La última frontera PABLO Berlín Oriental, abril de 1963
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PABLO Berlín Oriental, abril de 1963

S abía que Hugo iba a aparecer por allí.

En aquel edificio abandonado, el Lobo y yo esperábamos, en silencio.

Las sombras de la noche envolvían las paredes descascaradas, y solo el leve crujir de la madera rota bajo nuestros pies rompía la quietud.

Mi cuerpo estaba tenso, mis pensamientos revoloteaban entre la incertidumbre y el miedo.

Me repetía que, esta vez, debía controlarlo todo.

Nada de lo que ocurriera esa noche podía escapar de mis manos.

Había algo en el ambiente, una sensación densa, como si cada segundo que pasaba sin que Hugo llegara fuera una prueba de nuestra paciencia.

Miré de reojo al Lobo. Su semblante era impenetrable, una máscara de frialdad que nunca dejaba entrever lo que pensaba realmente.

No le gustaba Hugo, lo sabía, pero ambos lo necesitábamos.

Había visto una mancha en el papel encima de la mesa del comedor antes de salir de casa aquella mañana.

Un descuido de Hugo. La tinta corría en el borde, una señal de urgencia, pero me había bastado para entender que algo iba mal.

Todo lo que habíamos construido hasta ahora pendía de un hilo. Algo había cambiado en él.

De pronto, oímos pasos. Lentos, firmes. La figura de Hugo emergió de la penumbra del pasillo, su silueta se recortaba contra la luz tenue que entraba por las ventanas rotas. El Lobo y yo intercambiamos una mirada rápida.

Hugo se detuvo frente a nosotros, su rostro inescrutable, pero sus ojos me buscaron por un segundo, y en ese instante supe que, esa noche, todo cambiaría.

Esperaba que no estuviéramos allí, justo en la entrada, como dos sombras silenciosas aguardando por él.

Pude ver el desconcierto en sus ojos, aunque lo escondiera bien.

Se detuvo en seco, sus manos se tensaron levemente, como si estuviera listo para retroceder.

Debió de sentirse acorralado. No hacía falta ser un genio para notar que estaba a punto de girarse y largarse sin decir una palabra.

Vi cómo su mirada buscaba una salida, una ruta de escape que lo alejara de aquel lugar. Sabía que, en el fondo, siempre tenía una puerta trasera preparada. Hugo se había vuelto cauteloso, pero esta vez lo vi más ansioso, como si su propio juego estuviera empezando a volverse en su contra.

—Quédate —le dije, rompiendo el silencio. Mi voz salió más firme de lo que esperaba, como si fuera una orden disfrazada de súplica.

Él me miró por un instante, y noté el conflicto en su rostro. Sabía que quería irse, que estar allí con nosotros lo hacía sentirse vulnerable, expuesto. Pero también sabía que no podía, no sin que todo lo que habíamos compartido quedara en evidencia.

—Tenemos que hablar —añadí, intentando mantener el control, aunque el miedo a que todo se desmoronara me quemaba por dentro.

El Lobo, a mi lado, no dijo nada, pero su presencia bastaba para dejar claro que no había opción. Si Hugo se marchaba ahora, no habría vuelta atrás.

La tensión en la habitación era palpable.

El aire estaba cargado de expectación, mientras el Lobo me observaba con esos ojos penetrantes, como si midiera cada uno de mis movimientos.

Hugo, frente a nosotros, mantenía su compostura, pero podía ver cómo las preguntas y las dudas bailaban en su cabeza.

No era casualidad que hubiéramos escogido ese momento para hablar con él, y mucho menos que lo hubiéramos citado en un edificio abandonado, lejos de oídos indiscretos.

El Lobo fue el primero en romper el silencio.

—Sabemos lo que estás haciendo, Borísov—dijo, su voz grave, aunque calculada, sin dejar lugar a errores—. La KGB confía en ti, cree que eres uno de los suyos. Lo has hecho bien hasta ahora.

Hugo no reaccionó de inmediato, pero pude ver cómo sus músculos se tensaban ligeramente, como si estuviera preparándose para lo que iba a venir. Sabía que no iba a ser una conversación normal. El Lobo tenía algo en mente, algo que iba a cambiar el curso de todo.

—Pero hay una oportunidad, una que no puedes dejar pasar —continuó el Lobo, dando un paso hacia él—. La KGB no es tu única opción. De hecho, es la peor de todas.

Yo observaba a Hugo con detenimiento. Sus ojos no revelaban nada, pero el ambiente de la habitación se volvía más denso con cada segundo que pasaba en silencio. Sabía que esto lo tomaría por sorpresa, pero también sabía que era lo suficientemente inteligente como para captar las señales.

—Te estamos ofreciendo una alternativa —dije, interviniendo antes de que el Lobo pudiera seguir presionando—.

Sabemos que no confías en ellos, y tampoco deberías.

Y no lo sé porque me lo hayas dicho tú, pero sé quién eres.

Y sé que algo te dice que esto está mal.

Pero puedes mantenerte en tu lugar un tiempo y trabajar con nosotros.

El Lobo asintió con los ojos fijos en Hugo. Lo hacía porque sospechaba de él, como si fuera a hacer cualquier cosa mientras que yo lo veía tan indefenso…

—La CIA —añadió, con la misma calma—. Sabemos que tienes acceso a información valiosa.

Puedes seguir con los rusos, hacerles creer que eres su hombre, pero, en realidad, estarás trabajando para nosotros.

Nos informarás de sus movimientos, de lo que planean.

Con el tiempo, te aseguramos que saldrás de todo esto. Libre.

El impacto de sus palabras flotaba en el aire. Hugo estaba siendo captado para espiar a quienes pensaban que lo controlaban. Le estábamos proponiendo un juego doble, peligroso, pero lleno de promesas que no sabíamos si podríamos cumplir.

Hugo permanecía en silencio, pero pude ver en sus ojos que procesaba lo que acabábamos de decirle.

Sabía que la oferta era tentadora y que, aunque no lo admitiría de inmediato, la idea de traicionar a la KGB le ofrecía una salida.

Una manera de sobrevivir en un mundo donde la lealtad no garantizaba nada.

—Te piensas que va a ser fácil —dijo finalmente, en voz baja, casi un susurro. Lo hizo mirándome a los ojos—. Si la KGB me descubre, estoy muerto. ¿Piensas que estoy feliz en este juego?

—Si sigues con ellos, tarde o temprano te matarán de todas formas —dije, con firmeza—. La diferencia es que con nosotros tienes una opción. Nosotros no te abandonaremos.

El Lobo caminó lentamente alrededor de la habitación, sus pasos resonando en las paredes vacías.

—Estarás protegido. Si haces esto bien, si nos das lo que necesitamos, la KGB jamás sabrá que estuviste con nosotros. Ellos pensarán que sigues siendo su espía leal, mientras que, en realidad, serás nuestra mejor arma contra ellos.

Hugo se pasó una mano por el rostro, claramente abrumado por el dilema que ahora se le presentaba.

Sabía que, si aceptaba, no habría vuelta atrás.

Espiar para la CIA mientras la KGB pensaba que estaba de su lado era una trampa mortal.

Pero al mismo tiempo, sabía que la alternativa, permanecer fiel a los rusos, no le garantizaba nada. Quizás incluso aceleraría su fin.

—¿Y si digo que no? —preguntó, aunque parecía que ya conocía la respuesta.

—No tienes muchas opciones —respondió el Lobo, su tono inalterable—. No nos rechazas. O estás con nosotros o sigues siendo un peón para ellos… y el tiempo para los peones siempre se acaba.

El silencio volvió a caer sobre la habitación. Yo esperaba su respuesta, sabiendo que cualquiera que fuera su decisión, las reglas del juego ya habían cambiado.

Finalmente, Hugo levantó la vista y me miró, sus ojos desprovistos ya de la dureza inicial.

—¿Cómo me mantendré con vida? —preguntó.

—Nos encargaremos de que sigas siendo útil para ambos —le respondí con un tono tierno, acercándome a él—. Tienes que ser más listo que ellos. Y lo eres. Ellos nunca lo sabrán.

Él asintió, casi imperceptiblemente, como si estuviera firmando un pacto silencioso con nosotros.

El Lobo volvió a acercarse lentamente, sus pasos apenas resonaban en el suelo.

Parecía medir cada palabra antes de soltarla, saboreando el poder que tenía en ese momento.

Hugo seguía en silencio, sus ojos oscilaban entre los míos y los del Lobo, como si intentara leer en nuestras miradas alguna señal de escape.

Pero lo que venía no era una salida fácil; era un laberinto sin regreso.

—Podríamos sacarte de aquí, Alexandr —dijo el Lobo, su tono más bajo, más íntimo—.

Llevarte lejos, a un lugar donde jamás te encontrarían.

No tendrías que mirar sobre tu hombro ni temer que te atrapasen.

Tampoco las represalias que sabemos que toman cuando no conseguís lo que os piden.

Protección completa. Nueva vida. Desaparecerías.

La oferta quedó suspendida en el aire como una promesa que tenía un peso casi tangible.

Hugo lo miró fijamente y, aunque su rostro no mostró emoción, podía ver cómo las palabras del Lobo lo golpeaban.

Sabía lo que significaba aquello. Sabía que la KGB no perdonaba y que, por mucho que fuera su espía leal, una vez que dejara de ser útil, lo harían desaparecer sin pensarlo dos veces.

—¿Y qué tendría que hacer? —preguntó Hugo, su voz calmada, aunque con un leve temblor que delataba su agitación interna.

—Ayudarnos —dije, interviniendo—. Tienes que seguir trabajando para ellos, pero, en realidad, trabajando para nosotros.

Nos dirás lo que están planeando, lo que saben.

Cada detalle. Mientras ellos crean que sigues siendo su hombre, tú nos estarás dando lo que necesitamos para ir un paso por delante de ellos.

Y, cuando llegue el momento… te sacaremos de Berlín.

De Moscú. De cualquier sitio donde puedan encontrarte.

El Lobo asintió.

—Tendrás protección total. Un nuevo nombre, un nuevo lugar, lejos de toda esta mierda. —Hizo una pausa, acercándose aún más a Hugo—. Pero tienes que ser inteligente. No puedes fallar. Porque, si lo haces, ya sabes cómo terminan estas historias.

Hugo permaneció en silencio por un largo instante, debatiéndose claramente con sus pensamientos.

Sabía que la oferta era su mejor opción, pero también sabía lo que implicaba: traicionar a la KGB, traicionar todo lo que había sido obligado a construir durante tanto tiempo.

Y, aunque había sobrevivido a muchas cosas, el peso de esta decisión era diferente.

Tenía que estar seguro de que lo que elegía era más que una simple traición, era la llave para su libertad.

—¿Qué me asegura que me sacarán cuando lo necesite? —preguntó al fin, su tono más frío, más calculado.

—Tienes mi palabra —respondió el Lobo, con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos—. Y créeme cuando te digo que no damos segundas oportunidades.

La habitación quedó en silencio una vez más, mientras Hugo procesaba lo que acabábamos de ofrecerle. Sabía que, si aceptaba, cruzaría un punto de no retorno. Tendría que caminar sobre una cuerda floja, fingiendo lealtad a ambos, pero sabiendo que, al final, uno de ellos lo querría muerto.

Finalmente, Hugo asintió, su rostro aún imperturbable, pero sus ojos llenos de una resolución fría.

—Lo haré —dijo.

Sabía que acababa de firmar un pacto que definiría su vida, quizá su supervivencia, pero también su caída. El Lobo sonrió y le tendió la mano.

—Bienvenido al juego, Alexandr .