La última función Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

La respuesta llegó con una naturalidad que eliminó cualquier deseo de corregirla.

Nadia había dicho algo parecido en un ensayo, aunque no conseguía recordar las palabras exactas.

Habíamos trabajado durante semanas sobre una escena en la que su personaje debía permitir que un hombre le sujetara la muñeca.

Ella se resistía de una forma demasiado controlada; cada movimiento estaba diseñado para que el público comprendiera el miedo sin que el cuerpo tuviese que experimentarlo.

Cuando le pedí que dejara de anticipar la presión, Nadia respondió que la anticipación era precisamente la razón por la que una persona continuaba viva.

Yo había considerado la frase brillante y equivocada.

En aquel momento, mientras observaba a Nora frente a su café frío, no estaba seguro de cuál de las dos cosas había sido.

Mauro se acercó a la mesa.

—La entrevista empieza en cinco minutos.

—Todavía estoy desayunando.

—La doctora ya está esperando.

Nora apartó la mirada. Teresa volvió a abrir la libreta, aliviada por la interrupción.

—¿Doctora? —pregunté.

Mauro no corrigió esta vez.

—Sí.

—Ayer era la responsable del proyecto.

—También.

—Las funciones empiezan a multiplicarse.

—No para quienes las conocen.

Me levanté. Antes de marcharme, miré a Nora.

—Hoy quiero que trabajes en el escenario.

—No.

—No he dicho qué harás.

—Y yo no necesito saberlo para responder.

—Entonces tu negativa no protege un límite. Protege una costumbre.

Mauro pronunció mi nombre, pero Nora levantó una mano para detenerlo. El gesto fue mínimo y, sin embargo, él obedeció.

—¿Qué quiere que haga? —preguntó ella.

—Estar de pie.

—Eso ya sé hacerlo.

—Ayer no.

La respuesta habría parecido cruel si no hubiese sido precisa. Nora había permanecido de pie en la sala, pero todo su cuerpo estaba organizado alrededor de la salida. No ocupaba un lugar; lo utilizaba mientras esperaba marcharse.

—No prometo nada —dijo.

—Las promesas son inútiles antes de un ensayo.

—No es un ensayo.

—Todavía.

Me alejé antes de que pudiera devolverme la palabra. Mauro caminó a mi lado hasta el despacho, donde la mujer nos esperaba con la grabadora sobre la mesa. Aquella mañana no había pañuelos. En su lugar había colocado dos fotografías boca abajo y una carpeta más gruesa que las anteriores.

—Siéntese —dijo.

—Preferiría permanecer de pie.

—Eso no es una preferencia —respondió, utilizando mi frase del primer día—. Es una manera de conservar la posibilidad de marcharse.

Mauro bajó la vista para ocultar una sonrisa. Me senté.

—Me alegra que tomen notas —dije—. La memoria institucional suele ser menos creativa que la individual.

La mujer activó la grabadora. Una luz roja se encendió.

—¿Recuerda qué ocurrió anoche?

—Escuché dos golpes detrás de la pared de mi habitación. Mauro se negó a abrir la puerta contigua y esta mañana ha vuelto a hacerlo.

—¿Qué pensó cuando los oyó?

—Que alguien necesitaba llamar mi atención.

—¿Quién?

—Primero Nora.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Después pensó en Nadia.

Mauro debía de haber informado de la conversación. No me molestó la indiscreción, aunque sí que ella presentara una deducción como si hubiese surgido de mí.

—Le pregunté si había sido Nora.

—Y después mencionó a Nadia cuando volvió a su habitación.

—No recuerdo haberlo hecho.

—Mauro lo oyó.

Lo miré. Él permanecía junto a la puerta, con las manos unidas frente al cuerpo.

—¿Qué dije?

—Su nombre —respondió—. Varias veces.

—Eso no demuestra qué estaba pensando.

—¿Qué cree que demuestra?

—Que estaba intentando recordar por qué el sonido me resultaba familiar.

La mujer escribió algo. No parecía interesada en discutir mi respuesta, sino en observar la forma en que la construía.

—La habitación contigua está vacía —dijo.

—Ábrela.

—No es necesario.

—Para usted.

—¿Qué espera encontrar?

—Eso se descubre después de mirar.

—No vamos a reforzar una percepción que no coincide con lo ocurrido.

—Otra vez el lenguaje adaptado. ¿Percibí los golpes o no?

—Usted los oyó.

—Entonces ocurrieron.

—No necesariamente.

—El sonido necesita una causa.

—La actividad cerebral también puede producirla.

—¿Está diciendo que aluciné?

—Le estoy preguntando si contempla esa posibilidad.

La palabra alucinación no había aparecido, pero su contorno era visible. Miré las fotografías colocadas boca abajo sobre la mesa. Una esquina mostraba un borde azul y parte de una fecha impresa.

—No —respondí.

—¿Por qué?

—Porque no tengo razones para dudar de lo que escuché.

—Hay varias.

—Ninguna que no proceda de ustedes.

—Lleva semanas teniendo dificultades para distinguir recuerdos, sueños y estímulos reales.

—Llevo semanas durmiendo en un edificio donde todos conocen una versión de mi vida que nadie quiere explicarme.

—La conoce usted.

—Conozco la parte que viví.

—Precisamente esa es la que estamos intentando reconstruir.

La mujer giró una de las fotografías. Mostraba la puerta contigua abierta. Dentro había estanterías con mantas, paquetes cerrados y cajas de material sanitario. No se veía ninguna ventana ni acceso secundario. La imagen podía haber sido tomada esa mañana o meses antes; no había forma de saberlo.

—Mauro abrió la habitación después —dijo—. No había nadie.

—Después.

—A los pocos minutos.

—Cuando yo ya no estaba.

—¿Cree que escondió a alguien?

—Creo que evitó que yo lo comprobara.

—No es lo mismo.

—Eso le dije anoche.

La mujer volvió a colocar la fotografía boca abajo. No pretendía convencerme, sino registrar mi resistencia.

—¿Qué significan para usted dos golpes?

La pregunta llegó con aparente neutralidad, aunque Mauro levantó la cabeza.

—Depende del contexto.

—En este.

—Alguien llama.

—¿Pide ayuda?

—Podría.

—¿Era una señal?

—No lo sé.

—¿Había acordado alguna señal con Nadia?

La habitación se volvió más silenciosa. No porque los sonidos del corredor hubieran desaparecido, sino porque mi atención dejó de incluirlos.

Había algo detrás de la pregunta, un recuerdo que se acercaba desde un lugar donde todavía no podía verlo.

Agua. Una superficie lisa. Los nudillos de una mano golpeando dos veces.

La imagen apareció y desapareció antes de organizarse.

—No recuerdo —dije.

—¿No recuerda o no quiere responder?

—No convierta una dificultad en una elección moral.

—Usted lo hace constantemente con los demás.

Mauro se movió junto a la puerta. La mujer no apartó los ojos de mí.

—¿Nadia golpeó algo? —preguntó.

—Todos golpeamos cosas.

—No le he preguntado eso.

—La memoria no responde mejor porque formule la pregunta con más dureza.

—¿La oyó?

La imagen regresó. Una mano. No sabía si pertenecía a Nadia, a Nora o a una actriz de otra obra. El agua podía ser una bañera, una piscina de ensayo, un escenario cubierto por una lámina oscura. Había dirigido varias escenas acuáticas; la asociación no demostraba nada.

—No —respondí.

Mauro respiró con una profundidad apenas perceptible.

—¿Está seguro? —preguntó la mujer.

—Sí.

—Hace un momento dijo que no recordaba.

—Ahora recuerdo que no.

Ella dejó el bolígrafo. El gesto no expresaba frustración, sino una atención mayor.

—No se puede recordar una ausencia de esa manera.

—Claro que se puede.

—¿Cómo?

—Reconociendo que la escena que intenta sugerirme no existe.

—No he sugerido ninguna escena.

—Ha colocado una puerta abierta en una fotografía, ha hablado de señales y ha introducido a Nadia después de una noche sin dormir. Todo este despacho es una sugerencia.

La mujer miró la grabadora, quizá para recordar que la conversación quedaría registrada. Después retiró la segunda fotografía. Debajo apareció una hoja con varias líneas impresas y marcas horarias, aunque la cubrió antes de que pudiera leerla.

—Hoy no continuaremos por ahí —dijo.

—Entonces no debió empezar.

—Quería comprobar qué aparecía cuando mencionábamos los golpes.

—Ha aparecido su decepción.

—Ha aparecido agua.

No había pronunciado la palabra. Lo comprendí por la manera en que Mauro apartó la vista. Debía de haber dicho algo en voz baja o mi rostro había revelado una asociación que ellos conocían demasiado bien.

—No he hablado de agua.

—Ha mirado hacia la fotografía antes de responder.

—La fotografía muestra un almacén.

—No esa.

Señaló la imagen que continuaba boca abajo. Quise girarla, pero la mujer colocó la mano encima.

—Todavía no.

—¿Qué muestra?

—Algo que veremos cuando pueda sostener la imagen sin convertirla en otra cosa.

—No puede enseñarme una parte y acusarme de completar el resto.

—Eso es exactamente lo que hace su memoria.

La discusión había alcanzado un punto estéril. Cada respuesta alimentaba una lectura que ya habían decidido antes de que yo entrara. Me levanté.

—La sesión empieza en diez minutos.

—Aún no hemos terminado.

—Usted ha dicho que no continuaríamos.

—Con los golpes.

—Es el único asunto que me interesa esta mañana.

La mujer mantuvo la mano sobre la fotografía. Mauro se separó de la puerta, preparado para impedirme salir si ella se lo pedía. La posibilidad me pareció tan evidente que sonreí.

—¿Va a cerrar la puerta? —pregunté.

—Está abierta —respondió Mauro.

—Eso no significa que pueda atravesarla.

—Puede hacerlo cuando terminemos.

—Entonces está cerrada de otra manera.

La mujer recogió las fotografías y las guardó en la carpeta.

—Quiero hablar de Nora.

Volví a sentarme. Ella había calculado bien el cambio. Mi interés por la joven no debía ser tan visible, pero después de la sesión anterior resultaba inútil fingir indiferencia.

—¿Qué ocurre con ella?

—No trabajará a solas con usted.

—Ya lo establecieron.

—Tampoco utilizará su historia personal como material sin consentimiento.

—No conozco su historia.

—Ha intentado averiguarla esta mañana.

—Le hice una pregunta.

—Hasta que respondió algo que no quería contar delante de Teresa.

—Teresa podía marcharse.

—También podía hacerlo usted.

La mujer abrió una sección distinta de la carpeta.

—Nora participa porque forma parte de su propio tratamiento. No está aquí para interpretar a Nadia, ayudarlo a recordar ni convertirse en un elemento de su reconstrucción.

—Yo no he dicho que vaya a interpretar a Nadia.