La última función Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

Adriana giró la primera hoja. Contenía un fotograma tomado inmediatamente después del segundo golpe. Nadia aparecía bajo el agua, con los nudillos todavía cerca de la pared transparente. Mi rostro estaba orientado hacia su mano.

—Estamos al final del segundo treinta y dos —explicó—. Acabas de reconocer la señal. ¿Qué esperas que ocurra a continuación?

—Que la saque.

—No te pregunto qué debía ocurrir. ¿Qué esperabas entonces?

—No lo sé.

—¿Qué posibilidades has dado en otras sesiones?

La pregunta invitaba a repetir versiones que después utilizaría para demostrar sus contradicciones. Aun así, negarme solo aplazaría el recorrido.

—Que Nadia intentara salir por sí misma. Que repitiera la señal. Que recuperara la posición y continuara. También dije que quizá el primer golpe me sorprendió y el segundo no bastó para que reaccionara físicamente.

—¿Cuál sostienes hoy?

Miré el fotograma. Nadia todavía estaba controlada. La mano permanecía apoyada contra el lateral y el cuerpo no había perdido la estabilidad.

—Pude esperar un movimiento hacia la superficie.

—¿Por qué, si habíais acordado que tú la sacarías?

—Porque una persona que quiere abandonar el agua suele impulsarse de manera automática.

—¿Y si lo hacía?

—La habría ayudado.

—¿Eso habría cumplido el acuerdo?

—Sí.

Adriana negó con suavidad.

—El acuerdo no era ayudarla si intentaba salir. Era sacarla cuando golpeara.

—El resultado habría sido el mismo.

—No para ella. Habría tenido que iniciar sola la salida después de entregarte el control.

El matiz parecía pequeño hasta que se aplicaba a Nora. Cuando dio la señal en la sala, yo también esperé que hiciera algo más: levantarse, repetirla, mirar a Mauro. La señal nunca terminaba la escena por sí sola. Exigía una acción posterior de quien ya había pedido detenerse.

Adriana giró la segunda hoja. El fotograma correspondía al segundo treinta y tres. Mi mirada estaba sobre el cronómetro.

—¿Por qué miras el tiempo? —preguntó.

—Era parte del ejercicio.

—¿Qué necesitabas saber?

—Cuánto llevaba sumergida.

—Lo sabías aproximadamente.

—El cronómetro existía para ofrecer una medida precisa.

—¿La señal modificaba la importancia del tiempo?

—Sí.

—¿Cómo?

—A partir de los golpes, la duración debía detenerse.

—Entonces mirar el cronómetro podía servir para registrar el momento de la señal.

La explicación apareció con facilidad. Adriana no la rechazó.

—Podía —dijo—. ¿Qué hiciste después de registrarlo?

No respondí. Si la mirada servía únicamente para fijar el instante, debía haber intervenido en cuanto lo comprobé. El cronómetro no necesitaba una segunda consulta cinco segundos más tarde.

—También podía estar comprobando lo cerca que estaba del máximo —añadí.

—¿Para qué?

—Para evaluar la urgencia.

—La señal ya la había establecido.

—La urgencia física.

—¿Por qué necesitabas evaluarla antes de cumplir el acuerdo?

La pregunta eliminaba el uso protector de la cifra. Miré el fotograma otra vez. Mi rostro no mostraba alarma. El cronómetro me ofrecía información para decidir si la señal merecía una intervención inmediata o si todavía existía margen.

—Pensé que treinta y dos segundos no eran peligrosos —dije.

Adriana mantuvo los ojos sobre mí.

—Entonces reconociste la señal y decidiste que el tiempo te autorizaba a no obedecerla todavía.

—No he dicho que fuera una decisión consciente.

—No hace falta que formularas la frase completa. Basta con que la información influyera en la conducta.

Mauro permanecía a mi derecha, sin intervenir. El cristal reflejaba su perfil junto al mío. Ya no podía colocarlo detrás de la cámara ni atribuirle una responsabilidad técnica. Aquella noche no estaba.

La tercera hoja mostraba el segundo treinta y cuatro. Nadia había desplazado la mano hacia el borde superior. Yo me inclinaba sobre el tanque.

—Antes dijiste que podías estar paralizado —señaló Adriana—. ¿Lo mantienes?

—Una persona puede moverse de forma automática durante una parálisis psicológica.

—Sí. ¿Qué parte estaba paralizada?

—La decisión de intervenir.

—¿Y qué decisión gobernó el movimiento de inclinarte?

—Comprobar su estado.

—Eso es una decisión.

—No necesariamente deliberada.

—No te pregunto si redactaste una explicación. Te pregunto por qué acercaste el rostro.

Observé la imagen de Nadia. Sus ojos continuaban abiertos, aunque el fotograma no permitía establecer hacia dónde miraba. Mi cuerpo se acercaba, pero las manos seguían fuera del agua.

—Quería verla mejor.

—¿Qué buscabas?

—Si estaba consciente.

—¿Y qué habría cambiado?

—Si había perdido el conocimiento, la habría sacado de inmediato.

Adriana dejó unos segundos antes de responder.

—Entonces estabas estableciendo una segunda condición después de la señal.

La frase era exacta. Los golpes significaban salir, pero yo había introducido una evaluación posterior: comprobar si estaba consciente. Si lo estaba, podía seguir esperando. Nadia había intentado eliminar esa posibilidad cuando dijo que dos golpes no significaban miedo ni cercanía, sino final.

—También podía estar preparándome para intervenir —dije.

—¿Por qué no acercaste las manos?

—La posición del cuerpo—

—El tanque llegaba a tu cintura. En la grabación posterior introduces los brazos sin cambiar de lugar.

La defensa se derrumbó antes de completarse. Inclinarme no había sido un paso necesario para sacar a Nadia. Era una forma de observar.

Adriana giró la cuarta hoja. Segundo treinta y cinco. Mi boca estaba abierta; la imagen no podía reproducir el sonido.

—El análisis propone que dijiste «aguanta» o «un poco» —recordó—. No vamos a tratar ninguna como certeza. ¿Qué recuerdas?

El sonido aparecía cubierto por el agua y la reverberación de la sala. Podía escuchar mi voz, pero no distinguir las palabras. En algunos recuerdos decía «ya voy»; en otros, «un poco más». La diferencia era inmensa y quizá precisamente por eso mi memoria oscilaba entre ambas.

—No lo sé.

—¿Recuerdas haber hablado?

—Sí.

—¿A Nadia?

—Probablemente.

—¿Podía oírte?

—Había dicho que sí.

—¿Qué clase de frase pronunciarías después de la señal si estabas preparándote para sacarla?

—Podía decirle que esperara.

Mauro levantó la vista.

—¿Por qué pedirle que esperara?

—Mientras introducía las manos.

—Todavía no las moviste —dijo Adriana—. Permanecieron fuera durante cinco segundos más.

—No podía saber cuánto tardaría después.

—No estamos analizando lo que sabías ahora, sino la secuencia.

La imagen de mi boca abierta contenía una instrucción, aunque la palabra exacta siguiera siendo incierta. Había prometido no hablar durante la inmersión. Después de la señal rompí también esa condición.

—Si dije «aguanta», quería que continuara —admití.

Adriana no corrigió.

—Sí.

—Pero no sabemos que lo dijera.

—No.

—Entonces no puede utilizarse.

—La palabra no. El hecho de que hablaste sí.

—Podía estar tranquilizándola.

—¿En lugar de sacarla?

Cada explicación introducía otra tarea antes de cumplir el acuerdo: registrar el tiempo, comprobar la conciencia, observar el rostro, tranquilizarla. Ninguna exigía ocho segundos por sí sola. Juntas los ocupaban por completo.

La quinta hoja correspondía al segundo treinta y seis. Mi mano derecha se apoyaba sobre el borde exterior. Nadia flexionaba el torso bajo el agua.

—Aquí has dicho otras veces que empezaste a intervenir —explicó Adriana—. ¿Lo mantienes?

—Estoy acercando la mano.

—La apoyas sobre el borde.

—Para impulsarme.

—No necesitabas impulsarte. Estabas de pie junto al tanque.

—Para estabilizarme.

—Cuando finalmente la sacas, utilizas ambas manos sin apoyarte.

El fotograma parecía una preparación porque yo necesitaba que lo fuera. También podía mostrar a un hombre que se inclina para observar con mayor comodidad.

—Pude necesitar un segundo para decidir cómo agarrarla —dije.

—Habíais practicado la extracción.

—No en una emergencia.

—La señal no significaba necesariamente una emergencia. Significaba final. No necesitabas esperar a que se transformara en una.

La diferencia volvía a ser fundamental. Yo había convertido la salida en una maniobra de rescate, algo que exigía comprobar pérdida de conciencia, posición y riesgo. El acuerdo pedía mucho menos: ayudarla a salir cuando todavía podía colaborar.

—Si la hubiera sacado en el segundo treinta y tres, quizá no habría ocurrido nada —dije.

—Probablemente.

—Entonces no habría sabido si realmente existía peligro.

—No necesitabas saberlo.

—Para comprender lo ocurrido después, sí.

—Ahora. No entonces.

Adriana giró la sexta hoja. Segundo treinta y siete. La mano de Nadia volvía a moverse hacia la pared, pero no producía un golpe claro.

—Has dicho que esperabas una segunda señal —dijo—. ¿Es este el movimiento que recuerdas?

—Sí.

—Ocurre cinco segundos después de la primera.

—Podía interpretarlo como un intento de repetir.

—Entonces la primera había sido comprendida.

—Sí.

—¿Por qué necesitabas que la repitiera?

—Para confirmar que seguía queriendo salir.

La frase cayó con una simplicidad que la volvió más grave. Nadia había entregado una señal inequívoca y, al no obedecerla, yo había esperado que renovara su petición bajo condiciones cada vez más difíciles.

—¿Creías que podía haber cambiado de opinión? —preguntó Adriana.

—El cuerpo puede atravesar un impulso de salida y recuperar el control.

—¿En menos de cinco segundos?

—Sí.

—¿Y dónde aparece esa recuperación?

Miré el fotograma. Nadia no había recuperado la postura. El torso se flexionaba y la mano buscaba el lateral sin precisión. No había calma, sino una pérdida gradual de control.

—No podía verlo con la claridad de la cámara —dije.

—Estabas más cerca que el objetivo.

—El agua distorsiona.

—Por eso te inclinaste para verla mejor.

La explicación que había utilizado en el segundo treinta y cuatro se volvía contra la defensa actual. Si me acerqué para comprobar su estado, no podía afirmar después que la imagen era demasiado confusa para percibir el deterioro.

—Quizá todavía creía que interpretaba —dije.

Adriana permaneció en silencio un momento.

—¿Qué interpretaba?

—La lucha del personaje.

—Nadia había dado la señal para salir del ejercicio.