PABLO Berlín Occidental, Sector Británico, enero de 1963 #2
El recuerdo de su risa y la calidez de su abrazo eran un faro en la oscuridad.
No podía dejar que esa imagen se desvaneciera.
Tenía que encontrarlo. Y, para hacerlo, necesitaba involucrarme por completo en esta misión.
La vida que había construido en Berlín, el respeto que había ganado en la CIA, todo se reducía a este momento.
—Meier —dijo Sarah de nuevo, rompiendo mi trance—. Ten cuidado. Ese lado de Europa quizá no es lo que recuerdas. Las cosas han cambiado.
—Lo sé —reiteré, con un tono de voz más bajo pero seguro—, pero yo también he cambiado.
La reunión terminó con planes y estrategias, pero mi mente ya estaba rumbo a Berlín, hacia Hugo. La búsqueda de la verdad era un camino peligroso, pero la posibilidad de reunirme con el hombre que había amado era una llamada que no podía ignorar.
El director me observó durante un momento, su rostro impasible. Se cruzó de brazos y, por un instante, el tiempo pareció detenerse.
—¿Tienes alguna idea de cómo abordar esto? —preguntó al fin.
—Necesito infiltrarme, hacerme pasar por alguien más, un artista —dije, las ideas fluyendo rápidamente por mi mente—. Berlín tiene una vibrante escena artística; puedo usar eso a mi favor. Los cabarés nocturnos están a rebosar.
—No podemos arriesgarnos a que lo reconozcan —dijo Anderson al grupo con un tono escéptico—. Tienes que entender que Borísov es un agente entrenado. Si se entera de quién eres, podría desvanecerse antes de que llegases a él.
Las palabras de Anderson resonaron, pero mi determinación era más fuerte. Recordaba a Hugo con una claridad dolorosa, cada risa compartida, cada susurro en la oscuridad.
—Lo haré —dije con firmeza—. Necesito tener esta oportunidad. Prometo que no os defraudaré.
Un murmullo general se levantó en la sala y, aunque había un aire de duda, algo en mi voz logró calar hondo. Finalmente, el director asintió lentamente.
—Está bien, Meier. La misión es tuya. Pero debes estar preparado para cualquier eventualidad.
Mi corazón se aceleró mientras escuchaba el golpe de la decisión. Era un riesgo enorme, pero la posibilidad de encontrar a Hugo, de comprender qué había sucedido en su vida, era un fuego que iluminaba mi camino.
La reunión terminó y, mientras los demás salían, me quedé un momento más en la sala, sintiendo el peso de lo que se avecinaba.
La mañana en que abandoné Berlín Occidental era fría, y el cielo gris anunciaba una jornada tensa.
Me dirigí al aeropuerto con el corazón latiendo con fuerza, mientras el sonido de trenes y aviones se mezclaba en un ruido que parecía un presagio.
A medida que el avión despegaba, miré por la ventana, dejando atrás la ciudad que me había visto crecer y que ahora se desvanecía en el horizonte.
Berlín era un lugar desconocido, un escenario donde mis sueños y miedos se entrelazaban.
El vuelo hacia Varsovia fue inquietante.
Según me acercaba a mi destino, mi mente dibujaba posibles escenarios: ¿qué pasaría si me atrapaban?
¿Qué sucedería si en realidad no encontraba a Hugo?
A medida que el avión aterrizaba y me adentraba en un nuevo país, la realidad del espionaje se asentaba sobre mis hombros como un manto pesado.
Varsovia era una ciudad que respiraba historia y sufrimiento.
Las cicatrices de la guerra aún estaban frescas y el aire estaba cargado de un sentimiento de desconfianza que casaba bien con el vacío de las calles.
Mientras me dirigía a la estación de tren, noté cómo los rostros de la gente parecían llevar un peso invisible.
Cuando finalmente subí al tren en dirección a Berlín, la mezcla de ansiedad y esperanza se intensificó.
Durante el trayecto, mientras atravesábamos paisajes marcados por la historia, cada kilómetro recorrido me acercaba a la posibilidad de volver a ver a Hugo.
Las horas se convirtieron en una eternidad según pasaban las estaciones, cada una acercándome a mi destino final.
En mi mente, comenzaba a trazar un plan, a imaginar cómo sería el reencuentro, cómo el peso del pasado se desvanecería en un abrazo.
Al llegar a la ciudad, me encontré con un ambiente que parecía vibrar con una energía sombría.
La ciudad estaba envuelta en un aire de incertidumbre, y la imagen del Muro, aún fresca en mi mente, era un recordatorio de las divisiones que la atravesaban.
En el corazón de esta metrópoli dividida, conocí a mi contacto, un hombre apodado «el Lobo».
Era un veterano de la CIA que había estado en Berlín durante años, navegando por el complicado juego del espionaje en una de las ciudades más vigiladas del mundo.
Me esperaba en un apartamento oscuro, apenas iluminado por la luz de la luna que se filtraba a través de las cortinas desgastadas. El aire era denso, como si el propio espacio estuviera cargado de secretos.
Mis botas resonaban contra los adoquines y ese sonido era el único que me hacía compañía en el trayecto.
A lo lejos, vi las ruinas de un edificio bombardeado, un vestigio de lo que había sido Berlín antes de convertirse en ese espacio partido y vigilado.
Me detuve un momento para mirarlo, preguntándome cuántas veces la gente habría pasado por aquí sin tan solo notarlo, sin darse cuenta de las historias que ocultaban esos restos.