La última frontera HUGO Berlín Oriental, diciembre de 1967
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HUGO Berlín Oriental, diciembre de 1967

E l invierno en Berlín tenía la capacidad de engullir todo, no solo el sol.

En esos días grises, los edificios parecían desvanecerse entre la neblina, igual que las personas que los habitaban.

Todos caminaban con la cabeza baja, atrapados en su rutina y en el peso opresivo del régimen.

Pero, debajo de ese manto de indiferencia, corría una red de intrigas, conspiraciones y mentiras que tejían las vidas de quienes vivíamos entre sombras.

Durante años, había practicado un peligroso juego con la KGB y con la CIA.

Mientras Viktor, mi superior directo en la KGB, me creía leal, la CIA había tejido una red a mi alrededor que me ofrecía protección a cambio de información.

Y, entre ambos, Pablo había sido la cuerda floja sobre la que caminaba.

Nos veíamos con la misma discreción que cuando había empezado todo, sus visitas siempre al caer la noche, cuando las calles estaban desiertas.

Los años habían pasado, pero su rostro seguía manteniendo esa intensidad que había visto en él la primera vez.

Habíamos mantenido nuestra relación en secreto, incluso para las pocas personas que me quedaban cerca.

Anya y Elena, que seguían siendo parte de mi vida, no sabían nada de él.

Ellas sospechaban, claro, pero entendían que el silencio era la única forma de sobrevivir.

Todos habíamos aprendido a mentir. Todos teníamos motivos para ocultar algo a los demás.

Hasta lo más insignificante podía desenvolverse entre la mentira y esa necesidad de protegerlo del miedo. Hasta el amor.

Sabía que el tiempo se agotaba. Las visitas de Viktor se habían vuelto más frecuentes; sus preguntas, más incisivas.

¿Qué planes tenía la CIA? ¿Dónde estaba el futuro esperanzador que me prometían?

Sabía demasiado, había notado la preocupación en su rostro cuando me preguntó si seguía siendo leal.

Viktor no era un hombre fácil de engañar y, aunque había aprendido a jugar con las verdades a medias, una parte de mí sabía que estaba llegando al límite.

La CIA había penetrado en Berlín de una manera insidiosa, ofreciendo protección a cambio de información, y, en mi ambición por sobrevivir, me había convertido en un informante de ambos bandos.

Cada encuentro que tenía con Viktor, mi superior en la KGB, resultaba ser un juego de alto riesgo.

Los estadounidenses me daban información para que los rusos me dejaran seguir cerca de Pablo a la vez que les brindaba nueva información sobre lo que pasaba en la URSS.

«Esto pasará pronto. Un par de meses más», me repetía siempre el Lobo.

Así habían transcurrido cinco años. Cinco inviernos iguales, de cielos plomizos, colas interminables y cartas quemadas en hornillos oxidados.

Cinco años de códigos, citas en cafeterías repletas de humo y mensajes escondidos en periódicos.

Cinco años en los que cada mirada, cada palabra, podía significar la diferencia entre la vida y una celda en Hohenschönhausen.

Pero, a medida que el tiempo pasaba, me di cuenta de que, en realidad, lo que estaba haciendo era jugar con Pablo.

A veces, cuando me quedaba solo, pensaba en cómo había llegado hasta ahí.

No era solo la ideología, ni la promesa de una nueva Alemania, ni siquiera el dinero o el poder.

Era Pablo. Siempre lo fue. Había creído que podía protegerlo desde dentro, que mis maniobras podían mantenernos a ambos a salvo, pero la frontera —ese muro de piedra, alambre y silencio— nos separaba más allá de lo físico.

Era una línea trazada no solo en la ciudad, sino en nuestras almas.

Pablo era el destello de luz en aquella oscura realidad.

Cada encuentro clandestino era un refugio, una escapatoria de la vida que me había sido impuesta.

Nos veíamos en su apartamento, donde el aire estaba impregnado de la fragancia del vino y la calidez de su risa.

Allí, hablábamos en susurros, mientras afuera la nieve caía suavemente sobre la ciudad, un manto blanco que cubría las miserias del mundo. Solo quería que él estuviera bien.

Viktor llevaba años encima de mí justamente por eso.

Por el juego de mentiras en el que le daba algo que los británicos y los americanos querían que encontrara, pero no era tonto.

Era un hombre astuto, con u na habilidad inquietante para detectar cualquier desviación en la lealtad de sus informantes.

Su mirada penetrante y sus preguntas incisivas se sentían como una sombra constante, siempre a la espera de un descuido que pudiera desvelar mi doble vida.

Pero, con un poco de suerte, había logrado distraerlo.

Le proporcionaba noticias y detalles sobre operaciones menores de la CIA, información que mis superiores americanos me daban para que pudiera sostener la ilusión de lealtad.

Era un delicado equilibrio, una danza peligrosa donde cada paso en falso podía llevarme a una caída fatal.

La presión aumentaba cada vez que aparecía en la oficina de Viktor y su voz grave resonaba en las paredes.

En esos momentos, me esforzaba por aparentar tranquilidad, por mantener la fachada de lealtad.

Siempre había algo que contarle: una nueva operación que había oído, rumores sobre movimientos de la CIA, información que, si bien era cierta, estaba tan diluida que resultaba casi irreconocible.

—Borísov, necesito más —decía a menudo, sus ojos afilados como cuchillas—. ¿Tienes algo que contarme? Nada de lo que me das es relevante.

—No, Viktor. Todo parece en calma. Los estadounidenses están centrados en sus propios problemas. Pero siempre estoy atento —respondía, intentando mantener la compostura mientras mi corazón latía con fuerza.

La tensión crecía, pero sabía que podía sostenerlo un poco más.

Había aprendido a jugar con las verdades a medias, una habilidad necesaria para sobrevivir en este mundo de sombras y mentiras.

Sin embargo, el tiempo se estaba agotando.

Las visitas al apartamento de Viktor se habían vuelto más frecuentes, y sus preguntas, más incisivas.

Aquella tarde, tras una reunión con Víktor, salí con un sentimiento de que todo se me estaba escapando entre las yemas de los dedos.

Había logrado infiltrarme, a sus ojos, en los círculos más cercanos a Pablo.

Pero quería más. Nunca tenía suficiente.

Y yo nunca sabía cuánto podía contar sin que aquello supusiera una represalia para él.

Lo que había comenzado como una simple advertencia se convirtió rápidamente en una amenaza: «Si no me das la información que necesito, él será el primero en caer».

Esa noche, me encontré con Pablo en su apartamento. La tensión entre nosotros era palpable. Decidí actuar como si nada estuviera yendo mal, pero la culpa se me hacía un nudo en el estómago. Mientras nos abrazábamos, recordé las palabras de Viktor y las promesas que había hecho a la CIA.

—¿Qué harías si supieras que hay una trampa, Hugo? —me preguntó buscando mi mirada con una intensidad en los ojos que me desarmaba.

—Haría lo que fuera necesario para protegerte —respondí, sintiendo que mi corazón se partía en dos. Pero sabía que mis palabras eran un eco vacío.

El abrazo pareció más largo que de costumbre, como si ambos supiéramos que había algo irreparable en el aire.

La fragancia del vino, que solía llenarnos de un falso sentido de calma, ya no lograba apagar el fuego que ardía dentro de mí.

Mis manos temblaban ligeramente cuando me aparté de Pablo, intentando ocultar la tormenta que se gestaba en mi interior.

Sus ojos no dejaban de escudriñar mi rostro, buscando una verdad que no podía darle.

Me había vuelto a enamorar. Me había reencontrado con el nosotros del pasado.

Ese «nosotros» que existía antes de la guerra y el que había nacido en pleno conflicto, antes de que el mundo se quebrara y nos lanzara a destinos tan distintos que, por momentos, parecían irreconciliables.

Pero ahí estábamos, atrapados en este instante, como si el tiempo hubiera retrocedido.

Y, a la vez, algo se interponía, un peso que me aplastaba y que él podía sentir, aunque no supiera su origen.

Al final, era inevitable que el «nosotros» de antes de la guerra pareciese muy distinto en la posguerra.

Me había reencontrado con ese Pablo al que había querido tan profundamente, y cada palabra, cada susurro entre nosotros despertaba los ecos de quienes solíamos ser.

Sin embargo, esta vez, el amor no traía consigo la misma libertad que en el pasado.

En su mirada intensa encontraba la expectativa, la fe ciega que solía tener en mí y, a la vez, un miedo sutil que quizás él mismo no comprendiera del todo.

Sentía la amenaza de la traición latente, como una sombra que empezaba a oscurecer todo aquello que alguna vez había sido claro entre nosotros.

—¿Qué pasa, Hugo? —preguntó en un susurro que apenas rompió el silencio del apartamento.

—Es solo Viktor, ha estado más exigente últimamente —logré decir finalmente, dejando que la mitad de la verdad se deslizara en el espacio entre nosotros.

Él asintió, pero su expresión seguía siendo de preocupación.

—Estamos tan cerca, Hugo —dijo él en voz baja, como si hablara consigo mismo—. Solo tenemos que aguantar un poco más. Todo esto algún día terminará. Cada vez llegan noticias más alentadoras.

Sentí una presión en el pecho. «Aguantar un poco más» era lo que nos habíamos dicho durante años, una promesa vacía que sabíamos que, con el tiempo, se rompería.

Los treinta se habían convertido en cuarenta, y el pelo oscuro, en blanco.

Y yo estaba perdiendo la paciencia, pero no podía perder la cabeza.

—Lo sé —respondí finalmente, aunque mis palabras sonaban huecas incluso para mí.