La última función Capítulo 4 #3
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Capítulo 4 #3

—Ayer dijo que la había encontrado.

—Dije que había encontrado a mi actriz.

—¿Qué diferencia hay?

—Toda.

—Explíquela.

La pregunta no era inocente. Podía describir lo que había visto en Nora —su resistencia, su inteligencia, la forma de sostener una mirada sin entregarse a ella—, pero cualquier respuesta permitiría a la mujer construir un paralelismo con Nadia.

—Un papel no pertenece a una persona —dije—. Se construye a partir de aquello que el actor puede ofrecer y de lo que todavía no sabe que posee.

—Nora no es actriz.

—Eso no impide que pueda actuar.

—Tampoco significa que deba hacerlo.

—¿Ella ha pedido que hable en su nombre?

—No.

—Entonces deje que decida.

—Usted sabe hacer que una decisión parezca libre mientras reduce todas las alternativas.

—Eso se llama dirigir.

—No aquí.

—Otra vez.

—Las veces que sean necesarias.

La mujer se inclinó hacia mí.

—Nora es vulnerable a figuras de autoridad. Busca aprobación, desconfía de ella y, cuando cree que alguien puede comprenderla, acepta cosas que después vive como una invasión. Usted detectó ese patrón en menos de una hora.

—No necesito conocer un diagnóstico para observar.

—Y en lugar de protegerla, empezó a utilizarlo.

—Le ofrecí un lugar en la sala.

—Le ofreció ser especial.

La frase fue precisa. Tanto que, durante un instante, no encontré una respuesta que no pareciera una defensa.

—No necesita que yo le diga que es especial —contesté finalmente.

—No. Necesita dejar de depender de quien se lo diga.

Mauro observaba la conversación con una incomodidad creciente. Quizá la mujer estaba revelando demasiado sobre Nora o quizá temía que cualquier información adicional me ayudara a acercarme a ella.

—¿Qué ocurrió en su crisis? —pregunté.

—No le corresponde saberlo.

—Acaba de describir su estructura emocional.

—Para que comprenda el riesgo de repetirla.

—No puedo trabajar con una persona si cada reacción pertenece a un terreno al que se me prohíbe acceder.

—No tiene que trabajar con ella.

—Entonces ¿por qué está en la sala?

La mujer cerró la carpeta.

—Porque usted pidió un grupo y nosotros creímos que una actividad expresiva supervisada podía ser útil para algunos participantes.

—¿Nosotros?

—El equipo.

—¿Y ahora se arrepienten?

—Ahora estamos comprobando si puede mantener una diferencia entre ayudarlos y utilizarlos.

—Todo proceso artístico utiliza algo de quienes participan.

—Esa frase debería preocuparle más de lo que lo hace.

—Solo si confunde utilizar con destruir.

Mauro se movió. La palabra había producido en él una reacción casi física.

—Ya está bien —dijo.

La mujer lo miró, sorprendida por la interrupción.

—No —continuó Mauro—. Siempre termina igual. Él convierte cualquier límite en una discusión sobre el arte y nosotros se la seguimos hasta que ya nadie recuerda de qué estábamos hablando.

—Sé perfectamente de qué hablamos —respondí.

—Hablamos de una mujer que le ha dicho varias veces que no quiere actuar y a la que usted ya ha colocado en el centro de una obra inexistente.

—No existe todavía.

—No existe.

Mauro había alzado la voz. No mucho, pero lo suficiente para que alguien se detuviera al otro lado de la puerta. La mujer esperó a que recuperara la calma.

—La sesión de hoy será grupal —dijo—. Nora decidirá si participa en cada ejercicio y Mauro podrá interrumpirlo en cualquier momento.

—¿Y usted?

—Observaré.

—Como siempre.

—Como es necesario.

La entrevista terminó sin que nadie lo declarara. La mujer apagó la grabadora y Mauro abrió la puerta, aunque había permanecido abierta todo el tiempo. Antes de salir, miré la carpeta. La segunda fotografía seguía dentro, junto a la hoja con marcas horarias.

—¿Qué había en la imagen? —pregunté.

—Llegaremos a ella.

—¿Cuándo?

—Cuando deje de decidir de antemano lo que está viendo.

La frase me acompañó hasta la sala. El grupo ya estaba reunido.

Samuel había colocado su silla lejos de los demás; Teresa escribía; Julia hablaba con Esteban; Darío permanecía junto al escenario, mirando una marca azul sobre la madera.

Nora estaba sentada en la primera fila. Al verme, no se levantó ni apartó la mirada, aunque su cuerpo se tensó cuando la mujer entró detrás de mí.

Habían hablado con ella. No necesitaba preguntar. La forma en que mantenía los brazos cruzados y la distancia exacta entre sus pies indicaban que se había preparado para rechazar algo.

—Hoy trabajaremos con una escena —anuncié.

Samuel soltó una risa.

—No hay texto.

—La mayoría de las escenas importantes empiezan antes de que alguien sepa qué decir.

—¿Y cuál es el argumento? —preguntó Teresa.

—Una persona entra en una habitación donde alguien la está esperando. No sabe por qué la han llamado. La otra persona sí.

—¿Eso es todo?

—Es más de lo que habéis sabido al entrar aquí esta mañana.

Mauro se colocó junto a la mesa. Había traído el medidor de pulso y la botella de agua, aunque el ejercicio no incluía ninguna exigencia física. La productora ocupó una silla cerca de la puerta.

Elegí a Esteban y Teresa para la primera prueba.

Él esperaría en el escenario; ella entraría desde el corredor, se acercaría y se sentaría sin hablar.

Les pedí que no decidieran de antemano la relación entre ambos.

Teresa preguntó si podía imaginar una circunstancia concreta.

Le respondí que podía hacerlo, siempre que no la utilizara para controlar el resultado.

La escena comenzó con Esteban de pie junto a una silla. Teresa entró sonriendo, una defensa previsible, y él respondió con una cortesía que eliminó cualquier tensión. Después de treinta segundos, los detuve.

—Los dos habéis decidido proteger al otro.

—No ha pasado nada —dijo Samuel.

—Precisamente.

—Quizá no tenía que pasar.

—En una sala siempre pasa algo. A veces lo que ocurre es el esfuerzo por evitarlo.

Pedí que repitieran. Esta vez, Esteban no debía sonreír y Teresa tendría que esperar antes de sentarse.

La modificación produjo un cambio inmediato.

Al entrar, ella buscó una señal en el rostro de Esteban y, al no encontrarla, redujo el paso.

Él comenzó a incomodarse por el efecto que causaba, pero mantuvo la expresión.

Cuando Teresa llegó hasta la silla, no se sentó.

Permaneció de pie frente a él durante varios segundos, hasta que la respiración de ambos empezó a sincronizarse.

—Ahora —dije.

Teresa se sentó. Esteban apartó la mirada. La escena había adquirido una intimidad que ninguno parecía haber previsto.

—¿Qué ha ocurrido? —pregunté.

—Me daba miedo que fuera a decirme algo malo —respondió Teresa.

—No he dicho nada —se defendió Esteban.

—Por eso.

Él comprendió. Durante un instante, su cortesía habitual desapareció y apareció el hombre que había aprendido a ocultar cualquier problema para no preocupar a los demás. Le pedí que recordara esa sensación sin explicarla. Mauro consultó el reloj, pero no intervino.

Trabajamos con Julia y Darío. Ella entró en la habitación imaginaria; él esperaba sentado.

Julia buscó la aprobación de la productora antes de comenzar, y cuando la mujer no respondió, se acercó al escenario con una fragilidad tan visible que Darío abandonó su propia incomodidad para ayudarla.

Le ofreció la silla, preguntó si estaba bien y terminó anulando la incertidumbre de la escena. Los detuve.

—Has intentado salvarla —le dije.

Darío se encogió de hombros.

—Parecía nerviosa.

—Lo estaba.

—Entonces hice bien.

—Como persona, quizá. Como actor, evitaste descubrir qué ocurría si no la protegías.

—No soy actor.

—La frase empieza a parecer contagiosa.

Julia levantó la mano, un gesto escolar que no habría esperado de una mujer adulta.

—Yo prefiero que me ayude.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué tendría que dejar de hacerlo?

—Porque estamos intentando observar qué haces cuando no consigues que otro regule por ti lo que sientes.

Mauro se adelantó.

—Eso no estaba acordado.

—Es lo que ha ocurrido.

—No convierta una escena sencilla en una interpretación clínica.

—No he utilizado ningún diagnóstico.

—No hace falta. Está actuando como si supiera qué necesita.

—Lo mismo haces tú al interrumpir.

Julia miraba de uno a otro, cada vez más incómoda. La productora se levantó.

—Cinco minutos —dijo.

—No necesitamos una pausa —respondí.

—Julia sí.

—Puedo continuar —murmuró ella.

La productora se acercó y se agachó a su lado.

—No tienes que hacerlo.

—Ya lo sé.

—Entonces decide sin pensar en lo que espera nadie.

Julia respiró varias veces. Finalmente negó con la cabeza y salió acompañada por Mauro. La sesión se dispersó alrededor de su ausencia. Samuel caminó hasta la ventana; Teresa empezó a hablar con Esteban; Darío se sentó en el borde del escenario. Nora permaneció en su silla.

—Lo hace siempre —dijo.

No supe si se refería a Mauro, a la productora o a mí.

—¿Qué cosa?

—Empuja hasta que alguien reacciona y luego dice que la reacción demuestra que tenía razón.

Samuel soltó una risa desde la ventana.

—Te lo dije.

Nora no lo miró.

—No he empujado a Julia —respondí—. He descrito lo que estaba haciendo.

—Después de colocarla en una situación donde solo podía darle la razón.

—Podía no entrar.

—Entonces habría dicho que evitaba algo.

—Probablemente.

—Ahí está.

—¿Dónde?

—La puerta siempre lleva al mismo sitio, elija lo que elija.

Miré hacia la entrada. Mauro seguía fuera con Julia. La productora había regresado, pero permanecía junto al corredor, escuchando.

—Sube al escenario —dije.

Nora se quedó inmóvil.

—No.

—Demuéstrame que existe otra puerta.

—No tengo que demostrarle nada.

—Entonces no critiques el recorrido de quienes sí lo intentan.

La frase fue deliberada. Sabía que Nora podía soportar una provocación mejor que una invitación, y la forma en que descruzó los brazos confirmó que había elegido bien. La productora dio un paso, pero Nora se levantó antes de que pudiera intervenir.

—Un minuto —dijo—. Y no va a tocarme.

—No necesito hacerlo.

—Ni va a hablar de Nadia.

La condición hizo que todos la miraran. Teresa dejó de escribir. Samuel se apartó de la ventana.

—No pensaba hacerlo.

—Entonces no le costará prometerlo.