Capítulo 1 #3
Había preparado la frase. Se notaba en la precisión y en la pausa posterior, calculada para obligarme a reaccionar. Sonreí porque la alternativa habría sido concederle una importancia que todavía no merecía.
—Todos los directores modifican el escenario cuando deja de servir a la obra.
—Esto no es una obra.
—Todavía.
La respuesta produjo el primer silencio verdadero de la reunión.
Mauro cambió de posición y la silla crujió bajo su peso, mientras la mujer cerraba la carpeta con una lentitud que pretendía expresar control.
Durante las entrevistas anteriores había intentado que habláramos de Nadia sin recurrir al lenguaje teatral; una exigencia tan absurda como pedirle a un cirujano que describiera una operación sin mencionar el cuerpo.
Yo no utilizaba metáforas para esconderme, como ella suponía.
El teatro era la forma más exacta que conocía de pensar la conducta humana, porque allí nadie actúa sin saber que está siendo observado, aunque dedique todas sus energías a fingir lo contrario.
—Esta es su última oportunidad para terminar el trabajo —dijo finalmente—. Necesito que comprenda lo que significa.
—Significa que, si el resultado es bueno, todos afirmarán haber confiado en mí desde el principio.
—Significa que no volveremos a empezar desde cero.
Aquellas palabras contenían una amenaza, aunque no conseguí identificar su naturaleza.
Podían cancelar el proyecto, limitar mi acceso a la sala o utilizar mi negativa como prueba de que no estaba preparado para regresar.
La mujer había aprendido a envolver las decisiones más agresivas en una voz serena, como hacen quienes están convencidos de que la calma vuelve benévolo cualquier ejercicio de poder.
—No pienso empezar desde cero —le aseguré—. Nadie empieza desde cero. Traemos todo lo que ocurrió antes, incluso aquello que preferiríamos dejar fuera de la sala.
—Precisamente por eso está aquí.
Durante un momento pensé que iba a mencionar a Nadia.
Su nombre permaneció cerca, visible en la forma en que Mauro evitó mirarme y en el cuidado con que la mujer ordenó las hojas.
Sin embargo, no lo hizo. Me pidió que firmara una copia de las condiciones, comprobó que hubiese tomado la medicación de la mañana y, cuando le respondí que no necesitaba que una productora controlara mis analgésicos, aceptó la corrección sin discutir el término.
Mauro sacó entonces el pequeño estuche blanco que había guardado en la sala y lo depositó sobre la mesa.
Dentro había un blíster con dos comprimidos y una etiqueta donde figuraban mi nombre, la fecha y una serie de indicaciones.
—No tengo migraña —dije.
—No son para la migraña —respondió ella.
La miré, esperando una explicación, pero se limitó a acercarme un vaso de agua.
Recordé que había aceptado ciertas condiciones médicas después de las semanas de insomnio y de aquel episodio en el hotel, cuando un empleado juró que yo llevaba horas hablando con alguien en una habitación vacía.
Los detalles se habían exagerado, como siempre ocurre cuando un hombre conocido pierde el control delante de testigos anónimos.
Tomé los comprimidos porque negarme habría transformado un gesto insignificante en un conflicto útil para ellos, y bebí el agua sin apartar la vista de la mujer.
—Bien —dijo—. Podemos comenzar.
Regresamos a la sala por otro corredor. A esa hora, el edificio había adquirido una actividad discreta: puertas que se abrían, carros que avanzaban sobre ruedas de goma, voces contenidas detrás de los cristales.
Mauro caminaba a mi lado, ya no delante, y cada tanto comprobaba que yo continuara siguiéndolo, detalle que atribuí a la desconfianza nacida de nuestra conversación anterior.
Cuando llegamos, las luces estaban encendidas y las sillas habían sido dispuestas en círculo, incluida la que yo había colocado frente al escenario.
Alguien había deshecho mi primera decisión sin consultarme.
Había cinco personas sentadas. La sexta permanecía de pie al fondo, casi fuera del alcance de la luz, observando una de las marcas del suelo.
Ninguna llevaba vestuario de ensayo. Dos hombres vestían pantalones deportivos; una mujer mayor apretaba contra el pecho una libreta; otra, mucho más joven, movía la pierna con una rapidez que hacía temblar la silla.
El último integrante del círculo tenía los brazos cruzados y una expresión abiertamente hostil, quizá la única actitud profesional de todo el grupo.
Nadie se levantó al verme. Tampoco hubo ese instante de reconocimiento, mezcla de curiosidad y cálculo, que suele producir la llegada de un director cuya reputación lo precede.
Algunos me miraron, otros continuaron ocupados en sí mismos y el hombre de los brazos cruzados dirigió una pregunta a Mauro sobre la hora de la cena.
Comprendí que habían sido instruidos para no tratarme de manera diferente.
La productora quería evitar que mi nombre contaminara el trabajo antes de empezar, decisión razonable aunque difícil de ejecutar con intérpretes capaces de leer un periódico.
—Víctor dirigirá la sesión —anunció ella, quedándose junto a la entrada—. Mauro permanecerá aquí y cualquiera puede detenerse cuando lo necesite.
—Antes de comenzar —dije—, quitemos el círculo.
Varias miradas se desplazaron hacia la mujer, no hacia mí.
Ella hizo un gesto que podía significar consentimiento o simple permiso para observar qué ocurría.
Tomé dos sillas y las aparté. Después indiqué a los demás que dejaran libre el centro y colocaran los asientos frente al escenario, sin una simetría demasiado evidente.
Hubo cierta confusión, movimientos lentos y una pregunta sobre si aquello formaba parte del ejercicio, pero al cabo de unos minutos el espacio empezó a parecerse menos a una reunión de personas obligadas a compartir sus problemas.
Solo entonces reparé en la mujer que seguía al fondo.
Tendría poco más de treinta años, aunque había rostros que no entregaban la edad hasta que se los veía reír.
Llevaba el cabello recogido de cualquier manera y una camiseta negra demasiado grande, con las mangas dobladas sobre los brazos.
No se parecía a Nadia. El parecido habría resultado vulgar, una provocación construida por la productora para medir mi reacción, y ella era más baja, menos angulosa, con una forma de sostener los hombros que revelaba el hábito de pedir disculpas por el espacio ocupado.
Sin embargo, cuando me acerqué, levantó la cabeza sin retroceder.
No había desafío en sus ojos, sino una atención desconfiada, la clase de atención que no se concede a una persona, sino al peligro que podría representar.
—Falta una silla —le dije.
—Prefiero estar de pie.
—Eso no es una preferencia. Es una manera de conservar la posibilidad de marcharse.
—La puerta está abierta.
Pronunció la frase sin ironía y miró hacia el corredor. Mauro dio un paso, quizá por costumbre, mientras la productora se mantenía inmóvil junto a la entrada. La mujer volvió a observarme y por un momento pareció que esperaba una orden.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
Ella abrió la boca, pero el hombre de los brazos cruzados dejó caer una silla y el golpe resonó en la sala.
Varias personas se sobresaltaron. La joven del fondo no apartó los ojos de mí, aunque sus dedos se cerraron alrededor del borde de la camiseta.
Después miró el escenario, respiró con lentitud y murmuró una frase que quizá no estaba dirigida a nadie.
—No me mires como si ya supieras cómo voy a terminar.
Nadia la había pronunciado durante su primera audición, muchos años antes, cuando yo le pedí que repitiera una escena y cometí el error de explicarle qué emoción esperaba encontrar.
No figuraba en ningún texto. No la habíamos utilizado en entrevistas ni aparecía en los artículos publicados después de su muerte.
Había pertenecido a un instante privado, a una muchacha insolente que todavía no confiaba en mí y que, precisamente por eso, terminó obligándome a mirarla.
La mujer del fondo desvió la vista, como si se arrepintiera de haber hablado.
Mauro pronunció mi nombre y la productora se apartó de la puerta, pero sus movimientos llegaron tarde.
La sala había dejado de estar vacía. El trabajo, pese a todas las precauciones con las que habían intentado domesticarlo, acababa de comenzar, y mientras observaba la respiración irregular de aquella desconocida comprendí que no necesitaba conocer todavía su experiencia, sus límites ni la razón por la que había aceptado estar allí.
Había cosas que un director reconocía antes de poder explicarlas.
Ya había encontrado a mi actriz.