La última función
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Capítulo 1
La sala vacía
Los teatros vacíos no están realmente vacíos.
Conservan una forma particular de espera, una tensión que no depende de las personas que alguna vez ocuparon las butacas, sino de todas aquellas que todavía podrían hacerlo.
Basta con entrar a oscuras, permanecer inmóvil durante unos segundos y escuchar cómo el edificio acomoda sus ruidos alrededor de uno para comprender que el silencio de una sala no se parece al de una iglesia ni al de una casa abandonada: es un silencio que observa.
Aquel lunes, mientras Mauro manipulaba el manojo de llaves frente a una puerta gris que no tenía ningún cartel, pensé que habían elegido bien.
No era el teatro que yo habría pedido, desde luego, ni el lugar que se esperaría para el regreso de un director a quien algunos periódicos todavía se atrevían a llamar prestigioso cuando no estaban demasiado ocupados llamándolo otras cosas, pero poseía esa cualidad indispensable que no se compra con terciopelo, lámparas ni columnas doradas.
Parecía estar esperando que alguien le diera una razón para existir.
—Cuesta un poco —dijo Mauro, probando una segunda llave antes de advertir que la primera ya había hecho girar el mecanismo—. La cerradura se atasca cuando pasan varios días sin usarla.
Había pronunciado la frase con la resignación de quien disculpa una imperfección ajena y, durante un instante, estuve a punto de señalarle que un regidor no debía hablar de una sala como si fuese un depósito, aunque preferí reservar la primera corrección para algo que mereciera la pena.
Mauro tenía esa clase de rostro que parecía pedir indulgencia antes incluso de cometer un error: facciones amplias, ojos oscuros, una barba corta que no conseguía disimular cierta blandura y unas manos demasiado cuidadas para alguien acostumbrado a mover decorados.
Había acudido a buscarme al vestíbulo con una carpeta bajo el brazo y el manojo de llaves sujeto a la cintura, pero no llevaba auricular, cinta métrica ni ninguna de las herramientas con las que un regidor competente convierte el caos en una sucesión de órdenes comprensibles.
Aun así, conocía los horarios, sabía qué pasillos podían utilizarse y había aprendido a caminar sin hacer ruido, virtud esta última que compensaba varias carencias.
Cuando la puerta cedió, no encendió todos los focos.
Se limitó a pulsar dos interruptores y una claridad lechosa descendió sobre la primera mitad de la sala, dejando el escenario al fondo, todavía sumergido en una penumbra azulada.
El aire olía a madera recién fregada y a un producto químico que alguien había empleado con excesivo entusiasmo.
No había polvo sobre las butacas porque, en rigor, no había butacas, sino unas cuarenta sillas negras apiladas contra una pared, junto a tres mesas plegables y varios biombos de hospital que podían resultar útiles si uno conseguía olvidar su procedencia.
El escenario se elevaba apenas treinta centímetros sobre el suelo.
Encima, una estructura de barras permitía colgar cuatro o cinco focos, quizá seis si el técnico no sufría vértigo ni apego a las normas de seguridad, mientras que al fondo se abría una puerta angosta que comunicaba con un corredor blanco.
A la derecha, tras un cristal, había una cabina desde la que alguien podría controlar el sonido o mirar sin ser visto con demasiada facilidad.
No era hermoso, pero los espacios hermosos suelen ser los menos generosos.
Llegan terminados, cargados de decisiones tomadas por muertos, arquitectos o administradores, y obligan a trabajar dentro de una idea ajena.
Aquel lugar, en cambio, carecía de identidad.
Podía convertirse en un apartamento, un tribunal, una piscina vacía, una habitación infantil o el interior de una cabeza en el momento exacto en que empieza a desconfiar de sí misma.
Recorrí el perímetro despacio, calculando distancias, observando la altura del techo y la dirección de las salidas, mientras Mauro permanecía junto a la puerta como si temiera que yo pudiera extraviarme en una sala rectangular.
—¿Cuándo montan la grada? —pregunté.
—Las sillas pueden colocarse como usted prefiera.
No había respondido exactamente a mi pregunta, aunque tampoco necesitaba hacerlo.
Me acerqué a la pila, separé una silla y la situé en el centro, a seis metros del escenario.
Desde allí, el marco de la embocadura desaparecía y la sala se volvía más íntima, casi incómoda.
Un espectador sentado en aquel punto no podría refugiarse en la distancia ni fingir que aquello sucedía en otro lugar.
—Como yo prefiera no significa de cualquier manera —le expliqué—.
Una silla es una decisión moral. Se le dice al público dónde debe mirar, cuánto puede apartarse y qué parte de su cuerpo tendrá que entregar durante las próximas dos horas.
Si la colocamos demasiado lejos, lo autorizamos a juzgar; si la acercamos, lo obligamos a participar.
Mauro observó la silla y luego me miró a mí.
Había trabajado con personas capaces de asentir ante cualquier frase incomprensible, pero él no pertenecía a esa especie.
Se tomó un segundo, quizá para decidir si yo hablaba en serio, antes de asentir con una moderación que podía interpretarse como respeto o como paciencia.
—La doctora… —comenzó, y enseguida se corrigió—. La responsable del proyecto dijo que antes de cambiar nada debía ver la sala tal como estaba.
Sonreí. La torpeza no había consistido en el tratamiento, sino en la corrección.
Los productores siempre han sentido vergüenza de parecer productores y, desde la tragedia, aquella mujer había empezado a rodear cada decisión con términos vagos: responsable, coordinadora, supervisora.
Como si modificar el nombre de una función permitiera disimular el poder que se ejercía desde ella.
—Ya la he visto tal como estaba —dije—. Por eso he movido la silla.
Mauro no discutió. Se acercó a una mesa situada junto a la pared, dejó la carpeta y extrajo una botella de agua, dos vasos de plástico y un pequeño estuche blanco que guardó de nuevo cuando advirtió que yo lo estaba mirando.
Supuse que contendría pilas, adaptadores o alguna pieza de un micrófono portátil, aunque su manera de cerrarlo resultó excesivamente cuidadosa para un objeto técnico.
Después consultó el reloj y me anunció que disponíamos de veinte minutos antes de la reunión.
No dijo «reunión de producción», como habría sido lógico, sino solamente «reunión», y esa falta de precisión me confirmó que el equipo llevaba demasiado tiempo trabajando sin una dirección firme.
Habían pasado años desde la última vez que alguien me había permitido entrar solo en una sala antes del comienzo de un montaje.
No porque me hubieran prohibido dirigir de manera expresa; las prohibiciones explícitas son raras en nuestro oficio, donde se prefiere condenar a una persona mediante llamadas que dejan de contestarse, invitaciones que se extravían y proyectos que, después de meses de entusiasmo, descubren súbitamente dificultades presupuestarias.
Durante el primer tiempo creí que se trataba de una pausa razonable, el periodo de luto que el público exige a quien sobrevive a una tragedia para poder convencerse de que ha comprendido algo.
Más tarde entendí que no esperaban arrepentimiento, sino una humillación presentable.
Querían que abandonara las palabras que había utilizado durante toda mi vida —riesgo, entrega, verdad— y las sustituyera por otras más dóciles, elegidas por abogados que jamás habían permanecido frente a un actor cuando este descubre que ya no puede protegerse.
No lo hice. Había aceptado hablar, asistir a entrevistas, responder preguntas cuya sintaxis contenía ya la condena y escuchar a hombres que no conocieron a Nadia explicarme lo que Nadia había sentido.
También había firmado documentos sin leerlos con la atención que merecían, porque el lenguaje administrativo posee el don de transformar cualquier acontecimiento en una secuencia de casillas.
Sin embargo, no había pedido perdón por el método.
Una cosa es reconocer una pérdida y otra muy distinta permitir que los mediocres utilicen a los muertos para prohibir aquello que nunca tuvieron valor de intentar.
Me acerqué al escenario. La madera respondió bajo mis zapatos con un sonido compacto, limpio, y durante unos segundos volví a sentir esa alteración física que siempre había precedido a un ensayo: la respiración se vuelve más profunda, la vista empieza a seleccionar detalles que antes parecían irrelevantes y el cuerpo comprende, antes que la inteligencia, que todas las salidas se han cerrado.
En realidad, la puerta por la que habíamos entrado seguía abierta.
También lo estaba la del corredor del fondo, y otra situada junto a la cabina acristalada carecía incluso de picaporte interior.
Aquello podía obedecer a una normativa contra incendios, aunque la obsesión por mantener despejados los accesos me pareció desproporcionada para una sala con cuarenta sillas.
—Tendremos que poder cerrar durante los ensayos —dije.
Mauro dejó de ordenar la mesa.
—Las puertas deben permanecer abiertas.
—No durante el trabajo.
—Siempre que haya gente dentro.
La seguridad es el argumento favorito de quienes desean controlar sin confesar que controlan.
Bajé del escenario y me acerqué a la puerta principal.
La cerradura podía accionarse desde el corredor, pero en el interior no había llave ni pestillo.
Una placa metálica cubría el lugar donde habría debido encontrarse el mecanismo, como si alguien lo hubiera retirado a propósito.
—Ningún actor va a llegar a un sitio verdadero si sabe que puede marcharse en cuanto algo le incomode.
—No se trata de incomodidad —respondió Mauro, con una firmeza inesperada—. Son las normas del centro.