HUGO Berlín Oriental, febrero de 1963
S iempre miraba dos veces al salir a la calle. Tres antes de cruzar de acera. Mis ojos se movían más rápido de lo que mi mente podía procesar, escaneando cada rincón, cada sombra. Sabía que no podía bajar la guardia ni por un segundo.
Nunca dejaba que mi mirada se quedara fija en ningún punto por demasiado tiempo.
Sabía que cualquier cosa podía ser malinterpretada.
Una curiosidad indebida, una expresión demasiado intensa, y de repente podías convertirte en alguien interesante para la Stasi.
Lo había visto pasar con otros: desaparecían sin dejar rastro, como si nunca hubieran existido.
Y, en una ciudad como esta, ese era un destino peor que la muerte.
Allí, el olvido era la verdadera condena.
Cada mañana, antes de salir, repasaba mentalmente mis pasos, como si una rutina bien calculada pudiera protegerme de lo inevitable.
Daba igual cuántas veces lo hiciera, el miedo seguía allí, palpitando bajo la superficie, latiendo junto a mi corazón.
Por más que tratara de controlarlo, de encerrarlo en algún rincón de mi mente, siempre encontraba la manera de abrirse paso.
Aquel era mi castigo. Petrov me lo había dejado claro en aquella reunión en la que me había enviado lejos, a un sitio que él consideraba el infierno y yo, un pedazo más de la experiencia dantesca.
—Una tontería más y estás muerto —me había dicho aquella mañana en la que, tras aparecer el cuerpo de Hayes, me habían arrastrado dos guardias desde casa hasta el centro de operaciones de la KGB y allí, en una sala vacía y con solo un barreño lleno de agua congelada, se divertía asfixiándome bajo el agua hasta que ya no podía respirar—.
Un error más y no vivirás para contarlo.
Y me volvía a ahogar en aquel juego sádico que él mismo había organizado para mí.
Pero Petrov sabía medir el tiempo. Sabía cuándo sacarme para que no muriera, solo lo suficiente para que entendiera su mensaje.
Y, entonces, volvía a hundirme. La sensación de ahogo era insoportable, el agua helada me quemaba la piel y la desesperación se apoderaba de mí, pero no había salida.
Petrov disfrutaba cada segundo, organizando aquel espectáculo sádico con la precisión de un verdugo experimentado.
Sabía que no podía rebelarme, que cualquier intento de resistencia solo empeoraría las cosas.
Mi vida estaba en sus manos, y él lo sabía mejor que nadie.
El aire era escaso, como si incluso la atmósfera en aquella sala quisiera negarme la vida.
Me aferré al borde del barreño, con los dedos entumecidos por el frío, y levanté la vista.
Petrov se inclinaba ligeramente hacia mí, con una expresión calculada, midiendo mi sufrimiento.
Sabía perfectamente hasta dónde podía llegar, hasta qué punto podía aplastarme sin matarme.
—No estás aquí porque seas importante. Estás aquí, vivo, porque tus amigos quisieron que fueras un eslabón más. ¿Les vas a fallar a ellos también? ¿Vas a hacer que por tu culpa pierdan todo lo que tienen?
Hablaba de Vlad y Mickhail. Ellos me habían salvado de la guerra para traerme al purgatorio, pero, aun así, me habían sacado de Europa. No podía dejar que les pasara nada.
Cada palabra era un golpe seco. Sabía que no me consideraba más que una pieza prescindible en su juego, un peón que, de un momento a otro, podía ser eliminado.
Hayes había sido el aviso, el detonante que lo había desencadenado todo.
La Stasi había encontrado su cuerpo flotando en el río y, aunque las conexiones entre él y yo eran mínimas, Petrov no necesitaba mucho para usarlo en mi contra.
Para él, un solo error era suficiente, una excusa perfecta para castigarme.
Sentí cómo su mano se cerraba sobre mi nuca de nuevo, y me preparé para lo inevitable.
Volví a hundirme en el agua helada, esta vez más tiempo.
La desesperación se transformó en pánico.
Mis manos se agitaban bajo el agua, buscando algo a lo que aferrarme, pero no había nada.
Solo ese frío penetrante, esa oscuridad que amenazaba con tragarse lo poco que quedaba de mi conciencia.
Cuando me sacó otra vez, sentí que el suelo se desmoronaba bajo mis pies. Tosí, escupí agua, pero no había alivio, solo el eco de su amenaza retumbando en mi mente.
—No creas que puedes esconderte de mí. Te estoy observando.
Te están observando por mí. Lo sé todo sobre ti.
Cada mirada, cada trazo de esos retratos inútiles que haces.
Nada pasa desapercibido. Vas a volver ahí fuera y vas a cumplir con lo que te ordenen —continuó Petrov—.
O lo próximo que flote en el río serás tú. ¿Entendido?
Asentí, porque sabía que no tenía otra opción.
Pero, mientras me secaba el agua del rostro, una idea empezó a tomar forma en mi mente, tenue pero persistente.
Petrov podía pensar que me tenía atrapado, que había destruido toda posibilidad de rebelión.
Pero, aún respiraba, aún estaba vivo. Y, mientras siguiera vivo, no todo estaba perdido.
Me dejaron encerrado dos días en un calabozo inmundo, sin luz, sin apenas espacio para moverme.
Me estaban enseñando disciplina, según ellos.
Las palizas no se detenían. Venían en oleadas, una tras otra, sin darme tregua.
Los golpes eran metódicos, precisos, como si ya supieran hasta dónde podían llevar a mi cuerpo sin matarme.
Y, cuando no eran los golpes, era la electricidad, esa corriente que me quemaba las venas y sacudía cada fibra de mi ser, hasta que mi cabeza explotaba en una confusión entre dolor y desorientación.
El tiempo dejó de tener sentido en esa oscuridad.
No sabía si era de día o de noche, ni cuánto más duraría aquello.
Solo sabía que cada segundo parecía una eternidad.
Pero entonces, tras horas de tortura incesante, Petrov apareció de nuevo.
Frío, implacable, como siempre. Se acercó al borde de mi celda y, durante un instante, pensé que sería el final.
—Ya está bien —dijo, con una tranquilidad que casi me perturbó más que los electroshocks de la tarde anterior—. Creo que ya estás listo para volver a obedecer.
Aquellas palabras parecían una sentencia definitiva. No era la libertad lo que me ofrecía, no había redención. Solo un nuevo destino que no controlaba, una cadena invisible que cada vez apretaba más.
Esta vez, el destino era Berlín. Un traslado más, una misión más.
Me estaba convirtiendo en lo que él siempre había querido: su peón, su g orrión perfecto.
Un gorrión era alguien que volaba bajo, sin llamar la atención, obedeciendo cada orden sin cuestionarla.
Su gorrión desplegaba las alas, pero no volaba hacia la libertad.
Solo hacia una nueva prisión, una más sutil, más insidiosa.
Mientras me sacaban del calabozo, me dolía cada músculo, cada hueso, pero no dije nada. Sabía que cualquier palabra podría hacer que me devolvieran a ese agujero. Ahora, Berlín Oriental sería mi nueva celda. Y Petrov, como siempre, tendría el control de las llaves.
Cuando finalmente me llevaron de vuelta a la luz, el aire fresco de Moscú me golpeó como un balde de agua fría.
Petrov me estaba esperando, su expresión impasible, como si todo lo que había sucedido antes no fuera más que un mero trámite.
No podía permitirme mostrar debilidad, así que mantuve la mirada fija en él mientras me acercaba.
—Ahora que estás de vuelta —comenzó, su tono más directo—, hay algo que debes hacer. Necesitamos información y, para ello, tendrás que seducir a un hombre clave.
Lo miré, tratando de absorber sus palabras. ¿Seducir? La palabra resonaba en mi cabeza mientras miraba la sangre seca que tenía en las manos.
—Su nombre es Samuel Müller —continuó Petrov, con una ligera sonrisa que asomaba en sus labios—.
Es un diplomático en la embajada de Estados Unidos.
Un pez gordo. Tiene acceso a información valiosa sobre las operaciones del gobierno y las relaciones internacionales y su círculo social está lleno de hombres influyentes.
Pero hay un problema: Samuel es cauteloso y no se dejará atrapar fácilmente.
Quiero saber qué hace en Berlín Oriental y por qué se esconde tras otro nombre.
Quiero saberlo todo. Hasta por dónde ha entrado a nuestro Berlín.
Mi corazón comenzó a latir más rápido. Seducir a alguien para sacar información no era solo un juego; era un riesgo, y no solo el mío. Fallar significaría más que un simple castigo.
—Tendrás que acercarte a él de forma sutil. Visitar los mismos bares de ambiente que suele frecuentar. Mostrar interés genuino en su trabajo, en sus pasiones. Hazte el interesante, el enigmático. La gente de su entorno aprecia la sofisticación y la cultura. Eso es lo que lo atrae.
Asentí, aunque en el fondo sabía que no era tan simple. Aquel tipo de juego no solo implicaba seducir, sino también manipular. No podía dejar que mis sentimientos se interpusieran en el camino. Samuel sería un objetivo, un medio para un fin, y eso debía estar claro en mi mente.
—Tu contacto en Berlín se llama Viktor —dijo, y en su tono había una mezcla de respeto y desdén.
Viktor era un hombre conocido en los círculos clandestinos de la ciudad. Su apartamento se encontraba en un barrio discreto, cerca de la estación de tren de Friedrichstraße.
—Cada lunes, deberás reunirte con él. Es vital que establezcas una relación sólida. Viktor tiene sus propios canales y conexiones, y necesita saber que puedes manejarte en este entorno. Él nos reportará toda la información que tú le envíes.
La mención de Viktor me hizo sentir una punzada de ansiedad. Necesitaba confianza, pero la idea de depender de otros para sobrevivir en Berlín era inquietante.
—Y ¿dónde voy a vivir? —pregunté, intentando mantener mi voz firme.