Capítulo 2
El método
La primera impresión que produce un actor suele ser falsa, pero no por eso deja de ser útil.
Hay quienes entran en una sala intentando demostrar que no tienen miedo y quienes necesitan exhibirlo para obtener una indulgencia anticipada; algunos hablan demasiado porque desean ocupar el espacio antes de que otro lo haga, mientras que otros confunden el silencio con una forma de misterio.
Ninguno de esos gestos revela todavía quiénes son, aunque sí permite averiguar qué parte de sí mismos han decidido proteger.
El trabajo de un director comienza ahí, no cuando alguien pronuncia la primera frase de un texto, sino en el instante anterior, cuando la persona cree que aún no está actuando.
Los seis participantes se habían sentado frente al escenario con la incomodidad de quienes no estaban acostumbrados a obedecer una disposición espacial sin preguntar para qué servía.
La mujer de la libreta mantenía las rodillas juntas y escribía cada vez que yo dirigía la mirada hacia otro sitio; el hombre que había dejado caer la silla continuaba con los brazos cruzados, aunque ahora una de sus piernas se movía con impaciencia; la joven que había temblado durante nuestra llegada se había colocado cerca de la salida, y el muchacho que permanecía junto a la ventana en el corredor observaba las barras de iluminación como si intentara calcular cuánto peso podían soportar.
Había un sexto hombre, mayor que los demás, que no había llamado mi atención porque parecía haberse propuesto no hacerlo.
La desconocida del fondo, en cambio, seguía de pie.
Después de su frase, la sala había entrado en uno de esos estados de concentración que rara vez se consiguen mediante una orden.
Nadie comprendía lo que acababa de ocurrir, pero todos habían percibido que algo había modificado la relación entre ella y yo.
Mauro se había acercado con la intención de intervenir, quizá porque conocía el antecedente o porque la productora le había indicado que evitara cualquier referencia a Nadia durante la primera sesión, aunque se detuvo cuando levanté una mano.
La autoridad no depende de la fuerza del gesto, sino de la certeza con que uno presupone que será obedecido.
—Voy a preguntártelo otra vez —dije—. ¿Cómo te llamas?
La mujer dudó antes de contestar. La camiseta negra le caía sobre los hombros y ocultaba casi por completo la forma de sus brazos, pero sus manos permanecían visibles, unidas frente al abdomen con una tensión que no había desaparecido.
—Nora.
Esperé un apellido. Al comprender que no pensaba ofrecérmelo, incliné la cabeza y repetí el nombre en voz alta, no para recordarlo, sino para comprobar cómo resonaba en la sala.
—¿Has estudiado interpretación?
—No.
—¿Has actuado alguna vez?
—No de la forma que usted quiere decir.
—Todavía no sabes de qué forma quiero decirlo.
Nora miró a la productora, y aquel desplazamiento de los ojos, rápido pero inequívoco, reveló que no había acudido por iniciativa propia.
Podía tratarse de una recomendación, una beca o uno de esos programas con los que las fundaciones reclutan personas sin experiencia para demostrar que el arte posee una función social.
Siempre he desconfiado de esa expresión.
El arte no necesita que se le atribuya una utilidad para justificar su existencia, y las personas a quienes se pretende ayudar mediante él suelen terminar convertidas en material de promoción para instituciones que las abandonan en cuanto se apagan las cámaras.
—Víctor —intervino la productora—, quizá convenga que primero expliquemos el funcionamiento de las sesiones.
—Los ensayos funcionan mejor cuando nadie cree haberlos comprendido antes de empezar.
—No son ensayos en el sentido habitual.
—Por eso me han llamado.
Ella aceptó la respuesta sin concedérmela.
Se apoyó contra la pared, cerca de la puerta, y cruzó las manos sobre el abdomen.
No había traído la grabadora que había visto en su despacho, pero la cabina acristalada estaba iluminada y detrás del cristal se distinguía una pequeña luz roja.
Una cámara, quizá. No me molestaba que registraran el trabajo.
Las personas se comportan de una manera más honesta cuando saben que serán observadas después, aunque pasen la primera hora fingiendo que han olvidado la presencia del objetivo.
Me volví hacia el grupo y les pedí que dijeran sus nombres.
La mujer de la libreta se llamaba Teresa y había hecho teatro en el colegio, precisión que ofreció como si temiera que yo pudiera descubrir la mentira por mi cuenta.
El hombre de los brazos cruzados respondió que se llamaba Samuel y que no estaba allí para actuar; añadió que se lo habían explicado a la responsable, mirando a la productora y no a mí.
La joven situada cerca de la salida era Julia.
Habló tan bajo que tuve que pedirle que repitiera su nombre, y cuando lo hizo se disculpó sin que nadie se lo hubiese exigido.
El muchacho de la ventana se presentó como Darío, aunque tardó varios segundos en advertir que le correspondía hablar.
El hombre mayor se llamaba Esteban y aseguró que prefería observar durante la primera jornada.
—Observar también es actuar —le dije—. Solo que desde un lugar donde uno espera que no se note.
Esteban sonrió con una prudencia que parecía antigua.
Había visto esa clase de sonrisa en actores veteranos que aceptan una indicación para impedir que el director prolongue la explicación, pero en él no había oficio, sino cansancio.
Aquellas personas no formaban una compañía y, cuanto más las escuchaba, más evidente resultaba que alguien había confundido diversidad con ausencia de criterio.
Las edades, los cuerpos y las formas de hablar podían enriquecer un reparto, desde luego, pero tenía que existir una voluntad común, aunque fuese mínima.
Ellos no parecían haber acudido al mismo lugar por la misma razón.
—¿Por qué estáis aquí? —pregunté.
Mauro miró el reloj. La productora, en cambio, no hizo ningún gesto para detenerme.
Teresa dijo que quería recuperar la confianza.
Julia respondió que le habían recomendado participar y después se quedó callada, como si cualquier detalle adicional pudiera volverse en su contra.
Darío se encogió de hombros; llevaba varias semanas asistiendo a actividades en el centro y aquella era una más.
Esteban habló de aprender a relacionarse con los demás sin sentirse observado, contradicción que pareció incomodarlo cuando Samuel soltó una risa breve.
Este último se negó a contestar. Según él, ya había explicado demasiadas veces por qué estaba allí y no veía la utilidad de repetirlo para satisfacer la curiosidad de un desconocido.
—No soy un desconocido —dije.
—Para mí sí.
—Eso puede corregirse.
—No necesito que me corrija.
Samuel había elegido bien el tono. No levantó la voz ni buscó la aprobación de los demás; se limitó a mirarme con una hostilidad seca, desprovista de teatralidad, y por primera vez comprendí por qué podían haberlo incluido.
Un grupo necesita una resistencia visible, alguien que exprese aquello que los demás todavía no se atreven a formular.
Los directores inseguros consideran que esa persona amenaza su autoridad. Los buenos aprenden a utilizarla.
—Todos necesitamos que nos corrijan —le respondí—. La diferencia es que algunos preferimos elegir a quien lo hace.
—Yo no le he elegido.
—Eso también puede corregirse.
La respuesta provocó una risa nerviosa en Teresa.
Samuel giró la cabeza hacia ella y el sonido se extinguió, aunque ya había servido para aliviar la tensión.
Me acerqué al escenario y subí sin utilizar los dos escalones laterales.
Desde allí, los seis asientos ocupados parecían aún más dispersos.
Nora continuaba al fondo, junto a una de las paredes, negándose a formar parte de la composición.
—Nadie os ha seleccionado porque seáis actores —dije—.
Eso es evidente y, en algunos casos, quizá sea una ventaja.
Un actor con demasiada formación aprende a protegerse mediante técnicas que otros confunden con talento.
Sabe llorar sin sufrir, temblar sin tener miedo y seducir sin sentir deseo.
Domina el mecanismo, pero ha dejado de arriesgarse.
Vosotros todavía no habéis aprendido esas defensas.
—No estamos aquí para sufrir —intervino Mauro.
No había alzado la voz, pero su observación modificó la postura de varias personas. Julia dejó de apretar las manos. Teresa escribió algo en la libreta. Samuel descruzó los brazos y apoyó los antebrazos sobre las piernas, interesado por primera vez.
—Tampoco estáis aquí para evitarlo —contesté.
—Los objetivos se acordaron antes de que llegara.
—Los objetivos anteriores a un ensayo son supersticiones administrativas. Sirven para tranquilizar a quien necesita presupuestar un resultado.
La productora se separó de la pared.
—Los límites no son supersticiones.
—No he hablado de límites.
—Todavía.
Había algo estimulante en su manera de contradecirme.
No lo hacía para exhibirse ante el grupo ni para disputar el control de la sala, sino porque parecía convencida de que cualquier frase mía contenía una segunda intención que debía impedirme desarrollar.
Quizá llevaba demasiado tiempo trabajando con artistas, aunque su conocimiento no era el de una productora habitual.
Los productores temen el conflicto porque retrasa el calendario y aumenta el presupuesto; ella lo observaba como si esperara obtener información de él.
—No voy a pedirle a nadie que haga nada peligroso —dije.
Samuel soltó una risa nasal.
—Eso tranquiliza mucho.
—No pretendía tranquilizarte.
—Víctor —advirtió Mauro.
—¿Qué? —pregunté, volviéndome hacia él—. ¿Prefieres que les mienta antes de enseñarles a dejar de hacerlo?