La última frontera HUGO Berlín Oriental, febrero de 1963 #2
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HUGO Berlín Oriental, febrero de 1963 #2

—Tranquilo, no te vamos a dejar en la calle —respondió con una sonrisa cínica en la boca que hacía que la cicatriz del ojo se le hundiese—.

Te alojarás en un pequeño apartamento que hemos preparado para ti.

Está en la misma calle que la vivienda de Viktor, lo que te permitirá tener un acceso más fácil a él.

Asegúrate de no llamar la atención. Mantén un perfil bajo, Alexandr. Berlín está lleno de ojos que vigilan.

Su mirada se endureció y su tono se volvió más grave.

—Y hay algo más. Anya y Elena… Necesito que las lleves contigo. Son leales y pueden ser útiles, pero su situación es precaria.

Mi corazón dio un vuelco. Eran más que solo compañeras; eran parte de mí, de mi pasado, de lo que quedaba de la vida que había llevado. La idea de llevarlas a Berlín era tanto una bendición como un riesgo monumental. Petrov no estaba acostumbrado a hacer favores, y eso lo sabía.

—Petrov… —comencé, pero él levantó una mano, interrumpiéndome.

—No hay tiempo para discutirlo. Ellas son valiosas. La información que pueden aportar sobre el entorno de Moscú puede ser un recurso y, además, su presencia puede servirte de apoyo emocional. Necesitas estar fuerte para esta misión.

Apreté los dientes, tratando de procesar lo que significaba eso. Llevarlas a Berlín significaba arriesgar su seguridad y la mía, pero no podía simplemente dejarlas atrás. Si había alguna manera de sacarlas de su situación, tenía que intentarlo.

—De acuerdo —dije, tragando la incertidumbre que amenazaba con ahogarme—. Haré lo que sea necesario para llevarlas conmigo.

Petrov asintió, con una expresión que revelaba que su plan ya estaba en marcha..

—Bien. Pero recuerda, la lealtad tiene un precio. Si fallas, habrá consecuencias para ellas y para ti.

Su advertencia resonó en mi mente mientras el peso de la misión se asentaba sobre mis hombros.

Berlín era un laberinto de oportunidades y peligros, y debía moverme con cuidado.

Pero una parte de mí se aferraba a la esperanza: si lograba traer a Anya y a Elena, tal vez aún podría encontrar una salida de este infierno.

Él creía que con ellas me ataba a Rusia, pero yo sentía que con ellas podía seguir despegando.

Cuando me quise dar cuenta, estaba embarcado en un tren con destino a Berlín, con dos maletas y Elena y Anya a mi lado.

La luz del día se desvanecía rápidamente mientras el tren comenzaba a moverse, llevándonos lejos de todo lo que habíamos conocido.

El aire en el compartimento estaba cargado de tensión, una mezcla de emoción y miedo, como si cada uno de nosotros supiera que nuestras vidas estaban a punto de cambiar para siempre.

Yo volvía a aquel país que una vez me había arrebatado todo lo que tenía; ellas salían por primera vez del suyo.

Sabía que debía protegerlas, así que les hice un gesto con la mano, indicándoles que no preguntaran nada cuando llegué a casa acompañado por dos guardias y lleno de sangre.

Solo tuve tiempo de ducharme mientras ellas hacían las maletas y ponerme algo de ropa limpia.

«Os mantendré a las dos vivas», les aseguré, aunque en mi interior la duda comenzaba a florecer.

¿Cómo podría cumplir esa promesa en un entorno tan hostil?

Prometí mantenerlas vivas y ahora debía encontrar la manera de cumplirlo, sin importar a lo que tuviera que enfrentarme en el camino. La batalla por nuestra supervivencia apenas comenzaba.

Mi castigo era Berlín. Y aquel lunes, como todos, frente a Viktor, sentía que mi castigo no iba a terminar nunca.

El ambiente en su apartamento era opresivo, una mezcla de sombras y luces tenues que creaban un aire de desconfianza.

Las paredes estaban adornadas con fotografías en blanco y negro, retratos de personas que ya no estaban, y me pregunté cuántos de ellos habían sido amigos de Viktor, cuántos habían caído en la red que él tejía.

—Entonces —comenzó Viktor, su voz suave pero firme—, ¿has tenido algún contacto con Samuel Müller?

Me acomodé en la silla, sintiendo el peso de su mirada sobre mí. Viktor era un hombre astuto, un informante de la KGB que sabía exactamente cómo hacer su trabajo. Había una tensión palpable en el aire y su pregunta no era solo una formalidad; estaba esperando respuestas, resultados.

—He estado asistiendo a los mismos eventos en los que él se presenta —dije, intentando proyectar confianza—. He hablado con algunas personas de su círculo en Berlín. Samuel es cauteloso, pero parece interesado en las discusiones sobre arte y cultura, lo que me ha permitido acercarme a él.

Viktor arqueó una ceja, evaluando mis palabras. Podía ver que no estaba completamente satisfecho.

—Y ¿qué más? ¿No has hecho nada más que acercarte? Necesito saber si hay algo que te permita abrir una brecha. Recuerda que el tiempo es esencial.

Aquel comentario me hizo sentir como un peón en un juego de ajedrez que se movía al ritmo de las decisiones de Viktor. No podía mostrar debilidad ni desesperación; en su mundo, eso significaba perder.

—Samuel asistirá a una exposición el próximo fin de semana —continué, forzando una sonrisa—. Planeo hacer un movimiento en ese evento. Estoy seguro de que podré establecer una conexión más cercana.

Viktor mantuvo su mirada fija en mí, evaluando cada palabra que salía de mi boca. En su mundo, la confianza se ganaba con hechos, no con promesas vacías.

—No olvides que estás jugando con fuego. Si no logras que Samuel te confíe información sobre la embajada y sus operaciones, no solo fallarás tú. Las consecuencias serán… desagradables.

Su advertencia era clara. Sabía que mi fracaso no solo afectaría a mi vida, sino también a la de Anya y Elena, que dependían de que yo tuviera éxito. Debía encontrar la manera de hacer que Samuel abriera su corazón y, con él, sus secretos.

—Lo entiendo, Viktor. Estoy comprometido. Pero necesito que me sigas proporcionando información sobre el entorno. Cualquier dato sobre sus rutinas o movimientos será de un valor incalculable.

Viktor sonrió, una expresión que no llegó a alcanzar sus ojos. Era una sonrisa de aprobación, pero también de advertencia.

—Te proporcionaré lo que necesites, pero recuerda: este es un juego peligroso. La línea entre el informante y la presa puede desdibujarse rápidamente.

Asentí, notando la gravedad de sus palabras.

Mi vida estaba en juego, pero lo más importante era que debía proteger a mis amigas.

Al salir del apartamento, la sensación de que el destino me arrastraba hacia un camino incierto se apoderó de mí.

Pero sabía que debía avanzar. La red que había tejido en Berlín se volvía cada vez más complicada y, en el centro de ella estaba Samuel Müller.

Tenía que seducirlo y, con un poco de suerte, conseguir que me entregara lo que la KGB deseaba.

Al salir de casa de Viktor, me encontraba inquieto, como si una sombra me estuviera siguiendo a través de las oscuras calles de Berlín.

El aire frío mordía mi piel mientras me adentraba en la noche y la iluminación tenue de las farolas apenas lograba disipar la oscuridad que me rodeaba.

La ciudad, a esas horas, parecía cobrar vida con sus murmullos y ecos, y mi mente no podía evitar divagar hacia lo que había dejado atrás.

Con cada paso que daba, la sensación de ser observado se intensificaba.

Miré por encima del hombro, pero las calles estaban desiertas, solo un par de transeúntes perdidos en sus pensamientos.

Sin embargo, algo en mi instinto me decía que no estaba solo.

El silencio se tornó un murmullo sutil, un roce de zapatos contra el pavimento que resonaba a lo lejos.

Aceleré el paso, pero el ruido aumentó, como si la persona detrás de mí estuviera ajustando su ritmo a mis movimientos.

¿Sería uno de los hombres de Viktor, asegurándose de que estuviera cumpliendo con mi misión?

¿O quizás un desconocido? Una punzada de adrenalina recorrió mi cuerpo, y mi corazón comenzó a latir más rápido.

La angustia se transformó en paranoia. Me desvié por una calle lateral, en un intento de perder a mi acosador, pero la sensación de estar siendo perseguido no hizo más que aumentar.

De repente, giré bruscamente, decidido a enfrentarme a quien fuera que me estuviera siguiendo.

La oscuridad me rodeaba y la luz de la farola apenas iluminaba el camino.

—¿Quién anda ahí? —grité, mi voz resonando en el vacío, quebrando el silencio.

El eco de mis palabras se desvaneció, pero no hubo respuesta.

Un escalofrío recorrió mi espalda mientras mi mente intentaba encontrar una salida.

Entonces, vi una figura asomarse entre las sombras, apenas visible.

Mi respiración se aceleró. La silueta era delgada, casi etérea, y su rostro se mantenía en la penumbra, muy lejos como para distinguirlo.

Encontré el portal de mi casa y subí escaleras arriba a toda prisa, cerrando de un portazo tras de mí.

—¿Qué te pasa? —me preguntó Anya apareciendo en el vestíbulo con su delantal manchado de tomate.

Estaba sentado en el suelo, jadeando. La miré.

—Nada. ¿Qué va a pasar?

Aquel día, aunque traté de cenar como si nada, algo dentro de mí sabía que debía entrar en el mundo de Samuel no solo como un informante, sino como un hombre que sabía lo que quería.

No podía volver a perder el control. Y ese conocimiento podría darme la ventaja que necesitaba no solo para sobrevivir, sino también para prosperar.

Las sombras que me rodeaban ya no eran solo oscuridad; eran un manto que me ofrecía la oportunidad de renacer, de adaptarme, de convertirme en lo que la KGB necesitaba.

La seducción de su poder comenzaba a dibujar un nuevo camino, uno que, si jugaba bien mis c artas, podría llevarme a un futuro donde Anya y Elena estuvieran a salvo.

Mientras trataba de comerme la sopa, la decisión tomó forma en mi mente: estaba listo para abrazar mi papel en este juego. Sería astuto, calculador y, sobre todo, implacable .