La última función Capítulo 3 #4
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Capítulo 3 #4

—Un director ofrece una lectura provisional —expliqué—. El actor puede rechazarla, pero primero debe comprobar si es cierta.

—No soy actriz.

—Ayer ya establecimos que esa defensa no funciona.

Nora apoyó la espalda en la silla. No respondió, aunque la tensión de su boca indicó que había decidido no ofrecerme la discusión delante de los demás. La productora observaba desde la entrada. Llevaba una libreta pequeña, no la carpeta de los días anteriores.

El ejercicio comenzó con Esteban. Le pedí que caminara entre las dos filas mientras los demás lo observaban sin sonreír, bajar la mirada ni modificar su postura para tranquilizarlo.

Él avanzó despacio, y al principio la escena pareció no afectarlo.

Había pasado tantos años aprendiendo a ocultar su malestar que la exposición frontal le resultaba menos difícil que una conversación íntima.

Sin embargo, al llegar junto a Julia, la respiración cambió.

La muchacha lo miraba con una mezcla de atención y compasión, y esa compasión hizo que Esteban acelerara.

Cuando terminó, le pregunté qué había ocurrido.

—Nada.

—Has cambiado el paso.

—Quería acabar.

—¿Por qué?

—Porque me miraba como si supiera algo.

Julia se disculpó. Mauro intervino antes de que yo pudiera señalar el error.

—No tienes que disculparte. Solo estabas siguiendo la indicación.

—Eso no elimina el efecto —dije.

—Tampoco la convierte en responsable.

El intercambio alteró a Julia. Bajó los ojos y empezó a frotarse las manos. La productora anotó algo. Le pedí que respirara con normalidad, pero Mauro se acercó a ella y preguntó si deseaba salir. Julia negó con la cabeza.

—Puedo seguir.

—No tienes que demostrar nada —dijo él.

—Quizá quiera demostrarlo —intervine.

Mauro me miró.

—No.

La palabra llegó con una firmeza que obligó a todos a permanecer quietos.

Habíamos alcanzado el punto exacto que la reunión de la mañana pretendía evitar: dos autoridades dando significados opuestos a la misma reacción.

Si cedía, Mauro dirigiría el resto de la sesión. Si insistía, podían suspenderla.

—Cinco minutos de pausa —dije.

—Acabamos de empezar —protestó Samuel.

—Precisamente por eso.

La pausa no era necesaria, pero me permitía retirar la tensión sin conceder que Mauro hubiese tomado la decisión. Los participantes se levantaron. Teresa se acercó a Julia; Darío fue hacia la ventana; Samuel permaneció sentado, observándonos con una satisfacción hostil. Nora salió al corredor.

Esperé unos segundos antes de seguirla. No pretendía trabajar con ella a solas, como la productora había prohibido, sino averiguar por qué seguía allí. La encontré junto a la placa de Santa Elvira, leyendo las palabras parcialmente cubiertas por la tira de papel.

—¿Qué pone debajo? —pregunté.

Nora no se sobresaltó. Levantó una esquina del papel con la uña, aunque no llegó a retirarlo.

—Ya lo sabe.

—Si lo supiera, no preguntaría.

—Usted pregunta cosas cuya respuesta ya ha decidido.

—Eso no significa que no me interese escuchar otra.

Nora soltó la tira. El papel volvió a adherirse sobre las letras.

—Unidad de hospitalización breve —dijo.

La frase era tan directa que tardé en encontrar la ironía. Miré la placa. Podía encajar con las palabras visibles, aunque el edificio no tenía el aspecto de un hospital convencional y nadie me había hablado de ingresos, salvo la mujer unos minutos antes.

—No parece una hospitalización breve —respondí.

—A algunos se les hace larga.

—¿Estás ingresada?

Nora miró hacia la sala. La puerta permanecía abierta y, desde allí, se veía a Mauro hablando con Julia.

—No debería preguntarme eso.

—¿Por qué?

—Porque no le importa la respuesta. Solo quiere saber qué puede utilizar.

—Todo conocimiento puede utilizarse.

—Eso no lo vuelve suyo.

La conversación se parecía demasiado a la del día anterior. Nora levantaba un límite y yo buscaba la lógica que lo sostenía, no para destruirlo, sino para descubrir si pertenecía realmente a ella o a quienes la habían convencido de que debía protegerse.

—La frase de Nadia —dije—. ¿Dónde la escuchaste?

Nora bajó la vista.

—No lo sé.

—Ayer dijiste que todos aquí saben quién fue.

—Saben que murió.

—Eso no explica la frase.

—Quizá la dijo usted.

—No.

—La repite más de lo que cree.

La misma respuesta que había dado la productora. Podían haberse puesto de acuerdo, aunque Nora no parecía alguien dispuesto a aceptar un guion ajeno con facilidad.

—¿Cuándo?

—En otras sesiones.

—Esta fue la primera.

Nora me miró con una expresión que no era compasión, aunque se acercaba demasiado.

—Para mí no.

El corredor pareció inclinarse ligeramente. No fue un mareo completo, sino una alteración breve producida quizá por la medicación. Apoyé una mano en la pared. Nora dio un paso hacia mí, pero se detuvo antes de tocarme.

—¿Está bien?

—Perfectamente.

—No lo parece.

—¿Cuántas sesiones hemos compartido?

Ella miró hacia la puerta. Mauro ya se acercaba.

—No debería ser yo quien se lo diga.

—Te lo estoy preguntando a ti.

—Víctor.

Mauro pronunció mi nombre desde el extremo del corredor. Caminaba con rapidez, aunque no corría. Nora se apartó.

—La pausa ha terminado —dijo él.

—Estamos hablando.

—Lo sé.

—Entonces espera.

—No puede mantener conversaciones individuales sin supervisión.

—Estamos a la vista de todos.

—Y yo estoy aquí.

Se colocó entre Nora y yo con una naturalidad que pretendía no parecer defensiva. Ella regresó a la sala sin despedirse. Antes de cruzar la puerta, miró una vez más la placa cubierta.

—¿Cuántas sesiones? —pregunté a Mauro.

—No ahora.

—Ella ha dicho que ya hemos trabajado juntos.

—Puede estar confundida.

—No parecía confundida.

—Las apariencias son precisamente lo que estamos intentando dejar de tratar como pruebas.

Otra frase preparada. La mujer y él compartían un lenguaje que utilizaban para cerrar cualquier pregunta antes de que alcanzara una respuesta.

La sesión continuó, pero el trabajo había perdido claridad.

Samuel cruzó el pasillo provocando deliberadamente a quienes lo miraban.

Teresa convirtió cada paso en una actuación de vulnerabilidad; Darío se detuvo a mitad del recorrido y preguntó si podía abandonar.

Se lo permití antes de que Mauro interviniera.

Julia decidió no participar. Nora permaneció sentada hasta el final.

Cuando los demás se marcharon, la productora me pidió que regresara al despacho. Me negué. No había nada que discutir después de una sesión saboteada por interrupciones y advertencias. Ella no insistió, aunque me recordó que debía tomar la medicación de la tarde.

—No necesito otro comprimido.

—Está pautado.

—Modifiquen la pauta.

—Lo hablaremos mañana.

—Hablan demasiado de mi voluntad para aplazarla cada vez que aparece.

La mujer guardó la libreta.

—Su voluntad cambia según el lugar desde el que está contando la historia.

—La de todo el mundo.

—La diferencia es que usted actúa como si solo la suya tuviera consecuencias.

La frase permaneció conmigo durante el resto del día.

No porque fuese cierta, sino porque estaba construida para parecerlo.

La repetí mientras cenaba en la habitación, mientras observaba el patio desde la ventana y cuando las luces del corredor se apagaron a las once.

Mi habitación estaba en la segunda planta, en una zona que yo había interpretado como residencia para artistas.

Había una cama estrecha, un armario, una mesa fijada a la pared y una puerta sin cerradura interior.

El baño carecía de espejo de cristal; en su lugar habían colocado una superficie pulida que deformaba ligeramente el rostro.

Al principio supuse que se trataba de una medida contra el vandalismo.

Después de leer la placa del corredor, otras explicaciones empezaron a reclamar espacio.

No estaba encerrado. La puerta se abría desde dentro y podía caminar por el pasillo hasta una sala común, aunque el acceso a las escaleras se bloqueaba durante la noche.

Mauro había dicho que se trataba de una medida de seguridad porque el edificio mantenía zonas en obras.

La explicación seguía siendo posible. Santa Elvira podía albergar una unidad médica dentro del mismo complejo cultural; los participantes del programa podían ser pacientes, y mi estancia, una residencia supervisada diseñada para evitar la presión de la prensa.

Nada de aquello contradecía por completo la existencia de una producción.

Solo demostraba que me habían ocultado parte del contexto para obligarme a trabajar dentro de condiciones que jamás habría aceptado si se hubiesen presentado con honestidad.