Capítulo 1 #2
La palabra quedó suspendida entre nosotros.
Centro podía significar muchas cosas: centro cultural, centro de producción, centro de experimentación escénica.
El edificio había sido un convento o un sanatorio, según la versión que uno aceptara, y quizá la administración conservaba un vocabulario heredado de sus funciones anteriores.
A través de la puerta del fondo vi pasar a una mujer con una bandeja cubierta por vasos pequeños.
Llevaba ropa blanca y zapatillas de goma; al advertir mi presencia, volvió la cabeza y saludó a Mauro con una inclinación mínima, sin mostrar la curiosidad que suele provocar un desconocido en un espacio cerrado.
Una empresa de catering, pensé, aunque resultaba extraño que trabajara antes de que hubiesen llegado los actores.
—Santa Elvira no es un teatro convencional —añadió Mauro—. Ya se lo explicaron.
—Eso espero. Los teatros convencionales llevan décadas perfeccionando la manera de no producir nada vivo.
No sonrió. Tampoco hizo el gesto de quien se siente ofendido, y esa neutralidad comenzaba a parecerme estudiada.
Mauro debía de haber recibido instrucciones precisas sobre cómo tratarme, qué asuntos evitar y en qué momento intervenir.
Lo habían colocado a mi lado para observar, no solo para organizar, aunque quizás ambas funciones fueran inseparables.
Un buen regidor siempre ha sido un espía al servicio del espectáculo: registra retrasos, flaquezas, enemistades, hábitos, todo aquello que un director necesita saber y que los actores creen haber ocultado.
Continué examinando el escenario. Había marcas de cinta adhesiva sobre el suelo, algunas recientes y otras tan antiguas que habían dejado un contorno pegajoso en la madera.
En una esquina encontré dos argollas metálicas y, bajo una lona, una colchoneta azul, varias mantas dobladas y un cubo de plástico.
No era material escénico especialmente sofisticado, pero tampoco pretendía comenzar con una maquinaria deslumbrante.
Después de tanto tiempo, necesitaba personas antes que objetos.
Necesitaba comprobar que la atención aún podía tensarse en una sala cuando yo levantaba una mano, que una voz podía abandonar su impostación si se la conducía hasta el punto exacto y que no todo lo ocurrido había destruido la única facultad que jamás había dudado poseer.
—¿Ha visto la lista? —pregunté.
—¿Qué lista?
—Los actores.
Mauro tardó un poco más de lo necesario en contestar. Se aproximó a la carpeta, la abrió y revisó varias hojas sujetas por separadores de colores. Desde mi posición distinguí nombres, fechas y párrafos escritos con una tipografía pequeña, pero no fotografías ni currículos.
—Hay seis personas previstas para la sesión de hoy.
—Para el ensayo.
—Sí. Para el ensayo.
La concesión fue tan visible que decidí no agradecerla.
Le pedí los nombres, pero explicó que la responsable prefería presentarlos personalmente y que algunos quizá no participaran durante toda la jornada.
Tampoco pudo aclararme quién había realizado las audiciones, qué experiencia tenía cada uno ni por qué no me habían enviado sus pruebas.
Las respuestas estaban redactadas con la prudencia de una institución que teme haber elegido mal: eran personas adecuadas para el proceso, se habían evaluado sus condiciones, conocían los límites del trabajo.
Cuando le pregunté qué texto habían preparado, Mauro bajó la mirada hacia la carpeta y reconoció que ninguno disponía de un libreto completo.
—Entonces no han seleccionado actores —dije—. Han seleccionado disponibilidad.
—No sé exactamente cómo se hizo la selección.
—Un regidor que no conoce el reparto es un portero con aspiraciones.
Esta vez sí pareció molestarse, aunque la reacción no duró lo suficiente para satisfacerme.
Cerró la carpeta, recogió la botella y me recordó que debíamos acudir a la reunión.
Antes de salir, comprobó que las dos puertas permanecieran abiertas y apagó una de las luces, dejando la silla que yo había separado en medio de la sala.
Vista desde el corredor, parecía esperar a una persona concreta.
El edificio era más extenso de lo que había imaginado.
Los pasillos rodeaban patios interiores en los que crecían árboles demasiado altos, y las paredes conservaban molduras antiguas bajo capas de pintura blanca.
Cada cierto tramo aparecían puertas sin rótulo, algunas cerradas, otras abiertas hacia habitaciones donde se alcanzaban a ver camas, sillones o mesas ocupadas por personas que levantaban la vista a nuestro paso.
No parecían técnicos ni intérpretes, pero los teatros atraen siempre a una fauna difícil de clasificar, sobre todo cuando se instalan en edificios compartidos con talleres, residencias artísticas o fundaciones.
Una mujer de cabello gris caminaba en círculos alrededor de una columna mientras recitaba números en voz baja.
Un hombre joven permanecía sentado frente a una ventana, con las manos apoyadas sobre las rodillas y una quietud que habría resultado admirable sobre un escenario. Nadie llevaba acreditación.
—Necesitaremos restringir el acceso a la sala —comenté—. No quiero curiosos entrando durante los ensayos.
—No entrará nadie que no deba estar allí.
—Todo el mundo cree que debe estar en un ensayo hasta que se le demuestra lo contrario.
Mauro se detuvo ante una puerta de cristal esmerilado.
En una placa se leía SANTA ELVIRA, y debajo, en letras más pequeñas, aparecía una sucesión de palabras que alguien había cubierto parcialmente con una tira de papel.
Alcancé a distinguir «Unidad» y «Programa», pero no el resto.
Quizá estuvieran renovando la identidad del centro antes de anunciar el proyecto; los responsables de comunicación sienten una fascinación infantil por esconder palabras antiguas antes de decidir cuáles las sustituirán.
La mujer que nos esperaba detrás de la puerta se levantó cuando entramos.
Vestía un pantalón oscuro, una blusa sin adornos y una chaqueta gris que no parecía elegida para inspirar confianza ni autoridad, aunque conseguía ambas cosas.
Sobre la mesa había tres carpetas, una grabadora apagada y una jarra de agua.
Ningún boceto de escenografía, presupuesto o calendario de producción.
Aquella austeridad podía ser una estrategia: eliminar todos los elementos superfluos para obligarme a concentrarme en la conversación.
—Víctor —dijo, indicándome una silla—. Me alegra que haya aceptado venir.
No era la primera vez que nos veíamos, aunque hablaba como si aquel encuentro inaugurara algo.
Durante las semanas anteriores habíamos mantenido varias conversaciones en despachos distintos, siempre bajo luces demasiado blancas, y ella había insistido en hacer preguntas que apenas rozaban el proyecto.
Dormía bien, le había dicho. No escuchaba voces.
Recordaba perfectamente lo ocurrido. No creía que Nadia siguiera viva ni que alguien hubiese alterado las grabaciones.
Cada respuesta había parecido decepcionarla de una manera casi profesional.
—No me ofrecieron demasiadas alternativas atractivas —contesté mientras tomaba asiento.
—Aun así, podía negarse.
—Uno siempre puede negarse. Otra cuestión es el precio que otros deciden cobrarle por hacerlo.
Mauro ocupó la silla situada junto a la puerta. No abrió la carpeta ni sacó nada para tomar notas, pero su presencia modificó el espacio. La mujer esperó a que nos acomodáramos antes de apoyar las manos sobre la mesa.
—¿Reconoce la sala?
La pregunta me sorprendió por su pobreza.
—He reconocido sus posibilidades.
—No le he preguntado eso.
—Es la única forma seria de reconocer un escenario. Lo que ya es importa menos que aquello en lo que puede convertirse.
Ella sostuvo mi mirada. No mostraba impaciencia, aunque conocía demasiado bien mis respuestas y sabía que enfrentarlas directamente solo conseguía fortalecerlas.
—Quiero que este trabajo sea diferente de los intentos anteriores.
—Este será el primero —dije—. Lo anterior fueron conversaciones preparatorias.
—Usted las llamó de otras maneras mientras ocurrían.
—Todos cometemos errores de vocabulario cuando todavía no conocemos la forma definitiva de una obra.
Mauro bajó la vista, quizá para esconder una reacción.
La mujer no se permitió ninguna. Abrió una de las carpetas y deslizó hacia mí una hoja que contenía horarios, normas y una serie de apartados numerados.
El título hablaba de un programa de reconstrucción, expresión melodramática para un proceso que todavía no había comenzado.
Leí las primeras líneas y descubrí varias restricciones: duración máxima de las sesiones, presencia obligatoria de Mauro, interrupción inmediata si alguno de los participantes solicitaba detenerse, prohibición de bloquear accesos y obligación de respetar las indicaciones del personal del centro.
Al final había una firma que se parecía a la mía, aunque el trazo se volvía más incierto en el apellido.
—Esto no es un contrato de producción.
—Nunca dijimos que lo fuera.
—Dijeron que tendría una sala, un grupo y libertad para terminar el trabajo.
—Tendrá una sala y trabajará con un grupo dentro de los límites acordados. La libertad no consiste en ignorar esos límites.
Volví a mirar el documento. En el margen aparecía la palabra sesiones, repetida con una insistencia innecesaria.
Era evidente que los abogados habían intervenido.
Después de Nadia, toda palabra capaz de sugerir riesgo había sido sustituida por expresiones sanitizadas, como si un ensayo dejara de ser peligroso al cambiarle el nombre.
—¿Y qué esperan obtener exactamente?
—Que pueda llegar hasta el final.
—Siempre llego hasta el final.
La mujer respiró despacio, sin apartar los ojos de mí.
—No, Víctor. Usted llega hasta el punto en que la historia empieza a contradecirlo y entonces modifica el escenario.