve a trabajar de esa manera.

—¿Qué manera?

Mauro entró en la sala y dejó las llaves sobre la mesa.

—Como si todo lo que alguien siente le perteneciera.

—No me pertenece.

—Entonces deje de hablar como si pudiera darle forma mejor que ellos.

—Puedo.

La seguridad de mi respuesta lo detuvo. No porque lo convenciera, sino porque confirmaba algo que temía.

—Eso es lo que no entiende —dijo—. Cree que hacer algo visible le da derecho a decidir lo que significa.

—Alguien tiene que decidirlo.

—No.

—Incluso rechazar un significado es elegir otro.

—No está en un escenario.

—Tú tampoco, y llevas días interpretando a un hombre que no quiere decirme quién es.

Mauro recogió las llaves.

—Soy enfermero.

—Eso ya lo has dicho.

—No. Lo dijo hace unos minutos para provocarlo. Yo se lo estoy diciendo ahora.

La distinción resultaba casi cómica.

—¿Y regidor?

—Nunca.

—Controlas los tiempos, las entradas, las puertas y la iluminación.

—Controlo que nadie se haga daño.

—Una función menos elegante, pero parecida.

Mauro se acercó al escenario.

—Nora se ha hecho daño hoy.

—Se ha asustado.

—No minimice.

—Tampoco dramatices.

—Ha tenido que tomar medicación y está con la doctora.

La información produjo una incomodidad que no esperaba. Imaginé a Nora en el despacho, respirando demasiado rápido, mientras la mujer le explicaba que mi conducta no era responsabilidad suya. La escena se construyó con una facilidad que la volvía sospechosa.

—¿Qué le has dicho sobre mí?

—Nada que no haya visto.

—Ha visto una parte.

—Siempre dice eso cuando la parte no le favorece.

—¿Y ella volverá?

Mauro me observó.

—¿Eso es lo único que le importa?

—Es la pregunta que he hecho.

—No lo sé.

El enfermero se dirigió hacia la mesa. Guardó la botella y las hojas, pero dejó las sillas donde estaban. Antes de marcharse, se volvió.

—Nadia también volvía.

—No la conociste.

—No hacía falta conocerla para leer lo que escribió.

La frase coincidía con la de la mujer. Debían de haber revisado mensajes, diarios o declaraciones incorporadas a mi expediente. Resultaba obsceno que personas extrañas hablaran de Nadia desde documentos parciales, pero no era el momento de discutirlo.

—¿Qué escribió?

—Que usted sabía convertir el regreso en una decisión de ella.

Mauro salió. Esta vez cerró la puerta, aunque no con llave.

Permanecí en la sala hasta que la medicación empezó a producirme una somnolencia espesa.

Recoloqué las sillas, ordené la mesa y retiré la que había formado parte de la escena con Nora.

La llevé al centro del escenario y la observé desde la primera fila.

No era una imagen especialmente original, pero contenía algo que todavía no podía nombrar: una ausencia reciente, la forma exacta de un cuerpo que acababa de abandonar un lugar.

Nora no regresó durante el almuerzo. Tampoco apareció en la sala común por la tarde.

Pregunté a una de las mujeres de blanco y me respondió que estaba descansando.

Cuando intenté subir a su planta, el acceso estaba bloqueado y Mauro apareció antes de que pudiera llamar.

No discutí. Volví a mi habitación, tomé la medicación y pasé varias horas leyendo un libro que no conseguí recordar después.

A última hora, alguien deslizó una hoja bajo mi puerta.

No había nombre ni mensaje. Solo una frase escrita con bolígrafo azul:

No vuelva a decirme lo que siento antes de que pueda sentirlo.

La caligrafía era firme, inclinada ligeramente hacia la derecha. No sabía cómo escribía Nora. Tampoco podía asegurar que la nota procediera de ella, aunque nadie más tenía razones para formular aquella petición.

La frase, sin embargo, no era nueva.

Nadia la había dicho durante su primera semana de ensayos.

Yo la había corregido delante del grupo, describiendo el miedo de su personaje antes de que entrara en la escena, y ella se quedó inmóvil, con una mano sobre la puerta del escenario.

Después se volvió hacia mí y pronunció casi las mismas palabras.

No vuelva a decirme lo que siento antes de que pueda sentirlo.

Recordaba ahora la risa incómoda de los demás actores, la luz amarilla del teatro y la manera en que Nadia había sostenido mi mirada, esperando que yo decidiera si su desafío la expulsaría del montaje o la convertiría en el centro.

La convertí en el centro.

Leí la nota varias veces. Podía haber compartido la frase durante sesiones anteriores, como Nora y la productora insistían.

Quizá figurara en los mensajes de Nadia o en alguna transcripción que el grupo había utilizado.

Sin embargo, la coincidencia no me parecía una reproducción.

Había algo distinto en la elección de las palabras, una continuidad que no dependía de que Nora conociera la frase original.

Dos personas podían construir la misma defensa cuando reconocían la misma amenaza.

Guardé la hoja dentro del libro. Al poco tiempo, escuché pasos en el corredor y la puerta se abrió. Mauro entró con el vaso de la noche.

—¿Has dejado esto? —pregunté.

Le mostré la nota. Él la leyó sin tocarla.

—No.

—¿Nora?

—No puedo hablar de lo que hace otro paciente.

—La has leído como si ya la conocieras.

—Porque no es la primera vez que aparece.

La respuesta me obligó a incorporarme.

—¿Qué significa eso?

Mauro dejó el vaso sobre la mesa.

—Ha escrito frases parecidas en otras sesiones.

—¿Para mí?

—Sí.

—¿Cuándo?

—No voy a discutirlo ahora.

—Todo lo que os incomoda se aplaza.

—Todo lo que lo altera se trabaja con la doctora.

—Nora ha estado antes en esta habitación.

—No.

—¿Me ha dado notas?

Mauro miró la hoja y después el libro abierto.

—Alguna vez.

—¿Qué decían?

—No lo recuerdo.

Mentía. La forma en que evitó mi mirada era demasiado evidente.

—¿Dónde están?

—En su expediente.

—Mi expediente.

—Sí.

—Entonces me pertenecen.

—No funciona así.

—Es una frase dirigida a mí.

—Y forma parte de un proceso que usted no ha completado.

Me levanté. La somnolencia había desaparecido.

—¿Cuántas veces he trabajado con Nora?

Mauro permaneció junto a la puerta.

—Varias.

—¿Cuántas?

—No lo sé con exactitud.

—Tú controlas todos los horarios.

—No todas fueron sesiones formales.

—¿Qué hicimos?

—Lo mismo que ahora, más o menos.

—Eso no es una respuesta.

—La eligió. Intentó convertirla en otra persona. Ella se asustó, se marchó y después volvió.

Las palabras llegaron sin dramatismo, pero la secuencia resultaba demasiado perfecta. Podía ser una advertencia construida por la mujer para impedir que continuara o una descripción de algo que mi memoria se negaba a ordenar.

—¿Cuándo ocurrió la primera vez?

—Hace meses.

—Yo no estaba aquí hace meses.

Mauro no respondió. El silencio era la respuesta.

—¿Cuánto tiempo llevo en Santa Elvira?

—Hablaremos de eso con la doctora.

—Dímelo tú.

—No.

—¿Por qué?

—Porque mañana dirá que se lo conté de otra manera.

—Graba la conversación.

—No se trata de demostrar que tengo razón.

—Entonces ¿de qué?

Mauro abrió la puerta.

—De que pueda escuchar una respuesta sin convertirla en otra cosa antes de que termine.

La frase repetía la nota. No palabra por palabra, pero sí su estructura.

Durante un instante pensé que él mismo la había escrito, quizá siguiendo instrucciones de la mujer para provocar una asociación.

Sin embargo, la tinta azul manchaba ligeramente el borde de la hoja y recordé haber visto un bolígrafo del mismo color en manos de Nora durante el desayuno.

Podía haber sido cualquier bolígrafo. En Santa Elvira todo empezaba a adquirir una duplicación innecesaria.

—¿Volverá mañana? —pregunté.

Mauro se detuvo en el umbral.

—Ha dicho que sí.

—Entonces no quiere que la deje en paz.

—Ha dicho que volverá al grupo. No a usted.

—La diferencia durará lo que tarde en entrar en la sala.

Mauro me miró con una mezcla de cansancio y desprecio.

—Eso también lo dijo la última vez.

Cerró la puerta.

Dormí mejor de lo esperado. La medicación y el agotamiento empujaron las imágenes hacia un fondo sin sueños, aunque me desperté antes del amanecer con la frase de la nota todavía presente.

No vuelva a decirme lo que siento antes de que pueda sentirlo.

La recordaba en la voz de Nadia y en una voz distinta que no sabía si había oído alguna vez.

La repetición no demostraba que Nora fuese una sustituta.

Demostraba, en todo caso, que ciertas personas reconocían el mismo peligro con palabras parecidas.

A las diez, el grupo estaba completo.

Nora ocupaba una silla junto a la pared.

Había vuelto a recoger el cabello y llevaba una camisa azul que le quedaba grande.

Su rostro no mostraba señales de la crisis que Mauro había descrito, salvo una palidez mayor y la manera en que evitaba cualquier conversación.

Cuando entré, levantó la vista. No había miedo en ella, aunque tampoco la curiosidad de los días anteriores.

—Gracias por la nota —dije.

La productora se volvió hacia Nora. Mauro cerró la carpeta que estaba revisando.

—No sé de qué habla —respondió ella.