La última función Capítulo 3
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Capítulo 3

Las normas

Las normas rara vez se redactan para impedir una conducta.

Se escriben después, cuando esa conducta ya ha ocurrido y alguien necesita demostrar que había previsto sus consecuencias.

Por eso los reglamentos suelen revelar más que las confesiones: cada prohibición contiene el recuerdo de una transgresión, cada cláusula de seguridad conserva la forma de un accidente y cada firma pretende trasladar la culpa hacia la persona que acepta unas condiciones cuya verdadera gravedad solo comprenderá cuando sea demasiado tarde.

Los teatros no son una excepción. Allí donde un documento prohíbe encender una llama, alguien ha quemado un telón; donde se exige arnés, un cuerpo ha caído; donde se obliga a mantener una puerta abierta, conviene averiguar quién la cerró antes y qué ocurrió al otro lado.

Llegué a la sala a las ocho y cuarto, no porque hubiese aceptado el horario impuesto por Mauro, sino porque una diferencia de quince minutos resulta más eficaz que una confrontación directa.

La puntualidad absoluta puede interpretarse como obediencia; el retraso, como desafío.

Presentarse antes permite conservar la iniciativa sin convertirla todavía en un conflicto.

Había dormido poco. Los comprimidos de la tarde anterior me habían dejado una pesadez desagradable detrás de los ojos y, durante la noche, me había despertado varias veces convencido de que alguien caminaba por el corredor.

El edificio se comportaba de manera distinta cuando cesaba la actividad: las tuberías golpeaban detrás de las paredes, las puertas se hinchaban con la humedad y el aire atravesaba los patios interiores produciendo un sonido parecido a una respiración contenida.

No era un lugar silencioso, aunque quienes trabajaban allí parecían empeñados en llamarlo así.

La puerta principal de la sala estaba cerrada.

Probé el picaporte, aun sabiendo que no cedería, y después avancé hasta la entrada lateral, junto a la cabina acristalada.

También estaba bloqueada desde el corredor.

La contradicción me hizo sonreír. Mauro había defendido con una gravedad casi moral que ninguna puerta debía cerrarse mientras hubiera personas dentro, pero no parecía preocuparle impedir el acceso cuando la sala estaba vacía.

Aquella distinción no pertenecía a la seguridad, sino al control.

Lo encontré en el vestíbulo, colocando unas carpetas en un armario metálico. Vestía la misma ropa del día anterior, aunque la camisa había cambiado de color y el manojo de llaves colgaba ahora de un cordón rojo. Al verme, miró el reloj antes de saludar.

—La sesión empieza a las diez.

—Eso me dijiste.

—Todavía no puede entrar.

—No hay nadie dentro.

—Precisamente.

Mauro cerró el armario y guardó la llave en el bolsillo.

La calma con que ejecutaba cada gesto no era natural.

Había personas serenas y personas entrenadas para parecerlo; él pertenecía a la segunda categoría.

Incluso cuando se irritaba, su cuerpo mantenía una economía estudiada, como si hubiese aprendido que cualquier movimiento brusco podía provocar una reacción indeseada.

—Necesito preparar la sala —dije.

—A las nueve y media podremos hacerlo juntos.

—No preparo un ensayo acompañado.

—No va a estar solo en la sala.

La frase admitía varias interpretaciones, pero él no pareció advertirlo. Se dirigió hacia una mesa del vestíbulo y comprobó una hoja sujeta a una tabla. Había nombres, horas y casillas marcadas con cruces. El mío figuraba en la parte superior, junto a una serie de iniciales que no reconocí.

—¿En ningún momento? —pregunté.

Mauro levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Has dicho que no voy a estar solo en la sala. Quiero saber si hablas de esta mañana o de todo el proceso.

—De todo el proceso.

—Eso no estaba acordado.

—Sí lo estaba.

—Estaba acordada tu presencia durante las sesiones, no durante la preparación.

—La sala solo se utiliza durante las sesiones.

—Entonces no es una sala de ensayo.

—Nunca hemos dicho que lo sea.

El cansancio de la noche anterior seguía alojado detrás de mis ojos, y durante un instante sentí el impulso de arrancarle las llaves del cordón.

No lo habría hecho, desde luego. La violencia física es el recurso de quien ha perdido el control del lenguaje, y yo aún podía obligarlo a contradecirse sin tocarlo.

—Ayer me presentaste un grupo, me permitiste dirigir ejercicios y llamaste regidor a tu función.

—Usted me llamó regidor.

—Y no me corregiste.

—No parecía importante en ese momento.

—Las palabras siempre son importantes.

—Entonces procure recordar cuáles eligió cada uno.

La respuesta había sido demasiado precisa para pertenecerle.

Alguien se la había sugerido o él había participado en reuniones donde se analizaba mi manera de hablar.

No me molestaba que discutieran sobre mí.

Todo proyecto serio necesita una figura central capaz de ordenar incluso las conversaciones que ocurren en su ausencia.

Antes de que pudiera contestar, la puerta de cristal del despacho se abrió y apareció la mujer que seguía negándose a ocupar con claridad su puesto dentro de la producción.

Llevaba una carpeta gris y una taza de café.

Al vernos frente al armario, no preguntó qué ocurría, como si hubiese anticipado la escena.

—Víctor, la reunión es a las nueve.

—No me informaron.

—Está en el horario que firmó ayer.

—Firmé unas condiciones generales, no un programa de vigilancia.

Mauro apartó la vista. La mujer sostuvo la puerta abierta y esperó. No había elevado la voz ni mostrado impaciencia, pero la invitación contenía una orden. Entré en el despacho porque negarme en el vestíbulo habría permitido que ambos interpretaran el gesto como una incapacidad para cooperar.

Sobre la mesa habían colocado una jarra, dos vasos y una caja rectangular de pañuelos de papel.

La presencia de los pañuelos resultaba ofensiva.

Los despachos donde se discuten presupuestos no suelen prever el llanto, y si alguien los había colocado allí era porque esperaba una clase de conversación que yo no pensaba ofrecerle.

La mujer dejó la carpeta frente a mi silla y ocupó la suya. Mauro permaneció junto a la puerta.

—Puedes dejarnos solos —dije.

Él no se movió.

—Mauro estará presente.

—¿También durante las reuniones?

—Durante esta.

—¿Por qué?

—Porque las condiciones afectan a su trabajo.

—Su trabajo todavía no está definido.

Mauro apoyó las manos sobre el respaldo de una silla vacía. Parecía acostumbrado a escuchar conversaciones donde se discutía su función sin permitirle participar. La mujer abrió la carpeta y extrajo varias hojas numeradas.

—Ayer se produjo una confusión —dijo—. Quiero asegurarme de que no vuelva a ocurrir.

—No hubo ninguna confusión. Me entregaron un grupo sin explicar qué esperaban de él.

—Usted asumió que eran actores.

—Los sentaron en una sala, me pidieron que dirigiera una sesión y observaron el resultado detrás de un cristal. La suposición no era extravagante.

—Le dijimos que participaban en un programa de reconstrucción.

—Una expresión lo bastante vaga como para significar cualquier cosa.

—No para usted.

La mujer deslizó las hojas hacia mí. En la parte superior aparecía el nombre completo de Santa Elvira, seguido por una denominación que no alcancé a leer porque ella había colocado encima otra página.

Debajo figuraba mi nombre, una fecha de admisión y la referencia a una evaluación inicial.

La palabra me resultó impropia de un proceso creativo, aunque no más que tantas otras que los departamentos jurídicos habían empezado a imponer en los últimos años.

Después de Nadia, todo se evaluaba: la estabilidad emocional, la percepción del riesgo, la capacidad para distinguir una indicación de una coacción.

Los productores fingían preocuparse por el bienestar de los intérpretes cuando, en realidad, solo temían que alguien pudiera demandarlos.

—No habrá ejercicios individuales sin supervisión —dijo la mujer—. Tampoco podrá modificar el horario ni convocar a los participantes fuera de las sesiones autorizadas.

—Eso ya estaba en el documento de ayer.

—No con este grado de precisión.

—La precisión es una forma elegante de la desconfianza.

—En este caso es una respuesta a lo ocurrido.

—¿Qué ocurrió?

—Pidió trabajar a solas con Nora.

—Hice una propuesta.

—Insistió después de que ella hubiese dicho que no quería actuar.

—Dijo que no era actriz. No es lo mismo.

—También dijo que no quería interpretar a nadie.

—Las personas dicen muchas cosas antes de comprender lo que desean.

La mujer me observó en silencio. Había aprendido a utilizar las pausas como una presión, aunque todavía no sabía administrarlas con la sutileza necesaria. Dejaba pasar un segundo más de lo conveniente, de modo que el silencio empezaba a parecer una técnica y perdía parte de su poder.

—Esa idea es precisamente una de las razones por las que necesitamos normas claras —respondió—. Cuando alguien dice que no quiere hacer algo, usted no puede decidir que su negativa significa otra cosa.

—Un director interpreta todo lo que ocurre en una sala.

—No está aquí como director.

La frase llegó sin énfasis, y quizá por eso resultó más agresiva. Miré a Mauro. Él había bajado la vista hacia las hojas, aunque su mandíbula se había tensado. Ambos parecían esperar una reacción concreta.

—¿Entonces para qué estoy aquí?

—Para terminar una reconstrucción que ha interrumpido varias veces.

—Una obra.

—No.

—Un proceso.

—Sí.

—Con personas, una sala, observadores y una estructura previamente diseñada.

—Eso no la convierte en una obra.

—Todo puede convertirse en una obra si existe una mirada capaz de organizarlo.

La mujer no discutió la afirmación. Señaló el primer apartado del documento y continuó.

—Las puertas permanecerán abiertas en todo momento. No utilizará llaves, no bloqueará los accesos y no pedirá a nadie que permanezca en una habitación si desea salir.