La última función Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Tomé el bolígrafo. Antes de firmar, leí de nuevo el apartado referido a la interrupción de los ejercicios.

La redacción establecía que cualquier participante podía detener la actividad mediante una solicitud verbal o una señal previamente acordada.

No especificaba cuál. Debajo, otra cláusula exigía una respuesta inmediata del responsable de la sesión.

—¿Qué señal? —pregunté.

La mujer siguió la dirección de mi mirada.

—La que se acuerde antes de cada ejercicio.

—No hemos acordado ninguna.

—Porque no debería necesitarse en las actividades previstas.

—Entonces la cláusula es innecesaria.

—No lo es.

—¿Cuál utilizaron la última vez?

Mauro se movió junto a la puerta. La mujer tardó apenas un segundo en responder, aunque fue suficiente para que la pausa adquiriera sentido.

—No vamos a hablar de eso ahora.

—Ha dicho que querían evitar confusiones.

—Y las evitaremos respetando el documento.

—Una señal solo sirve si todos conocen su significado.

—Víctor.

—¿Era verbal?

La mujer apoyó la palma sobre la hoja, cubriendo el apartado.

—Firme.

Había algo debajo de aquella insistencia, una información que ambos compartían y que no estaban dispuestos a entregarme.

Podía tratarse de una precaución relacionada con el grupo, quizá una palabra que alguno de los participantes utilizaba durante las crisis.

Sin embargo, la reacción de Mauro había sido demasiado inmediata.

Recordé las dos puertas, las prohibiciones respiratorias, el agua enumerada en todas sus formas posibles y la cláusula sobre señales previamente acordadas.

El documento no había sido redactado para proteger a un grupo abstracto.

Se había redactado alrededor de un acontecimiento concreto.

Firmé. No porque aceptara la interpretación de la mujer, sino porque necesitaba entrar en la sala y descubrir por qué habían construido aquel sistema de restricciones antes de permitirme hacerlo.

—Bien —dijo ella, retirando las hojas.

—No utilice esa palabra como si acabara de superar una prueba.

—No era una prueba.

—Todo lo es cuando alguien observa la respuesta.

La mujer guardó el documento y sacó del cajón un pequeño vaso de plástico. Mauro abrió el estuche blanco. Esta vez había tres comprimidos, no dos.

—Ayer eran distintos —dije.

—Se ha ajustado la dosis.

—¿Quién lo ha decidido?

—Yo.

—Una productora versátil.

—No soy su productora.

—Todavía no ha elegido una palabra mejor.

Ella colocó las pastillas sobre la mesa y acercó el agua. Uno de los comprimidos era blanco, otro de un azul pálido y el tercero tan pequeño que podía haberlo confundido con una miga. Los observé sin tocarlos.

—No pienso dirigir sedado.

—No va a estar sedado.

—Ayer apenas pude dormir sin despertarme.

—Eso no fue por la medicación.

—¿Cómo puede saberlo?

—Porque lleva semanas despertándose de esa manera.

La mujer hablaba como si hubiese observado mis noches. Tal vez Mauro anotaba cada salida de la habitación, cada petición de agua, cada vez que yo recorría el corredor cuando el edificio empezaba a respirar. La idea no me resultó humillante, sino incómodamente íntima.

—¿Qué ocurre si no las tomo?

—No habrá sesión.

—Eso se parece bastante a una coacción.

—También puede decidir no participar en el programa.

—¿Y marcharme?

La pregunta produjo un silencio breve. Mauro bajó la vista. La mujer no apartó los ojos de mí.

—Podemos hablar de eso en la evaluación semanal.

—No le he preguntado cuándo podemos hablar. Le he preguntado si puedo marcharme.

—No hoy.

La respuesta fue tan directa que durante un instante ninguna interpretación teatral consiguió cubrirla.

Miré la puerta de cristal, después la ventana esmerilada y, por último, las hojas que acababa de firmar.

Sentí una presión leve en el pecho, no miedo, sino la reacción del cuerpo cuando descubre que una posibilidad que consideraba evidente no existe.

—¿Por qué?

—Porque su ingreso sigue siendo voluntario dentro de unas condiciones que aceptó.

—Eso no responde.

—Aceptó permanecer hasta que el equipo evaluara que podía continuar el proceso fuera.

—No recuerdo haber aceptado eso.

—Está firmado.

La firma. Siempre la firma, como si una línea trazada durante una noche confusa pudiera sustituir la voluntad de quien la había escrito.

Podía discutir, exigir un abogado o convertir aquella reunión en una escena imposible de ignorar, pero hacerlo habría permitido que suspendieran el acceso a la sala.

Tomé los comprimidos uno por uno y los tragué con agua.

Mauro esperó a que dejara el vaso sobre la mesa antes de cerrar el estuche.

—Ahora podemos preparar la sesión —dijo.

Lo miré.

—No vuelvas a comprobar si he tragado.

—Es mi trabajo.

—Tu trabajo cambia cada vez que pregunto.

—Quizá sea porque pregunta cosas distintas.

Salimos del despacho sin hablar. A las nueve y media, la sala seguía cerrada, pero Mauro abrió la puerta principal y me permitió entrar antes que él.

No era una concesión real; permanecía a dos pasos y llevaba las llaves sujetas a la cintura.

Aun así, crucé el umbral como si la decisión hubiese sido mía.

Las sillas estaban apiladas de nuevo contra la pared.

La luz de la mañana entraba por una abertura alta, invisible desde el suelo, y dibujaba una franja pálida sobre el escenario.

Me acerqué a la cabina. La puerta no tenía cerradura exterior, pero Mauro explicó que solo podía utilizarla el personal autorizado.

—Necesito saber cómo se controla la iluminación.

—No habrá cambios de luz hoy.

—Entonces no necesito saberlo hoy, pero sí antes de que empiecen.

—No va a controlar las luces.

—¿Quién lo hará?

—Yo, si es necesario.

—Un regidor que impide cerrar puertas, distribuye medicación y controla los focos. Empiezo a sospechar que han reducido demasiado el presupuesto.

Mauro no respondió. Colocó una mesa cerca de la entrada y dejó encima la carpeta, una botella de agua y un aparato pequeño con pantalla digital. El día anterior había utilizado algo parecido con Julia durante la pausa, aunque no había prestado atención. Parecía un medidor médico.

—Eso no es utilería —dije.

—No.

—¿Qué mide?

—El pulso y la saturación de oxígeno.

—No vamos a hacer ningún ejercicio respiratorio.

—Precisamente.

La respuesta carecía de lógica, salvo que el aparato no estuviera allí por lo que yo pensaba hacer, sino por aquello que temían que hiciera.

Continué preparando la sala. Coloqué las sillas en dos filas enfrentadas, dejando un pasillo estrecho entre ellas.

Mauro observó la disposición y preguntó qué ejercicio había previsto.

—Caminar entre dos miradas.

—No pueden tocarse.

—No lo necesitan.

—La duración máxima será de tres minutos por persona.

—Eso dependerá de cómo respondan.

—Tres minutos.

—¿Interrumpirás aunque alguien esté a punto de llegar a un lugar importante?

—Sí.

—Entonces no llegarán.

—Quizá ese lugar no sea tan importante como usted cree.

Nos miramos desde extremos opuestos del pasillo formado por las sillas.

El conflicto entre ambos ya no era una diferencia de procedimiento, sino una disputa por la autoridad.

Mauro necesitaba demostrar que podía detenerme; yo necesitaba impedir que los participantes empezaran a esperar su permiso antes de responder a una indicación.

—¿Qué harás si continúo? —pregunté.

—Terminaré la sesión.

—¿Y si ellos quieren seguir?

—La terminaré igualmente.

—Entonces deja de fingir que las normas protegen su voluntad.

—Protegen algo más importante que su voluntad momentánea.

—¿Qué?

Mauro apoyó las manos sobre la mesa. Por primera vez desde que lo conocía, pareció cansado antes de empezar el día.

—Que salgan de aquí sin que usted les haga creer que dañarse demuestra algo.

La acusación no tenía relación con el ejercicio que había preparado, pero sí con la idea que ambos habían construido sobre mí.

Después de Nadia, cualquier exigencia se interpretaba como una repetición y cualquier resistencia como una señal de que yo estaba a punto de cruzar un límite.

No comprendían que el peligro no residía en la intensidad, sino en la ausencia de sentido.

Un ejercicio duro puede ser preciso; uno amable puede resultar profundamente cruel si obliga a alguien a exhibirse sin ofrecerle una forma de transformar aquello que muestra.

—No quiero que se dañen —dije.

—Usted quiere ver hasta dónde llegan.

—No es lo mismo.

—Para ellos puede serlo.

Antes de que pudiera responder, se escucharon voces en el corredor.

Julia entró acompañada por Teresa. Ambas saludaron a Mauro y después me miraron con una cautela que no había estado presente el día anterior.

La productora debía de haber hablado con el grupo.

Samuel apareció unos minutos más tarde y, al ver las sillas enfrentadas, preguntó si aquello era un interrogatorio.

Darío llegó con Esteban. Nora fue la última.

Llevaba la misma camiseta negra, aunque el cabello estaba suelto y aún húmedo. Se detuvo en la puerta cuando me vio, como si hubiese considerado la posibilidad de no entrar. Mauro le dijo que podía sentarse donde quisiera hasta que comenzara la sesión. Ella eligió una silla cerca de la salida.

—Hoy no trabajaremos sobre personajes —anuncié cuando todos estuvieron dentro—. Vamos a observar qué ocurre cuando alguien atraviesa un espacio sin poder controlar la mirada de los demás.

—¿Eso estaba acordado? —preguntó Samuel.

—Ahora lo está.

—Con nosotros no.

La precisión me hizo pensar que alguien les había hablado de consentimiento durante la noche. La palabra podía volverse un refugio tan eficaz como cualquier otra, sobre todo cuando se utilizaba para exigir una explicación completa antes de experimentar algo.

—Podéis decidir si participáis —dije—. Pero no podréis decidir qué significa el resultado.

—¿Y usted sí? —preguntó Nora.

—Al principio.

—Otra vez.

No había olvidado nuestra conversación. Su forma de pronunciarlo reveló que había pensado en ella después de marcharse.