HUGO Moscú, octubre de 1962 #4
—Siempre lo tengo —le respondí, aunque ambos sabíamos que, en realidad, no había forma de protegerse completamente.
—Alexandr… —su voz rompió el silencio de la habitación, suave pero firme—. ¿En qué estás metido realmente?
Mis manos se detuvieron por un segundo sobre el nudo de la corbata. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda, pero mantuve la calma. Elena rara vez preguntaba sobre mis actividades fuera de la casa, pero, cuando lo hacía, sabía que había llegado el momento de medir cuidadosamente mis palabras.
—¿Qué quieres decir? —respondí, girando ligeramente mi cuerpo hacia ella con una sonrisa que intentaba ser despreocupada, pero que me sentí incapaz de sostener completamente.
Elena se acercó un poco más, con esa gracia que le quedaba de sus años de bailarina, pero sus ojos no se apartaban de los míos. Sabía que algo estaba mal, algo que no había podido identificar hasta ahora. Se detuvo a unos pasos de mí, estudiando mi expresión.
—No soy tonta, Alex —dijo en un susurro—.
Llevo mucho tiempo observándote. No es normal que vendas tantos cuadros a extranjeros y diplomáticos.
¿Y esas noches que llegas tan tarde? No te creo cuando dices que son simples reuniones de trabajo.
No me lo creo. Y mucho menos que podamos pagar este piso por vender retratos. Algo más está pasando y quiero saberlo.
Sentí cómo se me formaba un nudo en el estómago.
La verdad estaba ahí, al borde de mis labios, pero no podía permitirme decirla.
No solo por mi propia seguridad, sino también por la de Elena y Anya.
Ellas no podían verse arrastradas a este mundo.
No podían conocer lo que realmente hacía, las sombras con las que me movía.
Sonreí, esta vez con más seguridad, y me acerqué a ella, tomando sus manos entre las mías.
—Elena, querida, te preocupas demasiado —dije con una suavidad calculada—. No es nada más que lo que te he dicho. Ventas de cuadros. Mis retratos se han hecho populares entre ciertos círculos de extranjeros, y claro, eso significa reuniones, cenas y a veces… esas noches que me ves llegar tarde.
Ella frunció el ceño, como si quisiera creerme, pero no pudiera.
—Y ¿por qué no me hablas más de eso? ¿Por qué siempre esquivas el tema? No tiene sentido. —Su voz sonaba más frágil, como si en el fondo ya supiera que no le estaba diciendo toda la verdad.
Suspiré, haciendo una pausa deliberada antes de continuar.
—Elena, es complicado… —empecé a decir con un tono más serio mirándola a los ojos—.
No quiero aburrirte con los detalles del negocio.
Sabes cómo son estos extranjeros, siempre interesados en las modas de Moscú, queriendo llevarse algo exótico a sus países.
La venta de arte es un mundo turbio a veces.
Tienes que negociar, entender sus costumbres, sus expectativas. Es todo parte del proceso.
Elena me observó durante unos segundos más, buscando algo en mis ojos, pero no lo encontró. Mi mentira era cuidadosa, construida sobre una base de medias verdades, y por un momento pensé que había funcionado.
—¿Y eso es todo?
—Eso es todo, lo juro —respondí, apretando sus manos con suavidad—. No hay nada más. Solo arte, reuniones, y un poco de diplomacia. Todo por vender unos cuadros. Nada que temer.
Ella asintió lentamente, aunque la duda seguía presente en su expresión.
Sabía que no estaba completamente convencida, pero también sabía que Elena, con toda su inteligencia y fortaleza, quería creerme.
Quería pensar que lo que decía era verdad, que no estaba envuelto en algo más oscuro, algo que pudiera poner en peligro nuestras vidas.
—Está bien… —dijo finalmente, liberando sus manos de las mías y dando un paso atrás—. Pero, Alexandr…, si alguna vez hay algo más, si alguna vez te metes en algo que no puedas manejar… cuéntamelo. No me dejes en la oscuridad.
La miré, agradecido por su confianza, aunque sabía que no la merecía.
—Te lo prometo —mentí una vez más, y sentí el peso de esa promesa como una losa.
Elena me observó un momento más, luego volvió a su tarea ayudándome a ajustar la chaqueta del traje, como si aquel pequeño intercambio no hubiera ocurrido.
Sabía que su intuición no la dejaría en paz, que probablemente seguiría haciéndose preguntas en silencio.
Pero, mientras mantuviera la distancia, mientras siguiera creyendo que todo se reducía a simples ventas de cuadros, podría protegerla, al menos un poco más, de la verdad que acechaba en las sombras.
Cuando finalmente salí del apartamento, con Elena y Anya mirándome desde la puerta, sentí el peso de lo que me esperaba.
La embajada estadounidense estaba envuelta en un aire de sofisticación que contrastaba con la crudeza de las misiones a las que me había acostumbrado.
Las risas suaves, el tintineo de las copas y las conversaciones en inglés creaban una atmósfera que era a la vez seductora y peligrosa.
Richard me presentó a varias personas, sus colegas, hombres y mujeres que compartían el mismo juego de apariencias.
Me sentía fuera de lugar y, sin embargo, cómodo en mi papel.
Mi traje negro estaba perfectamente planchado, mi camisa blanca inmaculada y la sonrisa que mantenía en el rostro era tan natural que, por momentos, me creía mi propia mentira.
Era un campo de batalla disfrazado de fiesta.
Y yo, una vez más, estaba caminando hacia ella, con la esperanza de obtener lo que se me había ordenado, sin perder lo poco que me quedaba de mí mismo.
—Este es Alexandr —dijo Richard con una confianza que no pude evitar notar—, un pintor muy talentoso. Estoy seguro de que pronto oirás hablar de él en Nueva York.
Sus palabras me atravesaron con la intensidad de una promesa.
¿Nueva York? ¿De verdad podía ser posible?
Los aplausos y las miradas aprobadoras de los demás me rodeaban, pero no podía dejar de pensar en las instrucciones de mis superiores.
Ellos no estaban interesados en mi arte.
Solo en lo que Richard podía ofrecerles a través de mí.
Información, acceso, control. Yo, un peón en su juego.
Allí, a pesar de que quería disfrutar, mi oído no paraba de captar las conversaciones de los otros buscando algo que importara.
Richard, a mi lado, se desenvolvía con gracia entre los invitados, moviéndose como si estuviera en su propio terreno.
Era evidente que muchos lo respetaban, que lo veían como un hombre influyente dentro de la embajada.
Y, mientras él charlaba y reía, yo mantenía mi papel: el artista ruso, exótico, que apenas dominaba el inglés pero lo suficiente como para resultar interesante.
Después de lo que parecieron horas de presentaciones, finalmente Richard y yo nos escabullimos de la fiesta.
Me llevó al Hotel Nacional, donde se alojaba, como si fuera una secuencia ya establecida, un guion que ambos conocíamos sin haberlo discutido.
La habitación era lujosa, con vistas a la Plaza Roja.
A pesar de la belleza de todo, yo solo podía sentir el peso de lo que estaba a punto de suceder.
—Alex, quiero que vengas conmigo a Estados Unidos —me dijo mientras cerraba la puerta detrás de nosotros—. Allí serías libre. Serías tú mismo. Podrías pintar lo que quisieras.
Sus palabras eran dulces, casi demasiado dulces. Me hizo pensar en una promesa de libertad que parecía tan cercana y, al mismo tiempo, tan lejana.
Me acerqué a la ventana, observando las luces de Moscú, la ciudad que había sido mi hogar y mi prisión durante tantos años.
Sentí su mano en mi hombro y, por un momento, cerré los ojos, dejándome llevar por la sensación.
Era casi fácil fingir que esto era amor, que lo que sentíamos el uno por el otro era algo más que una transacción.
Pero, en mi interior, la sombra del deber permanecía.
Cuando me giré para mirarlo, ya sabía lo que iba a pasar. Me besó, y yo lo correspondí, más por inercia que por deseo. La familiaridad de la situación me abrumaba. Nos desvestimos lentamente, como si ambos quisiéramos prolongar el momento antes de que la realidad volviera a alcanzarnos.
En la cama, Richard fue diferente de los otros.
Había ternura en sus movimientos, algo que me hizo recordar a Pablo, que nunca me tocó con la brutalidad que había experimentado con otros hombres, que me enseñó lo que era sentirse deseado, no solo utilizado.
En medio del acto, mientras Richard me acariciaba, mi mente viajó hacia esos momentos con Pablo, a su tacto suave, a su respiración tranquila junto a mí en las noches que pasamos juntos antes de la guerra.
Todo con Pablo había sido sincero, sin dobles intenciones, sin secretos.
Con Richard, por primera vez desde entonces, sentí algo parecido. No era solo el contacto físico; era la forma en que me miraba, como si yo fuera más que un simple cuerpo. Como si él realmente me viera.
Cuando terminamos, nos quedamos tumbados en silencio durante lo que parecieron horas.
Sentía su respiración tranquila a mi lado, y, por un instante, me permití creer que tal vez, solo tal vez, podría escapar de todo.
Irme con él a Estados Unidos, dejar la KGB y la vida de espionaje atrás.
Podía pintar, vivir de mi arte, estar con alguien que, aunque no me amara como Pablo, al menos no me destruiría como los otros.
Richard se giró hacia mí, su mirada suave en la penumbra de la habitación.
—Entonces… ¿vendrás conmigo? —susurró, como si temiera la respuesta.
Miré al techo, sopesando mis opciones. La promesa de una vida nueva en Estados Unidos era tentadora. Sería libre de los hombres de la KGB, de las órdenes, de las misiones. Libre de la violencia, de la angustia, de la constante lucha interna. Podía empezar de nuevo.
—Sí —dije al fin, mi voz apenas un susurro—. Me iré contigo.