Capítulo 2 #3
—O permite que usted siga buscando hasta encontrar lo que quería ver.
Sentí una satisfacción que no debía mostrar.
No se trataba de Nadia; el parecido entre ambas seguía sin existir en los rasgos, la voz ni la manera de moverse.
Sin embargo, Nora poseía la misma resistencia inicial, la capacidad de detectar la trampa contenida en una indicación y devolverla antes de que pudiera cerrarse sobre ella.
Nadia había comprendido muy pronto que yo no corregía acciones, sino defensas.
Eso la había enfurecido y atraído con una intensidad equivalente.
—Puedes bajar —dije.
Nora pareció sorprendida. Había preparado una segunda negativa y mi retirada la dejó sin utilizarla. Descendió del escenario y regresó a su lugar, pero ya no se colocó junto a la pared. Permaneció cerca de los demás, aunque sin integrarse del todo.
Durante la hora siguiente trabajamos sobre acciones mínimas.
Les pedí que se sentaran sin convertir la silla en refugio, que escucharan una frase sin preparar la respuesta y que observaran a otro miembro del grupo durante treinta segundos.
Nada de aquello exigía experiencia, pero cada ejercicio revelaba con rapidez las estrategias que utilizaban para defenderse.
Teresa llenaba cualquier pausa con palabras; Samuel transformaba la vulnerabilidad en desafío; Julia buscaba una figura que autorizara sus movimientos; Darío se ausentaba cuando la atención permanecía demasiado tiempo sobre él; Esteban había perfeccionado una cortesía que impedía a los demás acercarse a lo que sentía.
Nora hacía algo más complejo: aceptaba la mirada mientras pudiera devolverla, pero se retiraba en cuanto sospechaba que alguien había establecido el significado de lo que estaba viendo.
La sesión habría avanzado con mayor fluidez sin las interrupciones de Mauro.
Controlaba el tiempo de cada ejercicio, preguntaba a los participantes cómo se encontraban y detenía cualquier indicación que interpretara como demasiado abierta.
Cuando pedí a Samuel que permaneciera en silencio frente a Nora hasta que dejara de utilizar la hostilidad como escudo, Mauro anunció que no continuaríamos sin definir una duración.
Le respondí que la duración dependía de lo que sucediera, y él fijó dos minutos. La productora respaldó la decisión.
—No se puede determinar de antemano cuánto tarda alguien en abandonar una defensa —protesté.
—Tampoco puede obligarlo a permanecer hasta que usted decida que la ha abandonado —dijo ella.
—No obligo a nadie.
Samuel me miró con una sonrisa desagradable.
—Claro.
—Puedes marcharte cuando quieras.
—Me han dicho que tengo que quedarme hasta el final.
La respuesta produjo un silencio breve. Mauro intervino enseguida para aclarar que Samuel podía abandonar el ejercicio, aunque debía permanecer en la sala hasta que terminara la actividad.
La diferencia parecía administrativa, pero confirmó que el grupo no se encontraba allí con la libertad que me habían prometido.
Quizá algunos participaban como condición de una ayuda, una beca o un programa de residencia.
No era mi responsabilidad averiguarlo durante la primera jornada.
A mitad de la mañana, la puerta del corredor se abrió y entró una mujer con la misma bandeja que había visto antes. Llevaba vasos pequeños, esta vez acompañados por varios blísteres y una jarra. Mauro consultó el reloj y anunció que debíamos hacer una pausa.
—Podemos continuar diez minutos más —dije.
—No.
La negativa, viniendo de él, poseía un peso distinto.
Varios participantes se levantaron antes de que yo pudiera responder.
Julia fue hacia la bandeja; Darío se acercó a Mauro y le preguntó si podía tomar el comprimido después; Teresa guardó la libreta y Samuel salió al corredor acompañado por la mujer de blanco.
La rapidez con que el grupo abandonó el trabajo me irritó más que la interrupción.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Es la hora de la medicación.
Mauro habló sin bajar la voz. Nora, que estaba bebiendo agua junto a la pared, me observó por encima del vaso. La productora se había acercado a Julia y comprobaba algo escrito en una hoja.
—Un reparto prometedor —dije—. Dos ejercicios y ya necesita apoyo farmacológico.
Nadie sonrió. La broma había sido menos cruel de lo que sus expresiones sugerían, pero el ambiente se endureció. Mauro dejó la carpeta sobre la mesa y se acercó hasta situarse frente a mí.
—No vuelva a hablar así.
—No he utilizado ningún nombre.
—No importa.
—Si desean que trabaje con estas personas, tendré que saber qué limita su capacidad.
—No son capacidades lo que estamos evaluando.
—Entonces alguien debería explicarme qué demonios estamos haciendo.
La productora se separó de Julia y nos pidió que habláramos fuera.
La seguí hasta el corredor, mientras Mauro permanecía en la sala.
A través de la puerta abierta veía a los participantes repartidos alrededor de la mesa: algunos tomaban pastillas, otros bebían agua o conversaban en voz baja.
Nora no se había acercado a la bandeja. Continuaba observándonos.
—Se le explicó que el grupo forma parte de un programa —dijo la mujer.
—No se me explicó que la mitad estuviera medicada.
—No necesita conocer los tratamientos individuales.
—Necesito saber si una indicación puede producir una reacción que no dependa del ejercicio.
—Todas las reacciones dependen de más cosas que el ejercicio.
—No me dé una respuesta de manual.
—Y usted no convierta a las personas en material antes de conocerlas.
El corredor estaba vacío, pero ella había moderado la voz. No quería que los demás escucharan, o quizá sabía que cualquier disputa conmigo adquiría una dimensión distinta cuando había testigos.
—Los actores son material —respondí—. También lo es el director. Lo es la luz, la temperatura, el miedo, la historia de la sala. La diferencia está en cómo se utiliza.
—Ellos no son actores.
—Eso llevan repitiéndome desde que he llegado.
—Porque usted continúa comportándose como si bastara con cambiarles el nombre para modificar lo que son.
La frase me molestó más de lo que debía.
Durante años me habían acusado de imponer identidades, de obligar a los intérpretes a habitar lugares que no habían elegido, como si toda dirección no consistiera precisamente en eso.
Un actor entra en una sala para dejar de ser quien era, aunque luego necesite denunciar la violencia del proceso con el fin de recuperar una inocencia que nunca tuvo.
—Nora sí puede serlo —dije.
La productora me observó con una atención inmediata.
—No ha venido para ser actriz.
—No importa por qué ha venido.
—Importa mucho.
—Solo para usted.
—Para ella también.
Miré hacia la sala. Nora había dejado el vaso y hablaba con Esteban.
No parecía frágil, aunque la productora actuaba como si cualquier interés mío pudiera dañarla.
Aquella protección anticipada no ayudaba a nadie.
Las personas a las que se trata como si fueran a romperse terminan utilizando la fragilidad como única forma de poder.
—Ha repetido una frase de Nadia —dije.
—No exactamente.
—Palabra por palabra.
—Usted lleva semanas utilizando esa frase.
La afirmación era absurda.
—No la he mencionado.
—Quizá no lo recuerde.
La miré, esperando que corrigiera el tono.
No lo hizo. Desde nuestra primera conversación había intentado sembrar pequeñas dudas sobre mi memoria, siempre mediante observaciones lo bastante vagas como para retirarlas si yo exigía pruebas.
El hotel, las llamadas nocturnas, las versiones distintas del accidente.
Ahora pretendía que hubiera compartido una frase que no había pronunciado desde la muerte de Nadia.
—Recuerdo perfectamente lo que digo.
—Ese es uno de los problemas.
—¿La conocía ella?
—Pregúnteselo.
La mujer regresó a la sala antes de que pudiera responder.
No la seguí de inmediato. Permanecí unos segundos en el corredor, observando la placa situada junto a la puerta.
SANTA ELVIRA. Debajo, la tira de papel seguía ocultando parte de la denominación del programa.
Podría haberla retirado con facilidad, pero hacerlo delante de la cabina y de Mauro habría parecido una curiosidad impropia. Ya encontraría otro momento.
Cuando regresé, los participantes estaban ocupando de nuevo sus lugares.
La pausa había destruido la concentración obtenida durante los ejercicios y devolvía a cada uno sus defensas.
Teresa escribía. Samuel se había sentado cerca de la puerta.
Julia parecía más cansada, mientras Darío movía la lengua dentro de la boca como si el comprimido le hubiese dejado un sabor desagradable. Nora permanecía junto a Esteban.
—Terminaremos con una sola pregunta —anuncié.
Mauro consultó el reloj.
—Quedan quince minutos.
—Será suficiente si nadie intenta protegerlos de la respuesta.
La productora no reaccionó. Tomé la silla que había colocado frente al escenario el día anterior y la llevé al centro de la sala.
Les pedí que se sentaran por turnos y respondieran qué era aquello que no querían que los demás descubrieran al mirarlos.
Mauro abrió la boca para intervenir, pero la productora levantó una mano.
Tal vez deseaba observar hasta dónde llegaba o quizá la pregunta formaba parte de sus propios objetivos.
No esperaba confesiones. Las confesiones prematuras carecen de interés porque permiten a quien las realiza elegir el daño que mostrará y controlar así la compasión de los demás. Me interesaban las negativas, los rodeos, la forma en que cada uno intentaría transformar la pregunta.