PABLO Berlín Occidental, Sector Británico, enero de 1963 #3
El abrigo negro me protegía del frío, pero no lo suficiente.
Llevaba conmigo lo esencial: un par de camisas blancas y, sobre todo, el pasaporte, que guardaba en el bolsillo interior, cerca del pecho.
Ni los polacos ni los berlineses habían dudado de mí.
Era buena señal. Era lo único que me mantenía vinculado a algo más allá de esta ciudad, lo único que probaba mi existencia en algún otro lugar.
A veces lo sacaba solo para verlo, como si necesitara confirmar que mi nombre seguía allí, que no me había desvanecido del todo.
Cuando llegué al puente de Oberbaum, lo vi erguirse frente a mí, imponente y solitario, uniendo dos mundos que parecían irreconciliables.
Al cruzarlo, pensé en todos aquellos que habían intentado lo mismo, pero en circunstancias mucho más peligrosas, en un intento de burlar un muro que siempre estaba presente, un recordatorio de lo que se podía perder en un instante.
Había venido a Berlín en busca de respuestas, aunque en ese momento no estaba seguro de qué preguntas hacer realmente.
Mientras seguía caminando, lo único que encontraba eran más dudas, más grietas en la ciudad y en mí mismo.
Berlín, en ese momento, era un espejo incómodo en el que no quería mirarme demasiado tiempo, por miedo a lo que pudiera descubrir.
Llegué al apartamento que me habían asignado y llamé a la puerta. Sentí cómo los pasos se movían, una sacudida en el corazón, hasta que, finalmente, la puerta se abrió.
—Albert —dijo, extendiendo su mano con una mezcla de autoridad y familiaridad. Su mirada era astuta, y su voz llevaba el peso de la experiencia—. Bienvenido a Berlín. He estado esperándote. Soy Mike, el Lobo.
Ansentí y rápidamente entré para cerrar la puerta tras de mí.
Después de un breve saludo, me condujo hacia un pequeño salón donde se habían dispuesto mapas y fotografías sobre una mesa. La primera imagen que vi fue la de Alexandr Borísov. La tensión en mi pecho se intensificó.
Tiré mi maleta frente a la puerta de la entrada y me puse a mirar los documentos.
—He estado espiando a Borísov y a las dos mujeres que siempre lo acompañan —continuó el Lobo, señalando las fotos de Elena y Anya, las dos figuras que habían resurgido de mis recuerdos como sombras del pasado—.
Son sus empleadas domésticas, pero parece que tienen más conexión con él de lo que aparentan.
—¿Qué sabes de ellas? —pregunté, sintiendo cómo la inquietud se apoderaba de mí.
—Son unas bailarinas retiradas, un día fueron conocidas en los círculos de arte en Moscú.
Son enigmáticas. Nadie sabe demasiado de ellas ni se las ha visto por la calle en exceso estos años.
Empezaron a trabajar para él durante la guerra tras su llegada a Moscú.
Estaban arruinadas, en la miseria, vivían en la calle, y desde entonces viven con él.
Ambas son leales a Borísov —me explicó, mientras sus ojos se posaban en las fotografías, como si desentrañara un rompecabezas complejo—. Le deben demasiado.
Aquello me cuadró. Era él. Seguía siendo él.
Con su empatía intacta, capaz de ver más allá de lo evidente, de tender una mano incluso en medio del caos que había sido la guerra.
Hugo siempre había tenido esa extraña habilidad de reconocer el valor en lo que otros daban por perdido.
Sabía que la grandeza podía esconderse en lugares inesperados, en personas que muchos habrían desechado sin pensarlo dos veces.
No me sorprendía que hubiese acogido a esas dos mujeres cuando nadie más lo hizo, cuando el mundo las había dejado de lado.
Él nunca había sido el tipo de hombre que ignoraba el sufrimiento ajeno y, aunque su vida había dado giros radicales, parecía que esa parte de su carácter seguía intacta, como una constante entre tanto cambio.
Tal vez por eso continuaba generando lealtades, sin apenas intentarlo.
Ellas, las dos bailarinas, le habían entregado lo único que les quedaba: su devoción.
Y eso, en tiempos tan inciertos, valía más que cualquier fortuna.
—Necesitamos saber más sobre ellos —dijo el Lobo con su tono firme—. La misión es averiguar qué tipo de información está manejando Borísov y cómo podemos usarla a nuestro favor. Queremos saber si mató a al embajador y qué hace en Berlín.
Las palabras del Lobo resonaban en mi mente mientras asimilaba la situación.
La misión no solo implicaba encontrar a Hugo, sino también entender la red que lo rodeaba.
A medida que las horas pasaban, la ansiedad crecía en mi interior y una pregunta persistente me asaltaba: ¿cuán lejos estaba dispuesto a llegar para proteger a un hombre que ha bía amado y creído muerto, pero que ahora estaba tan cerca y, al mismo tiempo, tan distante?
Mientras planeaba mi próximo movimiento, no podía evitar imaginarme en la vida de Hugo, entre las luces de la ciudad y los ecos de las risas que una vez compartimos.
Pero, esta vez, todo estaba teñido de sombras.
Iba a encontrarlo. No solo por mí, sino por el amor que había creído perdido, por las vidas que había tocado y por el futuro que aún podía tener .