La última frontera HUGO Berlín Oriental, diciembre de 1967 #3
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HUGO Berlín Oriental, diciembre de 1967 #3

Salimos del apartamento de inmediato, sin mirar atrás.

Las calles estaban desiertas, pero sabía que en cualquier momento podría haber una patrulla, o algo peor: agentes de la KGB buscando a Viktor.

Nos movimos rápido, esquivando las miradas de los pocos transeúntes que aún quedaban en las calles.

Llegar al escondite del Lobo era arriesgado, pero no teníamos elección.

Después de casi media hora de caminar a paso rápido, llegamos a una parte de la ciudad donde los edificios estaban en peor estado, alejados de las oficinas gubernamentales y del centro.

Era el tipo de lugar donde las sombras parecían más profundas, donde las reglas de la ciudad no siempre aplicaban.

El escondite del Lobo, un taller de reparación de relojes abandonado, se encontraba entre las ruinas de un bloque antiguo.

La fachada estaba medio derruida, pero era conocido entre los pocos que sabían cómo dar con él.

Llamé a la puerta con la clave acordada, tres golpes rápidos seguidos de uno más fuerte. Pasaron unos segundos interminables antes de que la puerta se abriera ligeramente. Los ojos oscuros de un hombre nos observaron desde el otro lado.

—¿Qué queréis? —preguntó el Lobo, con su voz ronca y seca.

—Es urgente. Viktor está muerto. Necesitamos salir de Berlín antes de que nos encuentren —le dije en un susurro apresurado, sin rodeos.

Los ojos del Lobo se estrecharon, pero nos dejó pasar rápidamente, cerrando la puerta tras nosotros.

—¿Viktor muerto? —preguntó con incredulidad—. Eso va a desatar una tormenta. La KGB no va a dejarlo pasar por alto. Todos los puntos de salida estarán vigilados en cuestión de horas.

—Lo sé —dije, mi voz firme—. Pero tú tienes contactos. Los estadounidenses. Me prometieron una salida si les proporcionaba información valiosa, y he hecho mi parte. Necesitamos que nos ayudes a contactar con ellos.

El Lobo permaneció en silencio por unos momentos, sopesando nuestras palabras. Sabía que ayudarnos a escapar sería un riesgo para él también. Pero, finalmente, asintió.

—Hay un túnel —dijo, acercándose a una mesa donde tenía un mapa de la ciudad extendido—.

Los estadounidenses tienen un punto de contacto cerca de la frontera con Berlín Occidental.

Está bien escondido, pero será difícil llegar hasta allí sin que os detecten.

Necesitamos movernos rápido, y necesitáis dejaros guiar por alguien de confianza.

Nos mostró el mapa, señalando una serie de calles y callejones que llevarían hasta una zona controlada por agentes estadounidenses encubiertos.

Los puntos de control de la RDA estaban por todas partes y las patrullas aumentaban cada día, pero había rutas clandestinas que aún no habían sido descubiertas.

—Hay un paso subterráneo, una antigua alcantarilla que conecta con una estación de tren abandonada.

Desde allí, podréis moveros hasta las inmediaciones del sector estadounidense.

Ellos sabrán dónde encontraros —continuó el Lobo—.

Pero no hay tiempo para preparativos largos.

Si la KGB descubre lo de Viktor, bloquearán todos los accesos antes de la medianoche.

—¿Es seguro? —preguntó Pablo, siempre el más cauto de los dos.

El Lobo lo miró con una expresión grave.

—Nada es seguro en esta ciudad. Pero es vuestra mejor oportunidad. Si esperáis más tiempo, estaréis atrapados. Y créeme, la KGB no tendrá piedad cuando os atrapen. Hemos ayudado a pasar a gente en alguna ocasión.

Sabía que tenía razón. No podíamos dudar. Asentí.

—¿Cuándo podemos salir?

—Ahora mismo. Dejad todo lo que no necesitéis. Solo lo esencial. Yo os guiaré hasta la entrada del túnel. A partir de ahí, será cosa vuestra y de los estadounidenses.

El reloj en la pared marcaba el paso del tiempo, cada segundo era una cuenta regresiva hacia el peligro inminente. Nos habíamos adentrado en el punto de no retorno, y ahora todo dependía de nuestra capacidad para sobrevivir las próximas horas.

Con el plan en marcha, miré a Pablo. Sus ojos reflejaban la misma mezcla de miedo y determinación que sentía dentro de mí. No había marcha atrás.

La oscuridad de la mañana encapotada por una posible tormenta se cernía sobre nosotros mientras seguíamos al Lobo por los callejones más sombríos de Berlín.

La ciudad, bajo la cubierta del invierno, parecía aún más desolada, sus edificios grises y decadentes apenas visibles bajo la tenue luz de las farolas.

La nieve caía suavemente, amortiguando los pasos, como si la propia ciudad quisiera ocultar nuestro rastro.

El Lobo se movía con rapidez y precisión, como si cada esquina, cada sombra, fuera su territorio.

Pablo caminaba a mi lado, silencioso pero tenso, sus ojos barrían constantemente el entorno.

Mi mente seguía dando vueltas a lo que había hecho, a Viktor, a su cuerpo, frío y rígido, abandonado en su oficina.

Sabía que no teníamos mucho tiempo antes de que alguien lo encontrara y, cuando eso ocurriera, la ciudad entera se convertiría en una trampa mortal.

—Aquí —murmuró el Lobo de repente, deteniéndose frente a una tapa de alcantarilla que parecía haber estado sellada durante años.

Se agachó rápidamente, usando una palanca para levantar la pesada tapa de hierro, revelando un agujero oscuro que descendía a las entrañas de la ciudad. Un hedor agrio surgió desde el interior, pero no teníamos tiempo para preocuparnos por eso.

—Este es el camino —dijo el Lobo, sin rodeos—. Es estrecho y habrá momentos en los que os parecerá que no podéis avanzar. Pero os llevará directamente a la estación abandonada. Una vez allí, contactad con ellos. Vosotros sois su responsabilidad ahora.

Miré el agujero y luego a Pablo. Podía ver la duda en sus ojos, pero también sabía que no había alternativa. Nos miramos durante un breve segundo y asentí. Habíamos pasado por mucho, pero este era el momento en el que todo pendía de un hilo.

—¿Y tú? —pregunté, dirigiéndome al Lobo.

—No os preocupéis por mí —respondió, mientras volvía a ajustar su chaqueta raída—. Yo nunca existí para ellos.

Dicho eso, comenzó a alejarse en la oscuridad, desapareciendo como una sombra más entre los edificios. Nos quedamos solos frente a la abertura. El corazón me latía con fuerza, pero sabía que, si titubeábamos, estaríamos perdidos.

—Vamos —le dije a Pablo, mi voz más firme de lo que me sentía por dentro.

Descendí primero, el frío de las escaleras de hierro oxidado mordiéndome las manos mientras bajaba. El túnel era estrecho y húmedo, y el sonido del agua goteando se hacía eco en la distancia. Sentí cómo Pablo descendía detrás de mí, y juntos comenzamos a avanzar a través de esa oscuridad opresiva.

El aire era sofocante, y la única luz provenía de una linterna que el Lobo nos había entregado justo antes de partir.

La tenue luz iluminaba las paredes húmedas y agrietadas de la alcantarilla y, en algunos momentos, teníamos que agacharnos para evitar golpearnos la cabeza con los techos bajos.

Caminamos en silencio, sabiendo que cualquier ruido podría delatarnos si había alguien más en las cercanías.

—¿Crees que lo conseguiremos? —La voz de Pablo resonó en el túnel.

—No lo sé —respondí con sinceridad—. Pero no tenemos otra opción.

Sonreí, sin venir a cuento.

—¿Te acuerdas de aquella mañana en los Pirineos?

Pablo asintió.

—Yo te hice esa misma pregunta. Y mira dónde estamos.

Le arranqué una sonrisa que le dibujó esos hoyuelos que tenía bajo la barba.

Seguimos avanzando durante lo que parecieron horas.

El túnel daba giros y vueltas, y a veces se estrechaba tanto que apenas podíamos avanzar de lado.

El hedor era cada vez más fuerte y el agua estancada bajo nuestros pies nos hacía caminar con dificultad.

A pesar del frío exterior, el ambiente dentro del túnel era opresivamente cálido y húmedo, lo que hacía que el aire fuera difícil de respirar.

Tras un tiempo que pareció interminable, el túnel se abrió a un espacio más amplio.

La linterna iluminó los restos oxidados de unas vías de tren y de una serie de plataformas abandonadas.

La estación subterránea estaba cubierta de polvo y musgo, pero era exactamente como el Lobo la había descrito. Habíamos llegado.

—Ahí está —dije, señalando una puerta metálica al final de la plataforma. Era la salida que llevaría al sector estadounidense. Si todo salía bien, habría alguien esperándonos del otro lado.

Nos acercamos lentamente, con precaución. Mi mano temblaba cuando la acerqué al pomo de la puerta. Miré a Pablo, que me devolvió una mirada firme. Era ahora o nunca.

Giré el pomo.

La puerta se abrió con un chirrido largo y agudo. Afuera, el aire frío nos golpeó de nuevo. Nos encontramos en un callejón oscuro, una zona de transición entre los sectores controlados por los soviéticos y los aliados occidentales. Estábamos casi fuera, pero el peligro no había desaparecido.

Apenas habíamos dado unos pasos cuando una figura emergió de las sombras. Un hombre alto, con un abrigo largo y una gorra que le tapaba el rostro. Me tensé al instante, mi mano lista para ir al cuchillo que aún llevaba.

—¿Os ha enviado el Lobo? —preguntó la figura, con un marcado acento estadounidense.

—Sí —respondí, la voz más dura de lo que me sentía—. ¿Tú eres nuestro contacto?

El hombre asintió, y por un momento sentí una leve chispa de alivio.

—Sí, pero no tenemos mucho tiempo. La situación está empeorando rápido. La KGB ya ha empezado a hacer preguntas. La ciudad está patas arriba. Si no salimos de aquí ahora, no lo lograremos.

Pablo y yo intercambiamos una mirada. Ambos sabíamos lo que eso significaba. Pero también sabíamos que era la única oportunidad que teníamos.

—Vamos —dije finalmente.