La última frontera PABLO Berlín Oriental, febrero de 1963 #4
91%

PABLO Berlín Oriental, febrero de 1963 #4

—¿Qué está pasando? —le pregunté, intentando que mi voz sonara firme a pesar del nudo que se me empezaba a formar en el estómago.

Hugo, ahora frente a la última ventana, tiró de la cortina con un gesto definitivo.

La habitación quedó sumida en la penumbra, apenas iluminada por una tenue lámpara en una esquina.

Giró hacia mí, sus ojos oscuros y cargados de una gravedad que no había visto en él desde la última vez que habíamos estado así, cara a cara, en otro tiempo, en otra vida.

Hugo se quedó allí, inmóvil, y me miró como si estuviera viendo algo que no había esperado encontrar. Su respiración era pesada, tenía los hombros ligeramente caídos, como si toda la tensión de la ciudad se hubiera aferrado a él.

—¿Eres tú? —preguntó de repente con su voz rompiendo el silencio, cargada de una mezcla de incredulidad y cansancio, mientras dejaba que sus ojos se fijaran en los míos con una intensidad que me congeló por un segundo.

Sentí cómo las palabras se me atoraban en la garganta. No estaba seguro de lo que esperaba escuchar, ni si esa pregunta era un reto o un intento de confirmar algo que él ya sabía. La habitación, de repente, se hizo más pequeña, las paredes parecían cerrar el espacio entre nosotros.

—Soy yo —respondí finalmente, mi voz más baja de lo que esperaba, casi un susurro.

La duda en su rostro se desvaneció, pero lo que quedó en su lugar no fue alivio, sino algo más profundo, más oscuro. Hugo se llevó una mano al pelo y se lo despeinó, como si intentara ordenar los pensamientos que parecían estar desbordándose dentro de su mente.

—Durante todo este tiempo… —murmuró, más para sí mismo que para mí.

Sus palabras cayeron como piedras entre nosotros, y por primera vez desde que había entrado en mi casa, sentí que estábamos a punto de cruzar una línea de la que ninguno de los dos podría regresar.

Hugo me miró por unos segundos más, el silencio pesado entre nosotros cargado de todo lo que no se había dicho.

Entonces, sin previo aviso, se me acercó, dando un paso hacia mí que hizo que mi corazón se acelerara.

Pude sentir el calor de su cuerpo antes de que sus manos, firmes pero temblorosas, se apoyaran en mi rostro.

No hubo palabras. Solo el roce de sus labios contra los míos.

El beso fue intenso, lleno de una urgencia reprimida, como si los años de distancia y de no saber si volveríamos a vernos hubieran creado una necesidad que ya no podía contenerse.

Mi espalda se apoyó contra la pared mientras sus manos descendían por mi cuello, aferrándose a mi camisa, como si temiera que me desvaneciera.

Seguí su beso con la misma intensidad, con la mente perdida en el momento, olvidando cualquier peligro, cualquier duda.

Nuestros cuerpos se acercaron más y, lo que comenzó como un beso desesperado se fue volviendo más profundo, más consciente.

Sus labios eran suaves pero firmes, y su respiración se mezclaba con la mía mientras su mano recorría mi pecho, desabrochando los botones uno a uno.

Los minutos se desvanecían y el mundo fuera de esas cuatro paredes parecía desintegrarse. Mi propia respiración se hacía más rápida mientras sentía sus manos explorar cada centímetro de mi piel, su cuerpo presionado contra el mío, tan cerca que ya no sabía dónde terminaba él y empezaba yo.

Nos movimos hacia el sofá, sin romper el contacto.

Mi camisa cayó al suelo y la de él la siguió pronto, dejando la piel expuesta al roce de las manos, al calor compartido.

Sus dedos, cálidos y seguros, descendieron lentamente por mi espalda, mientras nuestras respiraciones se volvieron jadeos entrecortados.

Cada contacto de su piel contra la mía encendía algo más profundo dentro de mí, una necesidad que había estado dormida durante años. Sentía el peso de su cuerpo sobre el mío, el calor de su piel desnuda mientras nuestras manos se encontraban en un ritmo que parecía imposible de detener.

Sus labios descendieron lentamente por mi cuello, dejando una estela de calor que hacía difícil pensar en otra cosa que no fuera el presente, el momento que compartíamos.

Mis manos recorrían su espalda, sintiendo cada músculo moverse bajo la piel, mientras nuestros cuerpos se entrelazaban de forma instintiva, buscando ese contacto que parecía necesario, inevitable.

Cada roce, cada movimiento, parecía un eco de algo más profundo, algo que habíamos perdido en el tiempo pero que ahora nos reclamaba.

Nuestros cuerpos se movían al unísono, como si cada gesto fuera un lenguaje que habíamos olvidado, pero que ahora recordábamos perfectamente.

Era un baile íntimo, lleno de deseo reprimido y de emociones que no podíamos negar.

El espacio entre nosotros se hacía cada vez más pequeño, hasta que solo quedaban nuestras respiraciones, entremezcladas, y la certeza de que no había vuelta atrás. Los sonidos de la ciudad se desvanecieron y, por un momento, solo existíamos él y yo, enredados en algo más grande que nosotros mismos.

Aquella noche fue la primera de las muchas que volvieron .