PABLO Berlín Oriental, febrero de 1963 #2
—Y ahí es donde entras tú —añadió el Lobo, apagando su cigarrillo—. No solo se trata de espiar. Necesitas entender quién es realmente Borísov, cuál es su verdadera lealtad.
Me quedé en silencio, intentando asimilar lo que significaba esa nueva faceta de Borísov. No solo lo hacía más intrigante, sino también más peligroso. Un hombre que sabía moverse en dos mundos, que ocultaba una parte de sí mismo, era alguien que no se podía subestimar.
—Y recuerda —añadió el Lobo mientras me levantaba para irme—, Borísov no es solo un objetivo. Es un hombre con una mente creativa. Y las mentes creativas… son impredecibles.
Lo sabía. Lo conocía bien, pero nada le importaba a él.
Salí del café con una sensación nueva. La entrada en mi bolsillo ya no era solo un pase para acercarme a Hugo, era una llave a su mundo interior, un mundo que podría ser tanto su fortaleza como su debilidad.
Asentí en silencio. Sabía que cada palabra suya era un recordatorio de lo que ocurriría si algo salía mal.
Mis dedos repasaban las líneas de un mapa del barrio donde se encontraba la galería Kroll.
Había memorizado cada entrada, cada salida, cada rincón en el que alguien podría desaparecer en caso de problemas.
No me podía permitir errores. Borísov era demasiado importante y el hecho de que fuera pintor solo hacía que su mundo estuviera lleno de sombras, de rincones a los que no había llegado aún.
Había pasado los últimos días revisando mi plan una y otra vez. Si algo salía mal, nadie me sacaría de allí. No tenía refuerzos, ni aliados en las sombras. Solo estaba el Lobo y su sutil amenaza de que, si fallaba, no viviría para contarlo.
El espejo de mi pequeña habitación en Berlín reflejaba la imagen que me había esforzado en crear.
Era crucial encajar, no destacar, ser uno más entre los asistentes a la exposición.
Llevaba un traje de corte sencillo, gris oscuro, con solapas estrechas y una corbata delgada.
El pelo, engominado hacia atrás, se quedaba firme en su sitio.
Cada detalle importaba, incluso ese. Parecía que solo faltaba el sombrero para que el disfraz fuera perfecto, pero ya casi nadie los llevaba.
Cuando finalmente llegó la hora, me puse el abrigo largo y me guardé la entrada en el bolsillo. Sentía el peso de la misión en cada paso, como si algo invisible se apretara en mi pecho. Sabía que esta no sería una simple exposición. Era algo mucho más grande.
El aire frío de Berlín me golpeó en cuanto salí a la calle.
Las luces de los faroles iluminaban las aceras húmedas y reflejaban los rostros apagados de los berlineses que caminaban rápido, como si siempre tuvieran algún lugar al que llegar.
Me dirigí hacia la galería, pasando por las mismas calles que había trazado en mi mente mil veces.
Mis pasos eran rápidos, pero mi mente estaba alerta, revisando cada esquina, cada sombra.
Sentía el roce del reloj de pulsera en mi muñeca, el ligero peso de la entrada en mi bolsillo.
El frío de la calle me cortaba el rostro, pero no me molestaba; me mantenía atento.
Caminé con determinación hacia la galería Kroll, cada paso medido.
El eco de mis zapatos resonaba en las calles vacías, mientras los carteles propagandísticos en las esquinas recordaban la vigilancia constante.
En ese lugar, uno nunca caminaba solo. Siempre había ojos.
La galería estaba ubicada en una zona relativamente tranquila, lejos de las principales avenidas, y tenía ese aire solemne que siempre acompaña a los lugares que exhiben arte.
Al llegar, noté de inmediato la seguridad en la puerta.
Dos guardias controlaban la entrada, revisando cada invitación con detenimiento, pero mi pase era legítimo. No había razón para sospechar de mí.
Presenté la entrada y, tras una breve inspección, me dejaron pasar.
El interior de la galería estaba iluminado con una luz suave y cálida que contrastaba con el frío de afuera.
Había ya un buen número de personas, todas caminando lentamente entre las obras expuestas, murmurando en voz baja.
Me detuve un momento, escaneando la sala.
Entre los rostros que se movían, algunos me parecían familiares, pero no sabía si era fruto de mi paranoia o si realmente ya había cruzado caminos con algunos de ellos.
Me dirigí hacia una de las paredes laterales, buscando una mejor posición desde donde observar la entrada.
Me detuve frente a un cuadro de paisajes rusos.
Era de un verde profundo, los trazos algo toscos pero llenos de nostalgia.
Un paisaje que evocaba tiempos que ya no existían o que tal vez nunca habían existido.
Los murmullos de los asistentes flotaban a mi alrededor, pero yo seguía con la mirada fija en la entrada.
Y entonces, lo vi. Borísov.
Entró con la misma calma con la que siempre lo hacía, como si el tiempo se moviera más despacio a su alrededor.
Su pelo se había vuelto ligeramente canoso en las patillas, con esas mismas líneas duras que recordaba.
Lo llevaba sin engominar, con la raya hecha hacia el lado izquierdo.
Vestía un abrigo negro, y aunque su porte era el de un hombre imponente, algo en su expresión revelaba cansancio.
Sus ojos recorrían la sala, pero no como alguien que busca reconocimiento.
Era más bien como si estuviera esperando algo.
Me quedé quieto, sin moverme ni un centímetro, observando cómo avanzaba por la galería. A su alrededor, un pequeño grupo de conocidos lo saludaba y él respondía con una leve inclinación de cabeza, cortés pero distante.
Mi misión era observar y, sobre todo, esperar el momento adecuado para actuar.
La exposición estaba llena de propaganda comunista disfrazada de arte.
Los retratos de líderes y figuras importantes del régimen ocupaban las paredes principales, monumentales y fríos.
Sus miradas severas, sus posturas rígidas, todo diseñado para imponer respeto y temor.
Cada pincelada era un recordatorio de la autoridad omnipresente, de las reglas que regían nuestras vidas.
Los cuadros más pequeños, discretos en las esquinas, mostraban escenas de trabajadores, campesinos y fábricas que funcionaban como relojes perfectos.
Pero lo que más me llamó la atención fueron los nombres al pie de las obras. «Borísov», una y otra vez.
Su estilo era inconfundible, severo, pero con una tensión oculta, como si cada cuadro contuviera un susurro de duda, de rebelión apenas perceptible.
Me encontraba frente a uno de sus retratos, un cuadro de un hombre de expresión dura, vestido con un uniforme militar.
La luz que caía sobre el lienzo hacía que las líneas de su rostro parecieran aún más marcadas, casi desproporcionadas.
Lo miraba sin realmente verlo, con la mente ocupada en algo distinto, en lo que vendría después.
—Sabe, he notado que me ha estado siguiendo estos días. —Una voz tranquila y profunda rompió el silencio a mi lado. Me hablaba en castellano y aquello me sorprendió.
Me quedé inmóvil, mi corazón saltó un latido, pero no aparté la mirada del cuadro. Sabía quién era y lo que significaba esa voz.
—¿Sabe quién soy? —pregunté, sin dejar de mirar el retrato frente a mí, como si la conversación no fuera más que otro susurro entre el murmullo de la galería.
Borísov, de pie junto a mí, mantenía la vista fija en el mismo cuadro. Ni una palabra más. El silencio se alargó entre nosotros, pero no era incómodo, era cargado de significado, como si ambos estuviéramos esperando a que el otro diera el siguiente paso.
—Sé lo suficiente —respondió, finalmente; su tono controlado, carente de cualquier emoción evidente—. Sé que no está aquí por amor al arte.
Mi respiración se mantuvo firme, pero mi mente corría. La tensión en el aire era palpable, como si las palabras no dichas fueran más importantes que las que compartíamos. Ambos mirábamos el retrato, pero había algo más en juego.
—El arte puede ser una buena excusa para muchas cosas —respondí suavemente, sin alterar mi expresión.
Borísov dejó escapar una risa corta, seca, sin apartar la vista del cuadro. Era una risa que no traslucía alegría, solo el reconocimiento de lo obvio.
—Cierto, pero no le veo como alguien que venga a admirar la propaganda —replicó, su tono todavía neutro, casi indiferente, pero con un filo oculto—. Los ojos nunca engañan. Ha estado usted demasiado atento, demasiado cerca.
Me arriesgué a mirarlo de reojo. Su rostro seguía impasible, pero había algo en su postura, en la forma en que sus dedos acariciaban el borde de su abrigo, que delataba que sabía más de lo que decía.
—No soy el único que ha estado observando —le dije, midiendo mis palabras—. ¿Por qué estoy aquí, entonces? Si sabía que le seguía, podría haber hecho algo antes.
Se giró hacia mí, despacio, como si quisiera asegurarse de que cada movimiento contara.
Yo, sin pensarlo, hice lo mismo. Por un breve momento, estuvimos frente a frente, rodeados por los murmullos de la galería, el eco lejano de las voces, y las luces cálidas que caían sobre los cuadros.
Pero en ese instante, todo lo demás desapareció. Éramos solo él y yo.
Lo miré a los ojos, esos mismos ojos que recordaba de otros tiempos, de otro lugar.
Y, entonces, algo cambió en su mirada. Al principio pareció no reaccionar, pero vi cómo una pequeña chispa de reconocimiento surgía lentamente, como si hubiera conectado las piezas de un rompecabezas que había estado intentando resolver.
Su expresión permaneció inmutable, pero sus ojos… sus ojos lo decían todo. Sabía quién era yo. Y yo lo sabía también.