La última función Capítulo 4
16%

Capítulo 4

La sustituta

A la mañana siguiente, nadie mencionó los golpes.

Mauro entró en mi habitación poco después de las ocho, levantó la persiana hasta la mitad y dejó sobre la mesa el vaso de agua con los tres comprimidos.

No preguntó si había dormido, como hacía otros días, ni observó las sábanas revueltas, la lámpara encendida o la silla que yo había colocado junto a la pared contigua.

Se limitó a comprobar la hora en el reloj, esperando con esa paciencia entrenada que había empezado a irritarme más que cualquier forma abierta de vigilancia.

Yo permanecí sentado en la cama, todavía vestido con el pantalón de la noche anterior, y comprendí que su silencio no era una omisión.

Sabía que había pasado varias horas escuchando.

Tal vez incluso había permanecido al otro lado de la puerta después de acompañarme hasta la habitación, aguardando a que volviera a levantarme o a que repitiese los dos golpes contra la pared.

—Quiero ver el almacén —dije.

Mauro acercó el vaso.

—Tome esto primero.

—No voy a olvidar la pregunta después.

—No he dicho que vaya a olvidarla.

—Entonces responde ahora.

Observó la silla junto a la pared. Había apoyado el respaldo contra el yeso para sentir cualquier vibración, aunque durante el resto de la noche no se había producido ninguna.

A medida que las horas avanzaban, la certeza inicial había empezado a mezclarse con el cansancio.

Ya no sabía si los golpes habían sido tan nítidos como recordaba o si mi memoria los había limpiado después, eliminando los crujidos previos y el rumor de las tuberías hasta convertirlos en una señal perfecta.

—No hay nada que ver —respondió Mauro.

—Anoche dijiste que era un almacén.

—Lo es.

—¿Qué guarda?

—Material de la planta.

—¿Qué clase de material?

—Sábanas, mantas, productos de limpieza.

—Todo lo que he visto se almacena en el cuarto del fondo.

—Hay más de uno.

—Abre la puerta y terminamos la conversación.

Mauro dejó el estuche blanco junto al vaso. No parecía enfadado, pero había endurecido la mandíbula de la misma manera que la tarde anterior, cuando lo obligué a definirse frente al grupo.

—No puedo abrir todas las puertas cada vez que escucha algo.

—No te he pedido que abras todas. Solo esa.

—Está cerrada porque usted no debe entrar.

—Eso no significa que no pueda mirar.

—Para usted suele significar exactamente eso.

La respuesta fue más rápida de lo habitual. Mauro debía de haber dormido menos que yo o empezaba a cansarse de medir cada palabra. Señaló los comprimidos.

—La sesión es a las diez. Antes tiene una entrevista.

—Una reunión.

—Como prefiera.

—No, Mauro. Como sea.

Él sostuvo mi mirada durante unos segundos. Después recogió el estuche, lo abrió y comprobó los huecos del blíster, aunque las tres pastillas seguían sobre la mesa. Era un gesto innecesario, realizado únicamente para recordarme que no se marcharía hasta que las tomara.

—¿Oíste los golpes? —pregunté.

—Ya le respondí.

—Dijiste que no.

—Entonces lo recuerda.

—También recuerdo que estabas junto a la puerta con las llaves y que te negaste a abrirla.

—Porque no había nadie dentro.

—Esa afirmación solo se demuestra abriendo.

—No todo necesita demostrarse cada vez.

—Lo dice un hombre que me mira la boca después de darme una pastilla.

Mauro apartó la vista, no por vergüenza, sino porque sabía que cualquier respuesta confirmaría la comparación. Tomé los comprimidos y bebí el agua. Él esperó. Cuando terminé, abrí la boca con una exageración infantil.

—¿Satisfecho?

—No es una cuestión personal.

—Las cuestiones personales son las únicas que alguien se esfuerza tanto por negar.

Mauro guardó el vaso y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, miró de nuevo la silla colocada contra la pared.

—Nadie ha golpeado desde esa habitación.

—Eso no significa que yo no los oyera.

—Lo sé.

La frase contenía una condescendencia cuidadosa, pero también una diferencia que él quería que advirtiera: no discutía mi experiencia, solo su causa.

Era el mismo procedimiento de la mujer del despacho.

Nunca afirmaban que yo mentía; decían que mi versión no coincidía con los hechos, como si existiera un territorio neutral al que únicamente ellos tuvieran acceso.

Me vestí y bajé a la sala común. El desayuno consistía en café, pan tostado y unas porciones de mantequilla distribuidas en pequeños envoltorios que nadie conseguía abrir sin mancharse los dedos.

Había siete personas repartidas entre las mesas.

Algunas formaban parte de la unidad de hospitalización breve; otras podían ser trabajadores sin uniforme o residentes de talleres distintos.

Desde que Nora me había revelado las palabras ocultas bajo la tira de papel, la ambigüedad del edificio había empezado a reorganizarse.

La mujer que caminaba alrededor de la columna ya no parecía una actriz ensayando una secuencia física.

El hombre que permanecía durante horas frente a la ventana quizá no estudiaba una postura, sino que intentaba atravesar la mañana sin romperse.

Aun así, observar la realidad de otro modo no significaba que la primera interpretación hubiese sido completamente falsa.

Aquellas personas seguían actuando. Todos lo hacíamos, sobre todo quienes aseguraban no encontrarse sobre un escenario.

Nora estaba sentada junto a la ventana, frente a una taza que no había tocado.

Llevaba un jersey gris y el cabello recogido en una trenza deshecha.

No me miró cuando entré, aunque la rigidez de sus hombros reveló que había advertido mi presencia.

En la silla de enfrente estaba Teresa, hablando en voz baja.

Al verme, dejó de hacerlo y cerró la libreta que mantenía sobre las piernas.

Cogí una taza y me serví café. Mauro se había quedado junto a la puerta, conversando con una de las mujeres de blanco, de modo que me acerqué a la mesa sin que pudiera acusarme de buscar un encuentro privado.

—¿Habéis empezado a ensayar sin mí? —pregunté.

Teresa sonrió por reflejo. Nora levantó la vista.

—No estábamos ensayando.

—Eso depende de lo que estuvierais haciendo.

—Desayunar —respondió Nora.

—La mayoría de las personas ensaya durante el desayuno la versión de sí misma que utilizará el resto del día.

—¿Y usted cuál ha elegido?

La pregunta no tenía hostilidad, aunque tampoco curiosidad. Nora parecía observarme con una distancia nueva, como si la conversación del corredor hubiese confirmado algo que todavía no deseaba nombrar.

—La de alguien que no ha dormido.

—Esa no necesita ensayo.

Teresa miró de uno a otro y abrió la libreta, pero no escribió. Su interés empezaba a resultar indiscreto.

—¿Qué hablábamos antes de que llegara? —pregunté.

—De nada —dijo Nora.

—La palabra favorita de quienes temen que una conversación adquiera testigos.

—Hablábamos de la sesión de ayer —admitió Teresa—. De lo que ocurrió con Julia.

Nora la miró. Teresa comprendió que había dicho más de lo acordado y bajó los ojos hacia la página.

—Julia no hizo nada —dije.

—Precisamente —respondió Nora—. Usted la hizo sentir como si no participar también necesitara una explicación.

—Toda decisión tiene una.

—No siempre tiene que dársela a usted.

—No he dicho que me la dé. Solo que existe.

Nora sostuvo la taza entre las manos, aunque el café debía de estar ya frío.

La pequeña cicatriz junto al pulgar parecía más visible bajo la luz de la ventana.

Recordé la mano de Nadia apoyada en el borde de una mesa, muchos años atrás, después de que interrumpiera una escena porque yo había descrito su rabia antes de que ella pudiera sentirla.

Sus dedos eran distintos. Más delgados, quizá; las uñas siempre cortas, con restos de pintura o tinta.

No había nada en la mano de Nora que justificara la asociación, salvo la manera de cerrarse alrededor de un objeto cuando deseaba impedir que alguien viera cómo temblaba.

—¿Has venido voluntariamente? —pregunté.

Teresa dejó de fingir que leía.

—Ya se lo preguntó ayer —dijo Nora.

—No respondiste.

—Eso también era una respuesta.

—Era una forma de conservar varias.

—No todo el mundo necesita una versión definitiva.

—Solo quienes pretenden no ser responsables de ninguna.

La frase la molestó. Nora dejó la taza y apoyó las manos sobre la mesa.

—Estoy aquí porque tuve una crisis —dijo—. No porque quiera actuar, ni porque haya venido a que usted me diga quién soy. Estuve ingresada, salí, volví a empeorar y me propusieron participar en el programa. Eso es todo lo que necesita saber.

Teresa cerró la libreta con una rapidez culpable. No parecía conocer todos los detalles, aunque la confesión no la había sorprendido por completo. Miré hacia Mauro. Continuaba junto a la puerta, pero ya no hablaba con la mujer de blanco. Nos observaba.

—¿Qué clase de crisis? —pregunté.

—La clase que no le pertenece.

—No he dicho que me pertenezca.

—Todavía.

Había utilizado la palabra de la mujer del despacho. Quizá de forma consciente, quizá porque todas las personas de Santa Elvira acababan compartiendo un mismo vocabulario después de suficiente tiempo.

—¿Y por qué aceptaste el programa?

Nora miró hacia la ventana. En el patio, dos hombres caminaban junto a un árbol, acompañados por una trabajadora que llevaba una carpeta azul.

—Porque me dijeron que podía ayudarme a contar lo que ocurrió sin sentir que estaba sucediendo otra vez.

—Eso es actuar.

—No.

—Es separar una experiencia de su presente, darle una forma, repetirla sin que te destruya y permitir que otros la observen. Puedes elegir otra palabra, pero el mecanismo es el mismo.

—La diferencia es que yo no quiero convertirme en otra persona.

—Los buenos actores tampoco.

—¿Y en qué se convierten?

—En alguien capaz de dejar de protegerse durante unos minutos.

Nora sonrió por primera vez. No fue una expresión cálida, sino el reconocimiento de una trampa demasiado visible.

—Siempre vuelve a eso.

—Porque siempre volvéis a protegeros.

—Quizá sea porque a veces hace falta.