PABLO Berlín Oriental, febrero de 1963
L o había visto. Lo había tenido tan cerca que hubiera querido gritarle.
Seguía estando igual que cuando le había visto por última vez.
Sin barba ni bigote, solo con esas canas en las patillas que le habían salido a sus cuarenta y seis años.
No debía de tener más, pero el tiempo que había pasado desde la última vez que lo vi parecía infinito.
Había querido gritarle. Correr hacia él, preguntarle dónde había estado todo este tiempo, por qué nunca regresó, por qué desapareció sin dejar rastro. Pero me contuve. Sabía que no debía hacerlo.
Lo seguí durante unos minutos, manteniendo la distancia, pero sin perderlo de vista. Cada paso que daba, cada movimiento suyo me arrastraba más profundamente en recuerdos que había intentado dejar atrás.
Él giró en una esquina, desapareciendo momentáneamente de mi vista.
Mi corazón dio un vuelco. Aceleré el paso, casi corriendo tras él, temiendo que se desvaneciera de nuevo, como lo había hecho tantos años antes.
Cuando llegué al final de la calle, lo vi entrar en un edificio viejo, de aspecto desgastado.
Mi impulso inicial fue seguirlo, pero me detuve en seco.
No podía simplemente irrumpir en su vida después de tanto tiempo. No sabía en qué situación estaba ni qué habría hecho durante todos esos años. Podría estar envuelto en algo tan oscuro como lo que yo había visto o quizás había logrado escapar de todo aquello.
Me quedé parado frente a la entrada del edificio, respirando pesadamente. La ciudad parecía más fría de repente, más vacía. ¿Qué haría ahora? Había estado preparado para verlo, pero no para lo que vendría después.
Los días siguientes me dediqué a seguirlo, a observar cada uno de sus movimientos con la precisión que me habían enseñado.
No podía permitirme el lujo de cometer un error, así que lo espié meticulosamente, desdibujándome entre las sombras de Berlín, pasando desapercibido mientras él seguía su rutina.
Descubrí que vivía una vida tan metódica como la que recordaba.
Salía de su apartamento temprano por la mañana, siempre con la misma chaqueta gris, el sombrero ligeramente ladeado.
Caminaba por las calles como si fuera un fantasma más en una ciudad llena de ellos.
Era increíble lo poco que había cambiado su apariencia, pero al mismo tiempo había algo nuevo en él, una tensión latente, un aire de inquietud que antes no existía.
Tal vez fuera el peso de los años, de las experiencias, o tal vez lo que cargaba dentro fuera tan peligroso como lo que yo guardaba.
Lo observé día tras día, sin saber qué era lo que buscaba exactamente, pero incapaz de detenerme.
Lo más intrigante fue el hombre al que parecía empeñado en acercarse.
Un hombre alto, rubio, de porte distinguido, aunque siempre vestido de manera discreta, como si quisiera evitar llamar la atención.
Lo seguía, lo observaba desde la distancia, siempre encontrando una excusa para estar en los mismos lugares.
Desde los cafés hasta las galerías de arte, había algo en su forma de moverse que me recordaba a alguien que no quería ser visto, alguien que jugaba su propio juego.
Me dediqué a seguir también al americano, en un intento de entender quién era y por qué estaba en la vida de mi presa.
Descubrí que trabajaba en la embajada de Estados Unidos, en el área cultural, lo que explicaba su presencia en las galerías y los eventos de arte.
Parecía ser un hombre respetado en su campo, pero, al mismo tiempo, sus movimientos, su forma de actuar, no eran los de alguien que solo estuviera interesado en el arte.
Era evidente que había algo más, algo oculto tras su fachada. ¿Qué quería Hugo de él?
Cada día que pasaba, sentía que me hundía más profundamente en sus vidas, en sus secretos.
Y, cuanto más observaba, más crecía mi necesidad de intervenir, de comprender el porqué de su relación.
¿Estaba intentando obtener información de este hombre?
¿O era algo más personal? Las noches que dedicaba a repasar lo que había visto no me llevaban a una conclusión clara, pero sí a una creciente sensación de que algo muy importante estaba en juego.
Estaba igual, pero tan diferente a la vez.
Parecía una sombra de lo que había sido, como si llevara una fachada triste, como si cada paso que daba estuviera cargado de una melancolía que antes no existía en él.
Observándolo desde lejos, lo notaba siempre hundido en sus pensamientos, con la mirada perdida, como si algo o alguien lo hubiera apagado por dentro.
Era difícil de aceptar que aquel hombre, al que conocí lleno de vitalidad y determinación, ahora se moviera por la vida con tal desinterés.
Nunca lo veía sonreír. Los días pasaban y él mantenía esa expresión vacía, como si estuviera atrapado en una existencia triste, oscura y sin salida.
Aquella chispa que había brillado en sus ojos, incluso en los peores momentos, se había apagado.
Su rutina era mecánica, predecible, como si simplemente cumpliera con lo mínimo necesario para seguir adelante, pero sin encontrarle sentido a nada de lo que hacía.
Me asombraba darme cuenta de cuánto me afectaba verlo así.
Verlo en aquella foto me había sorprendido y a la vez transmitido una paz de que siguiera con vida que no podía explicar con palabras, pero lo que tenía delante era un hombre quebrado, alguien consumido por los años de ausencia, por algo que aún no podía comprender.
Era como si llevara una capa de oscuridad que lo envolvía, una tristeza tan densa que podía sentirse a la distancia.
Estaba tan cerca y, sin embargo, parecía tan inalcanzable, como si el hombre que había conocido ya no existiera, como si hubiera sido sustituido por una versión opaca de sí mismo, alguien que había dejado de luchar.
El café en el que me habían citado estaba oscuro aquella mañana de febrero y casi vacío, perfecto para reuniones en las que las palabras importaban más que las miradas curiosas.
Las paredes amarillentas por el humo y la luz tenue de las lámparas creaban un ambiente asfixiante, ideal para encuentros clandestinos.
Frente a mí, sentado con su impecable traje gris, estaba el Lobo.
Siempre parecía tenerlo todo bajo control, como si cada conversación fuera una partida de ajedrez en la que él iba varios movimientos por delante.
Encendió un cigarrillo, ofreciéndome uno mientras me observaba con esos ojos calculadores que parecían querer leer mi mente antes de que pudiera hablar.
—Hay novedades —dijo, con su voz baja y firme, mientras sacaba un sobre de su chaqueta y lo dejaba sobre la mesa con un gesto tranquilo—.
Borísov irá a una exposición en la galería Kroll este jueves a las ocho.
—Dio una larga calada, expulsando el humo lentamente, casi disfrutando de la pausa antes de continuar—. Tú también estarás allí.
Abrí el sobre sin prisa, aunque sentía la urgencia. Dentro, encontré una entrada para la exposición, simple, elegante. El pase perfecto para acercarme a Hugo sin levantar sospechas en sus círculos más cercanos. Fruncí el ceño, pensando en la situación.
—¿Por qué Borísov iría a una exposición? —pregunté, sin levantar la vista del papel que sostenía.
Sabía que Hugo amaba el arte. Era su vida. Algo quedaba intacto. Pero ¿por qué iba a ir a una exposición en Berlín?
El Lobo esbozó una leve sonrisa, la clase de sonrisa que me ponía los pelos de punta, como si supiera algo que yo aún no había descubierto.
—No es una simple exposición —dijo, dejando el cigarrillo en el cenicero con precisión—. Es una muestra de arte ruso.
Escuché en silencio, procesando cada palabra. Borísov, con su fachada dura y su lealtad inquebrantable al régimen, nunca habría mostrado interés en algo tan simbólico de Rusia, al menos no públicamente. Era una oportunidad única, aunque claramente peligrosa.
—¿Qué esperas que haga? —pregunté finalmente con mis dedos aún sosteniendo la entrada.
El Lobo se inclinó un poco hacia adelante, su mirada fija en la mía, como si quisiera asegurarse de que comprendiera lo que estaba en juego.
—Lo que haces —respondió con voz baja—. Observa. Escucha. Averigua a quién se acerca, quién más está interesado en esos cuadros. Borísov está rodeado de sombras, pero, en esa exposición, quizá puedas ver algo más claro.
Guardé la entrada en el bolsillo de mi abrigo, notando el peso simbólico que ahora tenía. Podía sentir que había algo más en juego que una simple exposición de arte. Borísov era una figura intocable y cualquier error por mi parte me costaría más que la misión.
—Y recuerda una cosa —añadió el Lobo con un tono que bordeaba la amenaza—. No actúes hasta que sepas algo concreto. Él no tolera fallos y, si te equivocas, no serás el único que pague por ello.
Mientras daba una calada más a su cigarrillo, exhaló el humo con calma, dejando que se disipara lentamente entre nosotros. Sus ojos seguían fijos en mí, como si estuviera esperando el momento justo para lanzar su siguiente jugada.
—Hay algo que necesitas saber —dijo con su voz baja y calculada—. Borísov no es solo un burócrata del régimen. Es uno de los mejores pintores de la nueva Rusia. Eso le ha dado poder y, más aún, acceso a círculos que ni tú ni yo podríamos tocar.
—¿Uno de los mejores pintores del régimen? —pregunté, intentando procesar la información—. ¿Cómo es que nunca he oído nada de eso?
El Lobo esbozó una sonrisa sarcástica, como si ya hubiera anticipado mi reacción.
—Porque no es algo que les guste anunciar —continuó—. Porque sabemos de la URSS lo que nos dejan saber.
Eso explicaba por qué Borísov asistiría a esa exposición. No solo por nostalgia, sino porque, de algún modo, lo conectaba con lo que era fuera de las estrictas reglas del régimen. Era una oportunidad para verlo bajo una luz distinta, en su propio terreno, como artista y no solo como funcionario.