La última función Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Nadie alcanza una emoción verdadera si conserva la certeza de que puede escapar.

—No estamos buscando emociones verdaderas.

—Entonces están perdiendo el tiempo.

—Estamos buscando recuerdos verificables.

La elección de la palabra modificó la temperatura de la conversación. Mauro levantó los ojos. La mujer pareció advertir que se había adelantado, aunque no intentó corregirse.

—Los recuerdos no se verifican —dije—. Se reconstruyen.

—Se contrastan.

—Con versiones ajenas.

—Con hechos.

—Los hechos son recuerdos que han conseguido reunir suficientes testigos.

—La muerte de Nadia no depende de una interpretación.

Su nombre entró en el despacho sin preparación.

No me sorprendió que lo utilizara, pero sí la facilidad con que ambos parecían aceptar que podía pronunciarse en cualquier momento, como si Nadia fuera un apartado dentro de una carpeta y no una persona cuya ausencia todavía modificaba cada habitación donde yo entraba.

—Todo depende de una interpretación —respondí—. Incluso una muerte.

—La causa puede establecerse.

—La causa médica, quizá.

—También la secuencia.

Mauro se movió detrás de la silla. La madera crujió bajo sus manos. No parecía cómodo con la dirección que había tomado la conversación, aunque no sabía si temía que yo perdiera el control o que la mujer revelara algo antes de tiempo.

—Estamos hablando de las normas —dijo él.

—Precisamente —contestó ella sin mirarlo.

Pasó a la segunda página. Había varios apartados destacados con una línea amarilla.

—No se permitirá ningún ejercicio relacionado con el agua.

La prohibición estaba redactada con una amplitud casi ridícula.

Incluía recipientes, inmersión parcial, simulaciones, estímulos sonoros y referencias prolongadas a sensaciones de asfixia.

Alguien había dedicado tiempo a imaginar todas las formas en que podía introducirse agua en una sala y las había eliminado una por una, como si el líquido tuviese voluntad propia.

—No he pedido utilizarla.

—Todavía.

Repitió la palabra que había empleado el día anterior. Aquella previsibilidad empezaba a decepcionarme.

—Una obra no puede construirse mediante una lista de objetos prohibidos.

—No es una obra.

—Si continúa repitiéndolo, terminará pareciendo que intenta convencerse.

La mujer pasó por alto la observación.

—Tampoco realizará ejercicios respiratorios, de inmovilidad prolongada ni de privación sensorial. No apagará las luces sin autorización, no utilizará vendas y no indicará a nadie que contenga la respiración.

—Eso elimina una parte importante del trabajo corporal.

—Lo sé.

—¿Quién ha redactado esto?

—El equipo.

—¿Qué equipo?

—El que lleva su caso.

La palabra volvió a modificar el sentido de las anteriores. Caso podía referirse al proyecto, al conflicto legal, a la gestión de mi regreso. Sin embargo, no era la forma habitual de hablar de un montaje, y ella lo sabía.

—No soy un caso —dije.

—Todos lo somos cuando alguien intenta comprender qué ha ocurrido.

—Esa es una definición demasiado amplia para ser útil.

—No pretendía definirlo.

Tomé las hojas y recorrí los apartados con mayor atención.

La terminología resultaba inconsistente.

Algunas secciones hablaban de sesiones, otras de actividades grupales y varias utilizaban expresiones que pertenecían con claridad a un entorno terapéutico.

«Consentimiento informado», «regulación emocional», «respuesta disociativa», «interrupción del ejercicio ante verbalización de malestar».

En la última página aparecía una autorización para registrar las sesiones con fines clínicos.

La palabra estaba allí, sin disimulo, aunque colocada entre párrafos lo bastante extensos como para que cualquier lector razonable pudiera considerarla una fórmula estándar.

—Esto no es un contrato —dije.

—Ya se lo expliqué ayer.

—Tampoco es un acuerdo de producción.

—No.

—¿Qué es entonces?

—Un consentimiento terapéutico.

La mujer pronunció la respuesta sin bajar la voz. Mauro se quedó inmóvil detrás de la silla. Durante unos segundos, el despacho pareció reducirse alrededor de la mesa, como si las paredes se hubieran acercado mientras yo leía.

—No necesito terapia.

—Eso no es lo que ha dicho durante los últimos meses.

—He aceptado entrevistas.

—Ha aceptado tratamiento.

—Acepté que me ayudaran a dormir y a recuperar ciertas rutinas. No es lo mismo.

—También aceptó trabajar sobre el recuerdo de Nadia.

—Acepté terminar la obra.

—No existe ninguna obra.

La seguridad con que lo dijo habría resultado convincente en otra persona.

En ella, sin embargo, revelaba un esfuerzo por fijar una versión antes de que el proceso pudiera demostrarle lo contrario.

Volví a mirar el documento. La firma del final era mía.

Recordaba haber firmado varias hojas después de una noche especialmente mala, cuando Mauro me había llevado a un despacho parecido y alguien había insistido en que no podría utilizar la sala sin aceptar determinadas condiciones.

No había leído todo. Nadie lee de verdad cuando lleva dos días sin dormir y tres personas observan cómo sostiene un bolígrafo.

—Usted me dijo que podría regresar al trabajo —afirmé.

—Le dije que podría utilizar el trabajo para acercarse a lo que evita.

—Es una formulación teatral.

—Es una formulación que usted podía aceptar.

La respuesta fue más honesta que todas las anteriores. La mujer había comprendido que necesitaba ofrecerme una estructura reconocible para conseguir que participara, y ahora pretendía negar la naturaleza de aquello que había construido.

—Entonces me mintió.

—Adapté el lenguaje.

—Una mentira pronunciada con vocabulario clínico sigue siendo una mentira.

—Usted lleva mucho tiempo adaptando el lenguaje.

Mauro se apartó de la silla y caminó hacia la ventana. La mañana era clara, pero el cristal esmerilado convertía el patio en una mancha blanca. La mujer mantuvo las manos sobre la carpeta.

—Necesito saber si va a respetar estas condiciones —dijo.

—Necesito saber qué ocurrirá si no lo hago.

—Se suspenderán las sesiones.

—¿Y después?

—Lo evaluaremos.

—¿Quiénes?

—El equipo.

—Otra vez esa palabra.

—No puedo darle una respuesta distinta solo porque no le guste.

—Puede darme nombres.

—Los conoce.

—Conozco personas que se presentan mediante funciones incompletas.

La mujer respiró despacio. No había perdido la paciencia, pero empezaba a reconocer que la reunión no terminaría con la aceptación simple que esperaba.

—Mauro estará presente en todas las sesiones. Yo observaré algunas. Habrá personal disponible si alguien necesita salir o si se produce una crisis.

—Una crisis.

—Sí.

—¿Qué clase de crisis espera?

—La que usted tuvo la última vez que intentamos llegar a este punto.

No recordaba ninguna sesión anterior en aquella sala.

Había visitado Santa Elvira, desde luego; las conversaciones, la medicación y las noches en la habitación formaban parte del periodo que me habían recomendado antes de anunciar públicamente mi regreso.

Sin embargo, nunca había trabajado con aquel grupo ni preparado una reconstrucción completa.

La mujer debía referirse a alguno de los episodios en que habíamos hablado de Nadia y yo había decidido terminar la entrevista porque sus preguntas empezaban a repetirse.

—No hubo una crisis —dije—. Me marché.

—Intentó salir por una puerta cerrada.

—La cerraron después de decirme que podía marcharme.

—La puerta daba a una zona restringida.

—Entonces eligieron mal la salida.

—Víctor, arrancó el picaporte.

Mauro volvió la cabeza. No parecía sorprendido, aunque evitaba mirarme directamente.

Recordé el metal frío en la mano, una alarma y varias personas entrando en el corredor.

También recordé que alguien había bloqueado el acceso mientras yo buscaba la sala donde guardaban las grabaciones.

Los detalles no estaban ordenados, pero eso no convertía la versión de la mujer en una verdad completa.

—El picaporte estaba mal fijado.

—Lo golpeó con una silla.

—Porque no funcionaba.

—No vuelva a decirme que recuerda perfectamente todo lo que hace.

La frase fue pronunciada sin crueldad. Eso la volvió más difícil de rechazar.

Durante un momento, advertí en su mirada algo que no era poder ni vigilancia, sino cansancio.

Habíamos mantenido esta conversación antes, quizá con otras palabras, y ella esperaba que yo reconociera una secuencia que seguía pareciéndome ajena.

—Puedo respetar las condiciones —dije—, siempre que no interfieran con el trabajo.

—Las condiciones definen el trabajo.

—Entonces no puedo prometer que no sea necesario modificarlas.

—No son negociables.

—Todo lo es cuando empieza a producir resultados.

—No utilizaremos los resultados para justificar el riesgo.

—Sin riesgo no hay resultado.

—Eso es lo que pensaba con Nadia.

Mauro pronunció su nombre esta vez, y la diferencia fue inmediata.

En la voz de la mujer, Nadia había sido una referencia dentro de un expediente.

En la de él apareció una gravedad personal, como si hubiese escuchado el relato demasiadas veces y ya no pudiera fingir que solo pertenecía a mi historia.

—No sabes lo que pensaba —respondí.

—Sé lo que ha contado.

—Eso no significa que lo hayas comprendido.

—También sé lo que ha dejado de contar cada vez que llegaba al mismo momento.

La mujer levantó una mano para detenerlo, pero Mauro ya había cruzado un límite que ninguno parecía dispuesto a explicar. Él cerró la boca y volvió a su posición junto a la puerta.

—¿Qué momento? —pregunté.

La mujer giró la carpeta y señaló la última página.

—Firme.

—¿Qué momento, Mauro?

—No es la conversación de hoy.

—La has iniciado tú.

—Y no voy a continuarla.

El regidor, enfermero o lo que quisiera que fuese había aprendido a retirarse con la misma disciplina con que intervenía. No insistí. Las personas revelan más cuando creen haber cerrado un asunto que cuando se sienten acorraladas.