PABLO Berlín Oriental, febrero de 1963 #3
Los segundos se alargaron como si fueran horas.
Ninguno de los dos dijo una palabra, pero no hacía falta.
Borísov me había reconocido. Lo vi en el ligero fruncimiento de sus cejas, en la tensión apenas visible en su mandíbula.
No era solo la sorpresa, era algo más profundo.
Era como si ambos supiéramos que este momento había sido inevitable desde el principio, como si todo lo que habíamos hecho nos hubiera conducido exactamente a este lugar y a esta exposición.
El aire se volvió denso entre nosotros, cargado de todo lo que no se había dicho en años, de los recuerdos enterrados y de las cicatrices que compartíamos.
—Albert… —murmuró finalmente, apenas audible, como si pronunciar mi nombre significara devolverme de algún modo a su realidad.
Mi corazón saltó al escucharlo decir mi nombre después de tanto tiempo. No sabía si era alivio, miedo o algo más lo que sentía en ese instante, pero sabía que había cruzado una frontera invisible. El juego había cambiado.
—Hugo —respondí, mi voz baja, tensa, como si nombrarlo significara reafirmar que el hombre que tenía delante no era una ilusión.
Nos quedamos allí, mirándonos, como si el mundo a nuestro alrededor no existiera. Nos reconocimos en ese silencio pesado, en esa conexión rota que, de alguna manera, nunca había terminado de desaparecer.
Mantuvo su mirada fija en la mía por un instante más, pero rápidamente su expresión cambió, se volvió fría, controlada. Los murmullos de la galería parecían recobrar vida a nuestro alrededor, trayéndonos de vuelta a la realidad.
—Aquí no —susurró, apenas moviendo los labios.
Sin decir nada más, dio media vuelta con la misma calma que había mostrado al entrar.
Se deslizó entre la multitud, dejándome solo frente al retrato del militar que había sido testigo de nuestro reencuentro.
Me quedé ahí, intentando procesar lo que acababa de pasar, sintiendo la urgencia de seguirlo, pero también sabiendo que Hugo tenía razón. No era el momento ni el lugar.
Mis ojos lo siguieron sin moverme del sitio, viendo cómo se alejaba hacia una de las esquinas de la galería.
Después de un rato, lo vi desaparecer detrás de una puerta, la que llevaba a los baños.
La decisión fue casi automática. Mi cuerpo empezó a moverse antes de que mi mente pudiera oponerse.
Caminé tras él, asegurándome de no levantar sospechas.
Al llegar al baño, empujé la puerta y lo vi allí, de espaldas a mí, inclinado sobre una de las letrinas.
El ruido del agua corriente y el eco de las paredes azulejadas llenaban el espacio.
Nadie más estaba dentro. Me acerqué lentamente y, sin mirarnos, ambos nos colocamos en las letrinas, como si aquello fuera lo más natural del mundo.
—Berlín tiene ojos. Siempre hay alguien mirando —dijo Hugo en voz baja, sin apartar la vista del frente—. Es mejor ser discretos.
Podía sentir la tensión en su voz, esa mezcla de advertencia y algo más. Sus palabras eran un recordatorio de dónde estábamos y del peligro constante que nos rodeaba. No era solo un comentario casual, era una lección de supervivencia. Ambos sabíamos lo que significaba ser observados.
—¿Dónde vives? —me preguntó de repente, con su tono directo.
—En Prenzlauer Berg —respondí, la dirección exacta ya en mi cabeza, pero sin atreverme a decirla en voz alta, consciente de las paredes que podrían escuchar.
—Vete —dijo sin vacilar, cerrando la cremallera y dándose la vuelta para mirarme por primera vez desde que habíamos entrado al baño—. Tras la exposición iré a verte.
Había algo definitivo en su voz, como si no hubiera espacio para la duda o el debate. Sabía que no podía insistir. Hugo no siempre había sido así, seguro y calculador. Pero, si decía que vendría, lo haría. Lo mejor que podía hacer era obedecerlo y desaparecer de allí lo más rápido posible.
Tocaron a la puerta de forma acelerada, casi frenética, como si el tiempo se hubiera vuelto un lujo que no podían permitirse. El sonido resonó en el pequeño apartamento, rompiendo el silencio pesado que había reinado desde que había llegado a casa hacía ya varias horas.
El reloj en la pared marcaba las once pasadas. La ciudad seguía viva afuera, pero en mi mundo todo estaba en pausa, a la espera. Sabía quién era, o al menos, tenía una idea.
Me levanté lentamente del sillón, mi cuerpo tenso, las piernas ligeramente entumecidas por el tiempo que había pasado sentado, esperando. Crucé el estrecho pasillo en tres pasos rápidos y, antes de abrir, respiré hondo. Si era él, todo cambiaría esta noche.
Giré el pomo con cuidado y, al abrir la puerta, me encontré con la figura de Hugo, de pie frente a mí, su abrigo aún empapado por la humedad del frío exterior, la mirada intensa y cansada a la vez.
Nos miramos en silencio durante un segundo que pareció alargarse como si ambos estuviéramos calibrando qué decir, qué hacer.
Entró apresuradamente, sin esperar ni un segundo, y yo cerré la puerta tras él mientras se movía por la habitación con rapidez, casi de manera automática.
Lo vi dirigirse a cada ventana, tirando de las cortinas, asegurándose de que ninguna rendija quedara abierta.
Su mirada era rápida, evaluando cada rincón de la estancia como si en cualquier momento algo o alguien pudiera irrumpir desde la oscuridad.
Yo permanecí junto a la puerta, observando cómo su cuerpo tensaba cada gesto.
Cerraba cada cortina con más fuerza de la necesaria, como si intentara contener algo más que solo la luz que pudiera entrar desde la calle.
Algo en su forma de moverse me decía que ya no estaba solo preocupado, sino que estaba jugando a ganar tiempo.