La última frontera HUGO Berlín Oriental, diciembre de 1967 #2
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HUGO Berlín Oriental, diciembre de 1967 #2

La noche se alargó y, como tantas otras veces, compartimos una cama y un silencio cargado de incertidumbre.

Pero, mientras él dormía a mi lado, mi mente no dejaba de calcular los riesgos.

Cada movimiento, cada palabra dicha y no dicha, eran piezas de un rompecabezas que se desmoronaba ante mis ojos.

Sabía que no podía seguir ocultando la verdad por mucho más tiempo. Pero ¿cómo le diría a Pablo que lo había traicionado? ¿Cómo confesarle que, en mi lucha por sobrevivir, lo había convertido en una pieza en el tablero de dos imperios que lo destruirían sin dudar?

El amanecer llegó demasiado pronto, con su luz grisácea filtrándose por las cortinas. No había respuestas fáciles, solo más mentiras que decir y más juegos que jugar. Pero una cosa era cierta: el final estaba cerca y, cuando llegara, no quedaría nada de lo que éramos. Ni de Berlín, ni de nosotros.

Aquella mañana, el frío de diciembre se colaba por las rendijas del apartamento, mucho antes de que Pablo se despertara.

Mientras él seguía dormido, me vestí en silencio, observando su rostro apacible por unos segundos más, como si quisiera memorizar cada línea, cada arruga que el tiempo había dejado.

Me debatía entre confesarle la verdad o mantenerlo en la oscuridad, pero no había tiempo para dudas.

Viktor había pedido una reunión diaria desde hacía semanas y sabía que no sería como las anteriores.

Cada día los interrogatorios eran más intensos, menos banales y con mayor necesidad de una respuesta concisa, coherente y que diera una solución a lo que fuera que buscara.

Salí del apartamento con la chaqueta apretada contra el pecho y mis pensamientos girando a un ritmo vertiginoso.

Siempre, antes de salir, fuera a donde fuera, me guardaba un cuchillo en el bolsillo izquierdo del abrigo.

Para reunirme con quien fuese. Allí, las lealtades valían muy poco y eran efímeras. Vendidas al mejor postor.

Las calles de Berlín estaban vacías a esa hora, como si la ciudad misma se hubiera sumido en el letargo del invierno. Mientras caminaba hacia la oficina donde Viktor me esperaba, mis sentidos estaban en alerta máxima.

Subí las escaleras del edificio con el eco de mis pasos resonando contra el mármol frío. Estaba allí, esperándome detrás de su escritorio de madera oscura, su expresión tan impenetrable como siempre, pero sus ojos me decían todo lo que necesitaba saber: esta reunión iba a ser diferente.

—Borísov —dijo, con su voz profunda resonando en la habitación—, siéntate.

Obedecí, pero el nudo en mi estómago se hizo más apretado. Sabía que él había estado sospechando de mí durante semanas, y ahora todo estaba llegando a un punto crítico. Mientras me sentaba, él sacó un archivo del cajón y lo dejó sobre la mesa con un golpe seco.

—He sido paciente contigo. He esperado a que me dieras la información que necesito. Pero tu lealtad ha sido… cuestionable últimamente.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza, pero mantuve la compostura.

—No sé de qué hablas, Viktor —respondí con calma—. Siempre he sido leal. Te he dado toda la información que he podido obtener.

Viktor me miró con esos ojos fríos y calculadores. Sacó un cigarrillo y lo encendió, y el humo llenó el aire entre nosotros. Su silencio era más amenazante que cualquier palabra, y sabía que estaba preparando algo.

—¿Y qué hay de Pablo? —preguntó finalmente, su tono casi casual, pero cargado de veneno—. ¿Qué sabes de sus actividades? ¿Por qué no me das nada nuevo? Solo números, reuniones que no nos dicen nada y pocas excusas. Sabemos que pasas mucho tiempo con él.

El miedo se apoderó de mí, pero lo disimulé lo mejor que pude. ¿Hasta dónde había llegado la red de Viktor? ¿Cuánto sabía realmente?

—Pablo es irrelevante —dije, evitando su mirada—. Solo es un contacto, alguien con quien obtengo información para ti. No tiene importancia.

Viktor soltó una risa seca, como si mis palabras fueran una broma patética.

—¿Irrelevante? —dijo, inclinándose más cerca, su voz apenas un susurro—. Crees que puedes jugar a ambos lados, que puedes engañarnos. Pero el juego ha terminado. Llevo demasiado tiempo espiándote, Borísov. A mí no me engañas.

Se levantó de la silla, rodeando el escritorio con una lentitud calculada. Mi cuerpo se tensó. Sabía lo que venía.

—Me has estado traicionando, y lo sabes —continuó—.

Lo tengo todo. Años de mentiras. Demasiados.

Pero estás bien protegido en Moscú… La KGB te tiene en su bolsillo, y yo he sido lo suficientemente paciente.

Pero ya no más. Si no empiezas a hablar, si no me das lo que quiero, Pablo y tú no viviréis para ver otro invierno.

La amenaza era clara, directa, y por un momento sentí el pánico apoderarse de mí.

Viktor era implacable, y sabía que estaba más cerca que nunca de descubrir mi doble juego.

Mis pensamientos volaron a Pablo, al apartamento que compartíamos en las sombras.

Sabía que, si Viktor actuaba, no habría escapatoria para ninguno de los dos.

—Estás equivocado —le dije con una voz que intenté mantener firme, aunque mi corazón golpeaba con fuerza en mi pecho—. Nunca te traicionaría.

Viktor se detuvo a mi lado, colocando una mano pesada sobre mi hombro. El contacto fue insoportable, una afirmación de poder que me hizo sentir como si estuviera atrapado.

—Es tu última oportunidad—dijo, bajando la voz hasta un susurro peligroso—. O me das algo real, o él será el primero en caer. ¿Qué están planeando los estadounidenses?

Algo dentro de mí se rompió en ese momento.

No lo sabía. No entendía nada en su paranoia.

La presión, el miedo, la culpa, todo se combinó en una tormenta silenciosa.

Sabía que no podía permitir que Pablo cayera en manos de Viktor.

Sabía que el tiempo se había acabado. Y, con un movimiento rápido, dejé que mi instinto tomara el control.

Saqué el cuchillo que llevaba oculto en la manga, un arma pequeña que había preparado por si alguna vez las cosas se salían de control.

Antes de que Viktor pudiera reaccionar, lo hundí en su abdomen, torciendo la hoja mientras su cuerpo se tensaba de sorpresa.

Sus ojos se abrieron con incredulidad, pero no tuvo tiempo de gritar.

Un gorgoteo escapó de sus labios cuando intentó hablar, pero las palabras no llegaron.

—Lo siento, Viktor —murmuré, mientras lo empujaba contra el escritorio, sacando el cuchillo y volviendo a hundirlo una segunda vez.

El cuerpo de Viktor se desplomó en el suelo, sus manos aferrándose débilmente a la herida mientras la vida se desvanecía de sus ojos. Sentí una mezcla de horror y alivio al ver cómo su figura, antes tan imponente, se desmoronaba ante mí.

Respiré hondo, tratando de calmar el temblor en mis manos.

Había cruzado una línea de la que no había retorno.

Pero sabía que, al hacerlo, había protegido a Pablo por un poco más de tiempo.

Sabía que la caída de Viktor no significaba el fin del peligro, pero sí un respiro, un respiro que usaría para planear nuestra fuga.

Miré el cadáver unos segundos más antes de salir de la oficina. Afuera, la niebla seguía cubriendo Berlín, pero ahora sabía que la verdadera tormenta estaba a punto de desatarse. Me había convertido en un asesino.

Salí del edificio sin mirar atrás, las manos aún manchadas de sangre, el cuchillo guardado con prisa en el abrigo.

El aire frío me golpeó con fuerza, pero no lo sentí.

Mi mente estaba en un solo lugar: Pablo.

Sabía que el tiempo se había agotado. Matar a Viktor había sido necesario, pero también era el principio del fin.

La KGB no tardaría en descubrir su muerte y, cuando lo hicieran, todo lo que había construido en Berlín se desmoronaría.

La única opción que quedaba era huir, y rápido.

Corrí por las calles, mi respiración se entrecortaba por la adrenalina y el miedo, pero no podía detenerme.

Tenía que llegar a Pablo antes de que fuera demasiado tarde.

Las calles vacías de Berlín Oriental, con su gris asfixiante, parecían interminables, pero, finalmente, el edificio apareció ante mí.

Entré al apartamento como un torbellino, cerrando la puerta tras de mí con un golpe que resonó en el silencio.

Pablo se giró, sorprendido por mi entrada, sus ojos llenos de confusión al verme jadeante y con una expresión que no podía ocultar.

—¿Qué ha pasado? —preguntó, acercándose rápidamente.

Me acerqué a él, tomándolo por los hombros.

—Viktor está muerto —dije, las palabras saliendo a trompicones—. Lo he matado. No había otra opción, nos tenía acorralados, estaba a punto de descubrirlo todo. Si no lo hacía, tú… yo… —me interrumpí, intentando controlar el pánico—. Tenemos que salir de Berlín, ahora.

La cara de Pablo se tensó al instante. No hizo preguntas, no hubo necesidad. Habíamos hablado de esto tantas veces en susurros nocturnos, sabiendo que un día llegaría el momento en que tendríamos que correr. Y ese día, finalmente, había llegado.

—¿Tienes un plan? —preguntó, ya poniéndose la chaqueta, sabiendo que no había tiempo que perder.

—El Lobo —respondí—. Tenemos que encontrarlo. Él puede ponernos en contacto con los estadounidenses, los únicos que pueden sacarnos de aquí antes de que la KGB nos descubra. No sé cuánto pueden saber. Viktor llevaba semanas espiándome. Pueden aparecer en la puerta en cualquier momento.

El Lobo era nuestro enlace con el mundo subterráneo de la resistencia. Un hombre peligroso, sí, pero eficiente. Había trabajado durante años en las sombras, ayudando a desertores, espías y traidores a escapar del régimen. Si alguien podía sacarnos de Berlín, era él.