Capítulo 3 #5
Me acosté sin apagar la lámpara de la mesa.
El sueño llegó tarde. Cada vez que cerraba los ojos veía la firma al final del documento y las palabras que Nora había pronunciado en el corredor: para mí no.
Intenté recordar otras sesiones con ella.
Aparecieron imágenes sueltas, ninguna lo bastante firme para convertirse en memoria: una mujer sentada frente al escenario, Mauro colocando una botella sobre la mesa, una voz que me pedía repetir una frase, el cabello de Nora recogido y después suelto.
Podían ser escenas del día anterior mezcladas por el cansancio.
La mente no archiva el tiempo con la precisión que los médicos le atribuyen; reorganiza, superpone, ensaya.
Debía de haber pasado la medianoche cuando escuché los golpes.
Fueron dos, separados por una pausa mínima. No procedían de la puerta de mi habitación, sino de la pared contigua, detrás del armario. El sonido no se parecía al de una tubería. Había una intención en el intervalo, una regularidad demasiado humana para pertenecer al edificio.
Me incorporé y esperé. El corredor permanecía en silencio. A través de la franja inferior de la puerta entraba una luz tenue.
Los golpes no se repitieron. Me levanté, abrí la puerta y salí descalzo.
La habitación contigua estaba al final de un tramo corto del pasillo.
Durante el día había visto la puerta cerrada y había supuesto que alguien dormía allí, aunque no recordaba haber encontrado nunca a su ocupante.
Me acerqué y apoyé la mano sobre la madera.
—¿Nora?
No hubo respuesta.
Probé el picaporte. La puerta estaba cerrada desde fuera. Antes de que pudiera llamar, una luz se encendió al fondo del corredor y Mauro apareció vestido con un pantalón oscuro y una camiseta gris. No llevaba las llaves en la cintura, pero sostenía el manojo en una mano.
—¿Qué hace aquí? —preguntó.
—Alguien ha golpeado.
Mauro se acercó sin prisa. Miró la puerta contigua y después mi mano sobre el picaporte.
—Esa habitación está vacía.
—Entonces alguien ha entrado.
—No.
—He oído dos golpes.
Él permaneció en silencio. La neutralidad de su rostro era casi perfecta, aunque sus dedos se cerraron alrededor de las llaves.
—Vuelva a su habitación —dijo.
—Abre esta puerta.
—No hay nadie dentro.
—Eso se comprueba abriendo.
Mauro negó con la cabeza.
—Es un almacén.
—Has dicho que era una habitación vacía.
—Porque no la utiliza nadie.
—Entonces no hay razón para no abrir.
La discusión despertaría a otras personas si continuábamos. Varias puertas permanecían cerradas a lo largo del corredor, y detrás de una de ellas creí escuchar un movimiento. Mauro dio un paso hacia mí.
—Ha tenido un día difícil. La medicación puede alterar el sueño durante los primeros ajustes.
—No estaba dormido.
—No he dicho que lo estuviera.
—Has insinuado que imaginé el sonido.
—He dicho que no había nadie en esa habitación.
—No es lo mismo.
—Vuelva a la cama, Víctor.
La manera en que pronunció mi nombre no pertenecía a un regidor.
Era la voz de alguien acostumbrado a conducir a otra persona lejos de un lugar sin tocarla, reduciendo las opciones hasta que obedecer parecía una decisión propia.
Miré la puerta una vez más. La madera era lisa, sin marcas, y el picaporte no tenía cerradura en el interior del corredor.
Mauro podía abrirla con una de las llaves que sostenía, pero no pensaba hacerlo.
—¿Tú los has oído? —pregunté.
—No.
Respondió demasiado rápido.
—Estabas despierto.
—Estoy de guardia.
—¿De guardia dónde?
—En la planta.
—Entonces los habrías oído.
—No he oído nada.
Nos quedamos frente a frente, separados por menos de un metro.
Detrás de la puerta no se escuchaba movimiento alguno, pero mi cuerpo conservaba la certeza del sonido.
Dos golpes. No uno producido por la madera al contraerse ni una secuencia irregular de tuberías, sino dos impactos deliberados, medidos, como una señal establecida entre personas que conocían su significado.
Mauro levantó el manojo de llaves y señaló mi habitación con un gesto cansado.
—Mañana hablaremos.
—Siempre mañana.
—Ahora no está en condiciones.
—¿De qué?
Él no contestó. Esperó hasta que volví sobre mis pasos y entré en la habitación. Antes de cerrar la puerta, miré hacia el extremo del corredor. Mauro seguía junto a la estancia vacía, con las llaves en la mano. Durante unos segundos pensé que abriría cuando creyera que yo ya no podía verlo.
No lo hizo.
La luz del corredor se apagó poco después.
Me quedé sentado en la cama, escuchando la pared, mientras el edificio recuperaba sus respiraciones, sus crujidos y el murmullo lejano de las tuberías.
Ninguno de aquellos sonidos volvió a parecerse a los dos golpes.
Tampoco conseguí recordar por qué, al oírlos, había pensado primero en Nora y después en Nadia, como si ambas compartieran un lugar que todavía no existía fuera de mi cabeza.
A la una y diecisiete, apoyé los nudillos contra la pared.
Golpeé dos veces.
No hubo respuesta.