La última frontera HUGO Berlín Oriental, diciembre de 1967 #4
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HUGO Berlín Oriental, diciembre de 1967 #4

Nos adentramos, siguiendo al hombre, sabiendo que con cada paso dejábamos atrás todo lo que habíamos conocido.

Atravesaríamos la frontera, pero el futuro que nos esperaba seguía siendo incierto.

Solo sabíamos que teníamos que seguir adelante, a pesar del miedo, del peligro y del peso de las decisiones que habíamos tomado. No había vuelta atrás.

Mientras seguíamos al contacto estadounidense hacia el túnel, el frío de Berlín se colaba en mis huesos, pero no era solo el clima lo que me hacía temblar.

Habíamos llegado tan lejos, esquivando balas y sombras y, sin embargo, mientras nos acercábamos a la entrada del túnel que nos llevaría fuera, una duda comenzó a enraizarse en mi interior.

Mis pensamientos se volvieron a Anya y a Elena.

Ellas no sabían nada de lo que había ocurrido, de la tormenta que pronto las golpearía.

Si la KGB descubría la muerte de Viktor, ellas serían las primeras en caer.

A medida que nos aproximábamos a la entrada del túnel, mi respiración se hizo más pesada.

Sentía que un nudo comenzaba a formarse en mi garganta.

No podía dejarlas, no podía permitir que cargaran con las consecuencias de mis decisiones.

Viktor ya estaba muerto, y el reloj avanzaba rápido, pero ellas aún estaban allí, atrapadas en una telaraña que yo mismo había tejido.

Me detuve de golpe. Pablo, que estaba a mi lado, notó mi cambio y se giró hacia mí, con una expresión de desconcierto.

—¿Qué pasa? —preguntó en apenas un susurro.

El agente estadounidense también se dio la vuelta, pero yo levanté la mano, indicándole que siguiera. Este hombre, desconocido para mí hasta ese momento, no tenía idea del peso que cargaba mi conciencia. Solo entendía la misión, el cruce, la supervivencia.

—No puedo —murmuré, más para mí que para Pablo.

—¿Qué? —repitió él, confundido.

—No puedo dejar a Anya y a Elena. —Sentí el dolor de las palabras mientras las pronunciaba. Mis labios temblaban al imaginar lo que podría sucederles.

Pablo me miró, sus ojos oscuros escudriñando los míos, buscando una razón para mi decisión. No lo entendía, y no lo culpo. Para él, esa era nuestra única oportunidad de escapar, de vivir, de encontrar algo de paz en medio de tanta oscuridad. Pero yo sabía que el precio era demasiado alto.

—Tienes que seguir, Pablo —dije, con la voz quebrada por la angustia.

—¿Qué estás diciendo? —Su tono se volvió tenso, casi enfadado—. No te dejaré aquí. Nos vamos juntos, como habíamos planeado.

Sabía que esto iba a ser difícil. Pablo siempre había sido fuerte, decidido, y no abandonaría sin pelear. Pero no había tiempo para una discusión larga.

—Ellas están en peligro. Viktor está muerto y, cuando lo descubran, irán tras nosotros. Anya y Elena no saben nada, pero no les importará. Alguien pagará por esto, y no puedo dejarlas solas.

Pablo negó con la cabeza, los ojos teñidos de desesperación.

—No puedes volver, Hugo. Si te quedas, te matarán. Nos hemos salvado tantas veces… ¡No puedes rendirte ahora!

—No me estoy rindiendo. Estoy eligiendo. Ellas no tienen a nadie, y yo no puedo abandonarlas. Pero tú tienes que irte. No puedo arrastrarte más a esto.

Me acerqué a él, sentí el calor de su cuerpo, y supe que aquella sería la última vez que lo tendría cerca. Mi corazón se rompía con cada segundo, pero no había vuelta atrás. No podía pedirle que me siguiera en esta locura, que compartiera mi condena.

Pablo me miró, con los ojos llenos de tristeza y rabia contenida. Su mandíbula se tensó, y yo podía ver el dolor que esto le causaba. Pero no podía ceder.

—Hugo, no… no me hagas esto —susurró.

Apreté su mano una última vez y, aunque todo mi ser quería besarlo, sabía que no podía. No en este momento, no cuando la vida de tantas personas dependía de nuestras decisiones. Me separé de él y, con un nudo en la garganta, forcé una sonrisa triste.

—Sobrevivirás, Pablo. Saldrás de aquí. Tienes que hacerlo.

Antes de que pudiera replicar, me giré hacia la entrada del túnel.

Pablo dio un paso hacia mí, pero me moví rápido, tirando de una pesada barra de hierro que se apoyaba contra la pared.

Con un esfuerzo desesperado, la coloqué en su sitio, bloqueando la entrada de manera rudimentaria.

Sabía que no resistiría mucho, pero le daría el tiempo suficiente para escapar.

—¡Hugo! —gritó, golpeando la puerta de hierro.

Sentí su furia, su desesperación, pero no podía ceder. Si me quedaba, solo los pondría en peligro a todos.

—Ve. ¡Por favor! —le grité al otro lado del túnel.

El eco de su voz resonó una última vez, pero después todo quedó en silencio. Lo había obligado a elegir la libertad, mientras yo volvía al fuego. Sabía que lo que me esperaba en Berlín no sería fácil, pero no podía seguir adelante si dejaba a Anya y a Elena a merced del régimen.

Di la vuelta, respirando profundamente. Ahora debía ser rápido.

A través de la barrera improvisada que había colocado en la entrada del túnel, escuché los golpes desesperados de Pablo.

Mi corazón se partía en mil pedazos, pero debía mantenerme firme.

No podía permitir que él se quedara y cargara con las consecuencias de mis decisiones.

Todo estaba fuera de control, pero, si algo tenía claro, era que debía protegerlo, incluso de mí mismo.

De repente, su voz atravesó el silencio.

—¡Hugo! —gritó con furia y dolor—. ¡Cuando todo termine, nos encontraremos en el Muro, junto a la Puerta de Brandeburgo en el lado occidental! ¡Prométemelo!

Me quedé en silencio por un momento, el eco de sus palabras retumbando en el túnel oscuro.

Sabía lo que significaba. Era un grito de esperanza en medio de la desesperación, un juramento para un futuro incierto, una promesa de que, si el mundo cambiaba, si la libertad finalmente llegaba a Berlín, aún habría un lugar para nosotros.

Tragué con fuerza y me acerqué lo más que pude a la barrera. Sentí sus manos golpeando del otro lado y cerré los ojos, imaginando que por un breve segundo nuestras vidas no estaban tan rotas.

—¡Te lo prometo, Pablo! —grité de vuelta—. ¡Junto a la Puerta de Brandeburgo, cuando todo esto acabe!

Supe que me había escuchado, pero no hubo más palabras. Un silencio tenso se apoderó del túnel y, con ello, comprendí que se alejaba, rumbo a la libertad que yo no podía compartir.

Nadie pudo salvarme de aquello …