Capítulo 4 #4
—No hago promesas dentro de una escena.
—Porque así puede incumplirlas.
La productora intervino.
—Víctor, acepte la condición.
—La acepto.
Nora subió al escenario. Durante el recorrido no miró a nadie. Se colocó junto a la silla y esperó.
—¿Quién entra? —preguntó.
—Yo.
La respuesta la sorprendió. Hasta entonces había dirigido desde fuera, permitiendo que los demás cargaran con la exposición. Subí por el lateral y me situé en la puerta imaginaria, a cuatro metros de ella.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó.
—Esperar.
—¿A usted?
—A quien entre.
—Pero va a entrar usted.
—Eso todavía no ha ocurrido.
Nora miró a la productora, no para pedir ayuda, sino para confirmar que seguía allí. Después volvió a observarme.
—Empiece.
Entré en la habitación imaginaria. No preparé una emoción ni una intención concreta; permití que el espacio y la mirada de Nora construyeran la relación.
Ella mantuvo los hombros elevados, el peso apoyado sobre la pierna derecha y las manos ocultas en las mangas del jersey.
La silla permanecía entre ambos, ligeramente apartada.
Avancé dos pasos. Nora retrocedió uno.
—No te muevas —dije.
—Ha dicho que no hablaríamos.
—No he dicho eso.
—Siempre cambia las reglas después.
—Solo cuando alguien las utiliza para no estar presente.
Nora apretó los labios, pero recuperó la posición inicial. Avancé otra vez. La distancia entre ambos se redujo.
—Mírame.
Ya lo estaba haciendo, aunque utilizaba la mirada como una barrera. Sus ojos permanecían fijos en los míos y el resto del cuerpo se preparaba para retroceder.
—No así —añadí.
—¿Así cómo?
—Como si tuvieras que vigilarme.
—Quizá tenga que hacerlo.
—Entonces no estás esperando a alguien. Estás esperando lo que podría hacerte.
—No sé quién es.
—Eso no importa.
—Para mí sí.
La escena se había convertido en una discusión, pero no la detuve. Los diálogos más útiles aparecen cuando una persona deja de recordar que está representando una situación.
—¿Qué crees que voy a hacer? —pregunté.
—Decirme algo que ya ha decidido sobre mí.
—¿Qué?
—Que tengo miedo.
—Lo tienes.
—Todo el mundo tiene miedo cuando alguien se acerca así.
—No todo el mundo retrocede.
—No todo el mundo ha aprendido a hacerlo a tiempo.
La frase produjo una alteración visible en la sala. La productora levantó la cabeza. Mauro acababa de regresar con Julia y se detuvo en la puerta. Nora percibió las miradas y comprendió que había revelado algo que no pretendía compartir. Sus manos salieron de las mangas.
—Quiero parar —dijo.
Me detuve.
—La escena o la conversación.
—Las dos.
—De acuerdo.
Nora no se movió. Había pedido detenerse, pero continuaba frente a mí, respirando con mayor rapidez. Si bajaba del escenario de inmediato, la frase quedaría adherida a ella como una confesión accidental. Si permanecía, podía transformarla en otra cosa.
—Puedes sentarte —dije.
—He dicho que quiero parar.
—Y hemos parado.
—Entonces baje.
—La sala también es mía.
Mauro subió al escenario.
—Víctor.
Su presencia rompió la tensión. Nora se apartó y bajó por el lateral opuesto. La productora se acercó a ella, pero Nora negó con la cabeza y salió al corredor sin aceptar compañía.
—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó Mauro.
—Un minuto de trabajo.
—Le ha pedido que parara.
—Y paré.
—Siguió hablando.
—Ella también.
—Porque usted no se apartó.
—No me pidió que me apartara.
—No debería tener que formular cada límite con la precisión de un contrato.
La productora levantó una mano.
—Basta.
Mauro bajó del escenario. Tenía el rostro enrojecido, aunque mantenía las manos abiertas junto al cuerpo.
—La sesión ha terminado —dijo ella.
—Quedan cuarenta minutos.
—Ha terminado.
—Nora aceptó participar.
—Y después retiró su consentimiento.
—Detuve la escena.
—Pero no la presión.
Los demás observaban desde sus lugares. Samuel parecía disfrutar del conflicto; Teresa sostenía la libreta contra el pecho; Julia continuaba cerca de Mauro, aún afectada por el ejercicio anterior. Darío y Esteban evitaban mirarme.
—Podéis marcharos —dijo la productora.
—No —intervine—. Antes quiero que expliquen qué han visto.
La mujer se volvió hacia mí.
—No.
—Han presenciado una escena y ahora les pide que se vayan como si no hubiese ocurrido.
—No vamos a convertir esto en un juicio grupal.
—No he hablado de juzgar.
—Nunca lo hace mientras está juzgando.
Samuel recogió su chaqueta.
—Yo he visto a un hombre que no entiende la palabra parar.
La frase cayó con una eficacia que él no habría conseguido si la hubiese preparado. Mauro lo miró, quizá esperando que continuara, pero Samuel se limitó a salir.
Teresa se levantó después.
—Creo que Nora se asustó.
—Eso ya lo sabemos —dije—. ¿De qué?
—De usted.
Teresa pronunció la respuesta con dificultad, pero no apartó la mirada. Guardó la libreta y siguió a Samuel. Darío salió sin hablar. Esteban fue el último. Al pasar junto a mí, se detuvo.
—No sé si se asustó de usted —dijo—. Creo que se asustó de que usted acertara en algo.
La productora negó con la cabeza.
—Eso no mejora lo ocurrido.
—No pretendía mejorarlo —respondió él.
Cuando se marchó, Julia quedó junto a Mauro. Él le indicó que podía acompañar a los demás y la joven obedeció. La sala se vació hasta que solo permanecimos los tres.
—No vuelva a utilizar a Nora de esa manera —dijo la productora.
—Ella subió voluntariamente.
—Porque sabía cómo provocarla.
—Eso significa que la conozco mejor de lo que usted admite.
—Significa que detecta dónde presionar.
—Es la misma habilidad.
—No.
—Para un director, sí.
Mauro recogió el medidor de la mesa y lo guardó en la carpeta con más fuerza de la necesaria.
—No es director —dijo.
La frase había dejado de ser una corrección funcional. Se había convertido en un intento de quitarme algo.
—¿Qué soy entonces?
—Ahora mismo, un paciente que acaba de poner en riesgo a otra paciente.
La palabra quedó expuesta en el centro de la sala. La mujer cerró los ojos durante un instante, como si Mauro hubiese roto un acuerdo.
—Ya era hora —dije.
—Víctor —intervino ella.
—No. Llevan cuatro días construyendo una producción alrededor de mí, entregándome un grupo, observando detrás de un cristal y corrigiendo cada palabra cuando empieza a parecer demasiado verdadera. Si quieren llamarme paciente, háganlo. Pero no sigan fingiendo que eso elimina lo que ocurre aquí.
—Ser paciente no elimina nada —dijo la mujer—. Solo establece que esta sala no existe para demostrar que usted conserva su autoridad.
—Existe porque yo acepté trabajar.
—Existe desde antes de que llegara.
—Vacía.
—No todo lo que no lo incluye está vacío.
Mauro se dirigió hacia la salida.
—Voy a buscar a Nora.
—Déjala sola —dije.
Se volvió.
—No decide eso.
—Tú tampoco.
—Sé lo que necesita.
—La misma acusación que me haces.
Mauro dio un paso hacia mí. La mujer se interpuso antes de que la distancia pudiera reducirse.
—Ve —le dijo.
Él salió. La puerta permaneció abierta, como siempre, pero su ausencia modificó la sala. La mujer y yo quedamos frente al escenario, separados por las sillas desordenadas.
—Ha repetido exactamente el patrón —dijo.
—No sé a qué se refiere.
—Elige a la persona que más se resiste, convierte esa resistencia en una promesa y después interpreta cada límite como una prueba de que está llegando a algo verdadero.
—Nora no es Nadia.
—Todavía no.
La palabra regresó con un sentido distinto. La miré.
—Eso es lo que teme.
—Eso es lo que está haciendo.
—No se parecen.
—Nunca he hablado del parecido físico.
—Entonces ¿en qué?
—En el lugar que usted necesita que ocupen.
La mujer recogió una de las sillas y la colocó junto a la pared.
—Nadia también dijo que no quería trabajar a solas. También pidió que hubiera alguien más presente.
—Mauro no la conoció.
—No he dicho que fuera Mauro.
La corrección me desconcertó. Debía de referirse a otra persona, a un técnico o ayudante de dirección cuyo nombre mi memoria había sustituido. Había habido muchos durante los años en que trabajé con Nadia, aunque ninguno permanecía el tiempo suficiente para adquirir importancia.
—No recuerdo eso.
—Lo sé.
—¿Entonces por qué lo utiliza como argumento?
—Porque está escrito.
—En notas clínicas.
—En mensajes de Nadia.
La mujer no añadió nada más. Dejó la silla, recogió su carpeta y se dirigió hacia la salida.
—¿Dónde están esos mensajes?
—Los veremos cuando corresponda.
—Todo corresponde después.
—Porque cada vez que nos acercamos, convierte la información en material para una escena nueva.
—Tal vez sea la única forma que tengo de entenderla.
—O la forma que utiliza para no hacerlo.
Se marchó. Permanecí solo en la sala durante menos de un minuto, aunque fue la primera vez que nadie vigilaba desde la puerta.
La luz roja de la cabina estaba apagada.
Podía haber aprovechado para examinar los armarios, buscar la llave o retirar la tira de papel de la placa, pero ninguna de aquellas cosas me interesaba tanto como la frase de Nora.
No todo el mundo ha aprendido a hacerlo a tiempo.
La había pronunciado cuando retrocedí hacia ella.
No hablaba de teatro ni de mi método. Procedía de un recuerdo propio, algo relacionado con la crisis que la había llevado a Santa Elvira.
La productora tenía razón en una cosa: había detectado el punto donde Nora se protegía y lo había presionado sin conocer todavía aquello que protegía.
Sin embargo, detenerse antes de llegar habría convertido toda la sesión en una precaución vacía.
El problema no era haberla obligado a responder.
El problema era que la respuesta no había encontrado una forma donde permanecer.