La última función Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Mauro sostuvo mi mirada y, durante unos segundos, fue posible advertir la fuerza que escondía bajo su apariencia dócil.

No era un hombre fácil de intimidar. Había desarrollado una paciencia resistente, quizá después de trabajar con directores peores que yo, y su cuerpo permanecía relajado incluso cuando se preparaba para intervenir.

—Prefiero que recuerde lo que firmó esta mañana.

—Lo recuerdo perfectamente.

—Entonces podemos seguir.

La frase sonó a permiso y estuve a punto de corregirlo, pero hacerlo habría confirmado que lo necesitaba.

En lugar de responder, pedí a Teresa que dejara la libreta en el suelo.

Ella la sostuvo un instante contra el pecho antes de obedecer.

Después indiqué a todos que se levantaran y formaran una línea junto a la pared, de cara al escenario.

El movimiento resultó torpe: Samuel arrastró la silla con más ruido del necesario; Julia miró hacia la puerta antes de ocupar su lugar; Darío se colocó demasiado cerca de Esteban y tuvo que apartarse cuando el hombre mayor le pidió espacio. Nora siguió inmóvil.

—Tú también —le dije.

—No he dicho que quiera participar.

—Tampoco has dicho que quieras marcharte.

—La puerta está abierta.

—Y sigues aquí.

Aquello la molestó porque era cierto. Se incorporó a la fila, aunque dejó más distancia entre su cuerpo y el de Julia que el resto.

Desde el escenario pude observarlos sin necesidad de girar la cabeza: seis personas alineadas contra una pared blanca, bajo una luz que no había sido diseñada para favorecer a nadie.

La escena poseía una crudeza involuntaria.

Habría bastado retirar las sillas, cerrar el acceso del fondo y reducir la intensidad de los fluorescentes para convertirla en algo utilizable.

—El primer ejercicio es sencillo —expliqué—. Vais a cruzar la sala uno por uno, subir al escenario y decir vuestro nombre. Después bajaréis por el otro lado y volveréis a colocaros al final de la fila.

Teresa frunció el ceño.

—¿Eso es todo?

—Todavía no lo has hecho y ya te parece poco.

—Solo preguntaba.

—No. Te defendías de la posibilidad de hacerlo mal.

La mujer bajó la mirada. Había respondido con una dureza mayor de la necesaria, aunque la reacción confirmó mi hipótesis. Teresa utilizaba las preguntas para convertir cada situación en una conversación y evitar así quedar expuesta dentro de ella.

—No hay una forma correcta —añadí—. Pero sí hay muchas formas falsas.

Mauro se movió hacia un lateral de la sala.

La productora permaneció junto a la entrada, observando.

Nadie preguntó cuál era el orden, por lo que señalé a Darío.

El muchacho tardó en comprender que debía empezar; después cruzó el espacio con pasos excesivamente largos, subió al escenario y se volvió hacia nosotros.

—Darío.

Lo dijo con una entonación ascendente, como si su propio nombre fuese una pregunta. Bajó enseguida y regresó a la fila.

—Otra vez.

Darío se detuvo.

—¿Qué he hecho mal?

—Has venido hasta aquí para terminar cuanto antes. No has cruzado una sala; has cumplido un trámite. Vuelve a hacerlo sin decidir de antemano cuándo dejará de interesarte.

—No entiendo.

—Mejor. Inténtalo antes de encontrar una explicación que te permita fracasar con comodidad.

La segunda vez caminó más despacio, pero aquello no corrigió nada.

Había sustituido la prisa por una gravedad artificial y cada paso anunciaba que estaba esforzándose por parecer presente.

Le pedí una tercera repetición, y entonces Mauro intervino para recordarme que el ejercicio no debía convertirse en una evaluación individual. Lo miré desde el escenario.

—Todo ejercicio es una evaluación individual.

—No aquí.

—Especialmente aquí.

Darío había quedado a medio camino, expuesto entre nosotros.

Comprendí que prolongar la discusión lo convertiría en testigo de una disputa que no le pertenecía, así que le indiqué que continuara.

Esta vez llegó irritado. Subió sin mirar el suelo y pronunció su nombre como si me lo arrojara.

No había belleza en el resultado, pero al menos había desaparecido la preocupación por hacerlo bien.

—Eso ha sido más honesto —dije.

—Estaba enfadado.

—Lo sé.

—Entonces no era el ejercicio.

—Era exactamente el ejercicio.

La incomprensión que apareció en su rostro no me preocupó. Los actores necesitan tiempo para aceptar que una indicación puede producir un resultado distinto de aquel que parece solicitar. La literalidad es la forma más humilde de resistencia.

Julia fue la siguiente. Cruzó la sala procurando no llamar la atención, paradoja que la volvía aún más visible. Mantenía los brazos pegados al cuerpo y apenas levantaba los pies; al llegar al escenario, miró hacia la productora antes de decir su nombre.

—¿A quién se lo has dicho? —pregunté.

—A todos.

—Has mirado a una sola persona.

Julia bajó la vista.

—No me he dado cuenta.

—Eso no significa que no lo hayas hecho.

—Quizá buscaba seguridad —dijo la productora.

—La seguridad no se busca con la mirada. Se solicita.

Julia respiró hondo, y por un instante temí que rompiera a llorar.

No porque la hubiese presionado demasiado, sino porque algunas personas utilizan el llanto cuando se sienten observadas y todavía no han encontrado otra manera de detener a quienes las miran.

Mauro dio un paso hacia ella. Antes de que pudiera acercarse, le pedí que repitiera el recorrido mirando únicamente al frente.

—No puedo.

—Ya lo has hecho una vez.

—No así.

—Entonces podrás descubrir qué cambia.

—Víctor —dijo Mauro, ahora con mayor firmeza—. Julia puede decidir si quiere repetirlo.

Ella lo miró. Después miró a la productora y, por último, a mí. Había tres autoridades distintas en la sala, y cada una parecía ofrecerle una salida diferente. Aquella multiplicidad era perjudicial para cualquier proceso; una persona insegura no necesita más opciones, sino una dirección clara.

—Quiero hacerlo —murmuró.

Mauro no se movió. Yo asentí y Julia regresó a la pared.

La segunda vez cruzó con los ojos fijos en el escenario.

Su respiración se volvió visible antes de alcanzar la mitad del recorrido, pero continuó, subió y dijo su nombre sin buscar a nadie.

Cuando terminó, no le pedí que repitiera.

Tampoco la felicité. El elogio habría convertido el esfuerzo en una conducta que debía reproducir para complacerme.

Teresa realizó el ejercicio intentando demostrar que había comprendido lo ocurrido con los demás.

Caminó con una naturalidad elaborada, sostuvo la mirada del grupo y pronunció su nombre con una serenidad que probablemente había practicado frente a un espejo durante años.

Le pedí que lo repitiera sin seducirnos.

Ella se ofendió, luego sonrió para disimularlo, y esa sonrisa confirmó la corrección.

Samuel se negó a subir al escenario hasta que le expliqué que su negativa era ya una actuación y que, si deseaba desafiarme de verdad, tendría que encontrar una forma menos previsible.

Subió por rabia, dijo su nombre y volvió a bajar sin esperar instrucciones.

Esteban cruzó la sala con una sencillez que no había aparecido en los demás. No intentó producir nada y, por ello, el grupo lo observó con mayor atención. Cuando dijo su nombre, Teresa dejó de mover el pie y Julia levantó la cabeza. Él no era consciente de lo que había conseguido.

—¿Había actuado antes? —pregunté.

—Le he dicho que no.

—Me ha dicho que prefería observar. No es lo mismo.

Esteban sonrió de nuevo, pero esta vez la expresión contenía una tristeza que no supe interpretar.

—He pasado muchos años procurando que nadie notara cuándo estaba mal. Supongo que algo se aprende.

La frase dejó un peso incómodo en la sala. La productora lo miró con atención; Mauro hizo una anotación en una hoja que había sacado de la carpeta. Yo pensé que, si aquel hombre conseguía trasladar esa experiencia a un texto sin convertirla en confesión, podría resultar útil.

Nora había quedado la última. No esperó a que la llamara.

Se separó de la pared y cruzó el espacio con una velocidad regular, sin la prisa de Darío ni la cautela de Julia.

A mitad de camino percibí que contenía ligeramente la respiración.

No era miedo escénico, al menos no en su forma habitual.

Parecía estar administrando el aire, como si hubiese aprendido a reducir cualquier señal física antes de que los demás pudieran interpretarla.

Subió al escenario por los escalones laterales. Cuando se volvió, no miró al grupo, sino a mí.

—Nora.

Su voz era más grave de lo que había imaginado. El nombre no sonó como una presentación, sino como una advertencia.

—Otra vez —dije.

—¿Qué ha sido falso?

—Has decidido que yo era el público.

—Usted me estaba mirando.

—Todos te estaban mirando.

—Los demás no intentaban descubrir nada.

—¿Y yo sí?

Nora formuló la pregunta sin apartar los ojos. No había coquetería, aunque la atención mutua empezaba a adquirir una intensidad que los demás podían confundir con ella. Bajé del escenario y me acerqué hasta detenerme a pocos pasos.

—Siempre intento descubrir algo.

—Eso no significa que tenga derecho.

—El derecho es una palabra que se utiliza cuando la confianza ya ha fracasado.

—Entonces úsela mucho conmigo.

Samuel soltó una carcajada. Teresa volvió a coger la libreta del suelo, quizá para esconder la incomodidad, y Mauro se colocó más cerca del escenario. La productora continuaba junto a la puerta, pero su expresión había cambiado. Ya no observaba el ejercicio. Nos observaba a Nora y a mí.

—Vuelve al principio —le indiqué.

—No.

La negativa no fue teatral. Nora no elevó la voz ni adoptó una postura desafiante; simplemente permaneció en el escenario, mirándome, mientras su respiración recuperaba el ritmo. Aquel «no» no buscaba llamar la atención, sino establecer un límite. Por eso resultaba más interesante que el de Samuel.

—¿Por qué?

—Porque ya lo he hecho.

—La repetición permite descubrir lo que uno ocultó la primera vez.