Capítulo 2 #4
Teresa dijo que no quería que descubrieran que necesitaba agradar.
La respuesta era demasiado perfecta; se había adelantado a la crítica y la había convertido en una muestra de lucidez.
Samuel se negó a sentarse y respondió desde su lugar que no le importaba lo que pensáramos.
Julia lloró antes de hablar, aunque consiguió decir que no quería que la consideraran débil.
Darío afirmó no saberlo, y su desconexión fue tan completa que no insistí.
Esteban se sentó, apoyó las manos sobre las rodillas y dijo que no quería que nadie descubriese cuánto alivio sentía cuando estaba solo.
La sinceridad del hombre afectó al grupo. Teresa dejó de escribir; Julia se secó las mejillas; incluso Samuel apartó la vista. Esteban no añadió ninguna explicación, y esa ausencia de defensa volvió su respuesta más poderosa. Le indiqué que podía levantarse.
Nora fue la última. Se acercó a la silla, pero no se sentó.
—¿Qué no quieres que descubramos? —pregunté.
—No somos un «nosotros».
—Llevamos toda la mañana en la misma sala.
—Eso no nos convierte en nada.
—Te equivocas. Compartir una mirada ya establece una relación.
—También compartir un ascensor.
—En un ascensor todos fingen no observarse. Aquí estamos intentando lo contrario.
Nora apoyó una mano en el respaldo de la silla. Sus dedos eran largos y tenía una pequeña cicatriz cerca del pulgar. No recordaba haberla visto antes, aunque quizá la manga había cubierto esa parte de la mano.
—No quiero que descubra que puede hacerme creer que me conoce —dijo finalmente.
No había utilizado el plural. La respuesta estaba dirigida a mí y, al pronunciarla, el resto de la sala se había desvanecido para ella. Sentí otra vez aquella alteración en la atención, la certeza de que una persona acababa de abrir una puerta sin saber todavía qué había detrás.
—Eso no depende de lo que yo crea —contesté—. Depende de cuánto estés dispuesta a mostrar.
—Ahí está la trampa.
—¿Qué trampa?
—Si no le muestro nada, dirá que me protejo. Si le muestro algo, dirá que tenía razón.
Samuel murmuró que por fin alguien lo había entendido. Nora no lo miró.
—No es una trampa —dije—. Es el método.
La palabra produjo una reacción casi imperceptible en Mauro. Bajó la vista hacia la carpeta, y la productora se apoyó en la pared como si hubiese estado esperando que la pronunciara. Yo continué mirando a Nora.
—¿En qué consiste? —preguntó ella.
—En impedir que confundas tus defensas con tu identidad.
—¿Y quién decide cuál es cuál?
—Al principio, yo.
Nora soltó el respaldo. Había algo parecido al miedo en su expresión, pero no era el miedo simple de Julia ni la hostilidad con que Samuel intentaba ocultarlo.
Era una alerta inteligente, acompañada por una curiosidad que todavía no estaba dispuesta a reconocer.
Con Nadia había ocurrido lo mismo. Lo peligroso nunca fue que confiara demasiado pronto, sino que comprendiera desde el comienzo por qué no debía hacerlo y, aun así, permaneciera.
—No quiero interpretar a nadie —dijo.
—Eso es imposible.
—No soy actriz.
—También es imposible.
—No me conoce.
—Todavía.
Mauro anunció que la sesión había terminado.
Esta vez no discutí. El grupo necesitaba marcharse con algo que no hubiese alcanzado a resolver; prolongar el intercambio habría permitido a Nora recuperar el control mediante una explicación.
Los participantes comenzaron a recoger sus cosas.
Teresa se acercó a Esteban y le dijo algo que no pude oír.
Samuel salió sin despedirse. Julia devolvió el vaso a la bandeja, aunque la mujer de blanco ya no estaba allí.
Darío permaneció sentado hasta que Mauro le tocó el hombro.
Nora se dirigió hacia la puerta. Cuando pasó junto a mí, le pregunté si sabía quién había sido Nadia. Se detuvo, pero no se volvió de inmediato.
—Todo el mundo aquí sabe quién fue.
La respuesta admitía varias interpretaciones.
Mi nombre había aparecido en los periódicos durante meses, unido al suyo con una persistencia que terminó convirtiendo una tragedia privada en un relato de consumo público.
Quizá la productora hubiera explicado el proyecto antes de mi llegada.
Quizá la frase de la primera audición figurara en alguno de los materiales que habían entregado al grupo, aunque ella lo negara.
—¿Y qué te han contado?
Nora giró la cabeza. La luz del corredor recortaba uno de los lados de su rostro y dejaba el otro en sombra.
—Que murió.
—Eso no es una historia.
—Para quien muere, sí.
Mauro se había acercado lo suficiente para escuchar. Nora salió antes de que yo pudiera responder y se alejó por el corredor sin mirar atrás. La productora permanecía junto a la mesa, ordenando las hojas utilizadas durante la sesión.
—Quiero trabajar con ella a solas —dije.
—No.
—Todavía no le he explicado para qué.
—No importa.
—Ha sido la única persona de este grupo que ha entendido lo que estaba haciendo.
—Nora no forma parte de un reparto.
—Entonces empiece a tratarla como algo más que un diagnóstico.
La frase endureció su expresión. Mauro dejó de recoger los vasos.
—No conoce su diagnóstico —dijo ella.
—Precisamente.
—Y no lo conocerá a menos que ella decida contárselo.
—No lo necesito para dirigirla.
—No va a dirigirla.
Me acerqué al escenario y observé las marcas de cinta sobre el suelo.
El trabajo de la mañana había sido rudimentario, pero la sala ya no parecía tan indiferente como el día anterior.
Las sillas estaban desordenadas, una botella había quedado debajo de una de ellas y en el centro persistía el espacio vacío donde Nora se había negado a sentarse.
Las salas conservan algo de quienes las atraviesan, aunque no se trate de una huella visible. Basta saber mirar.
—La ha elegido —dijo Mauro.
No supe si se dirigía a mí o a la productora.
—No he elegido a nadie —respondí.
—Lleva toda la sesión mirándola como si los demás no estuvieran aquí.
—Los demás todavía no han llegado.
La productora cerró la carpeta.
—Nora ha dicho que no quiere interpretar a nadie.
—Las personas suelen decir eso cuando temen que otro descubra el papel que ya están representando.
—También lo dicen cuando no quieren hacerlo.
—En ese caso, se marchará.
Miré hacia el corredor. Nora había desaparecido, aunque me pareció escuchar sus pasos al otro lado de una puerta que Mauro acababa de cerrar sin llave.
No había obligación capaz de retener a una persona que realmente hubiese decidido irse.
Nadia me lo había enseñado mucho antes de comprenderlo por sí misma.
La productora se acercó hasta quedar frente a mí.
—No convierta esto en una repetición.
—No se parece a ella.
—No he dicho que se parezca.
—Entonces no tiene nada que temer.
La mujer sostuvo mi mirada durante unos segundos. Después recogió la carpeta y salió de la sala sin despedirse. Mauro permaneció junto a la mesa, observándome con una expresión que no era todavía hostilidad, aunque había dejado de parecer paciencia.
—La sesión de mañana empieza a las diez —dijo—. No antes.
—Necesitaré la sala desde las ocho.
—A las diez.
—Y quiero los textos que han preparado.
—No hay textos.
—Los habrá.
Mauro suspiró, recogió el estuche blanco y comprobó que las puertas siguieran abiertas. Antes de apagar las luces, miró el escenario y después el lugar donde Nora había permanecido durante la última pregunta.
—Ella no quiere interpretar a una mujer muerta.
La frase no parecía suya. Alguien se la había dicho o él mismo la había escuchado en una conversación anterior.
Esperé a que se marchara y permanecí unos minutos en la penumbra, mientras la claridad del corredor dibujaba un rectángulo sobre el suelo.
El escenario estaba vacío, pero ya podía imaginar a Nora en el centro, quieta bajo una luz baja, sosteniendo la mirada del público mientras intentaba decidir si debía confiar en quien la observaba.
No necesitaba que se pareciera a Nadia. Una sustitución evidente habría sido obscena y, desde el punto de vista artístico, inútil.
Lo que había reconocido en ella no pertenecía al rostro ni a la voz, sino al instante exacto en que una persona comprende que el director puede verla y todavía no sabe si desea huir o acercarse.
Ese instante siempre había sido el principio.