La última frontera HUGO Moscú, octubre de 1962 #3
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HUGO Moscú, octubre de 1962 #3

Cada jueves, como de costumbre, iba a la sede en la que debía dejarle mis avances a mi contacto. Siempre era el mismo. Petrov. Siempre era él. Impecable tras su traje militar perfectamente planchado.

La oficina estaba en penumbra, iluminada solo por la tenue luz que se filtraba por las persianas en aquel otoño que iba dando paso al invierno.

El edificio, sombrío y opresivo, parecía aplastarme con su peso mientras caminaba por el largo pasillo.

Había llegado el momento de mi informe. No era una reunión que esperara con ansias, pero no tenía opción.

Al cruzar la puerta, lo vi sentado detrás de su escritorio, con su mirada fría y penetrante clavada en los informes sobre su mesa.

—Siéntate —dijo sin levantar la vista, su tono seco como una orden.

Me senté frente a él, sintiendo cómo el aire en la habitación se volvía más denso con cada segundo que pasaba. Al fin, alzó la vista y me miró fijamente, con los ojos cargados de desdén.

—¿Y bien, Alexandr? —usaba mi nombre con una mezcla de burla y desprecio— Cuéntame qué has conseguido de tu… amigo, el querido Richard Hayes.

Tomé aire antes de hablar. Sabía que cualquier signo de vacilación sería interpretado como debilidad.

—Hasta ahora, he establecido una relación sólida con él. Hemos estado pasando mucho tiempo juntos y he conseguido detalles sobre su vida personal, sus opiniones políticas… —empecé a explicar, intentando mantener la calma.

—Eso ya lo sé, no necesito que me cuentes lo que ya está en tu archivo —me gritó mientras golpeaba la mesa con un dedo—.

Lo que quiero saber es… ¿dónde están los documentos?

¿Dónde está la información que necesitamos sobre los movimientos de los americanos en Moscú?

Necesito saber dónde están sus espías, quién es de los suyos, cuál es su siguiente paso —añadió y luego, inclinándose ligeramente hacia adelante, agregó en un tono peligroso—.

No me digas que, después de tanto tiempo jugando a ser su amante, no tienes nada que valga la pena.

He sido paciente contigo. Han pasado varios meses.

Sentí que me ardían las mejillas, pero mantuve mi compostura.

—He estado trabajando en ello. Hayes confía en mí, pero acceder a información sensible lleva tiempo. No quiero levantar sospechas…

—Tiempo —me interrumpió bruscamente—. Tiempo es lo que no tenemos.

—Se levantó de su asiento, caminando lentamente alrededor de la mesa hasta detenerse justo detrás de mí.

Sentí su presencia como una sombra amenazante.

—Escúchame bien, Alexandr. No te olvides de quién eres y para quién trabajas.

No eres más que un peón, un simple instrumento del Estado.

Tu única utilidad aquí es tu capacidad para meterte en la cama con esos maricones extranjeros y conseguir lo que necesitamos. No tienes otra función.

Mis músculos se tensaron al oír esas palabras. La humillación me recorrió como una corriente fría, pero mantuve la mirada fija en la mesa frente a mí, tratando de no mostrar ninguna reacción. Se inclinó aún más, susurrando directamente en mi oído.

—No te equivoques, Alexandr. Tú no eres un pintor, no eres un artista.

Lo eres, sí, pero no vales nada. Eres una herramienta que sirve para lo que sirve, y nada más.

Y, si no cumples con lo que se te pide, si no consigues esos documentos…

—Se alejó, volviendo a su posición detrás del escritorio—.

El Estado ya no te necesitará para nada.

Se sentó de nuevo, observándome con esa mirada helada, como si disfrutara de mi incomodidad. Sentí que mis manos temblaban ligeramente, pero no las moví. Sabía que no podía mostrar debilidad, no ante él.

—Tienes hasta fin de mes. Antes de que termine el año, quiero información.

—Su tono era más firme ahora—. Quiero algo concreto.

Accede a sus papeles, encuentra los informes que necesitamos sobre las reuniones diplomáticas estadounidenses.

No me importa cómo lo hagas, pero, si no lo logras, te aseguro que tus días como pintor en Moscú se terminarán.

—Hizo una pausa y luego añadió, con un dejo de burla—: Y quizá también tus días de libertad.

Tenía la boca seca, pero asentí lentamente.

—Sí, camarada capitán. Lo conseguiré.

Petrov soltó una risa seca, como si no creyera ni por un segundo en mis palabras.

—Mejor que así sea. —Se levantó una vez más, caminando hacia la ventana y dándome la espalda—. Ahora vete. Y no olvides lo que te he dicho.

Me levanté, consciente de que mis movimientos debían ser precisos, evitando cualquier signo de nerviosismo.

Sabía que Petrov no me quitaba los ojos de encima mientras me dirigía hacia la puerta.

Cuando la cerré detrás de mí, sentí una presión insoportable en el pecho.

El pasillo de la KGB se me antojó aún más largo y oscuro que antes, como si cada paso que daba me adentrara más en una trampa de la que no podría escapar.

Sabía que el tiempo corría, y la amenaza de Petrov pesaba sobre mí como una sentencia.

Tenía que conseguir esos documentos, tenía que usar a Richard.

No había opción. Sin embargo, una parte de mí, pequeña pero persistente, no podía dejar de preguntarse si habría una forma de huir de todo esto.

Pero la KGB no te dejaba huir, no sin pagar un precio alto.

Y ese precio, en mi caso, podría ser la vida misma.

Pasé demasiados días pensando en cómo acercarme a Richard, en si lo que sentía por él tendría alguna cabida o si no. Fueron muchas noches. Tantas, que cuando me quise dar cuenta había llegado el día de entrar en combate.

Era una mañana fría, con el cielo encapotado, típico de Moscú en esa época del año.

Diciembre nos saludaba imparable. El aire, denso y gris, se colaba por las ventanas.

Aquel lugar había sido nuestro refugio desde que todo comenzó, un rincón discreto en la ciudad, alejado del centro del poder, pero lo suficientemente cerca como para recordar a diario el peso del régimen sobre nuestras cabezas.

Me desperté temprano, con una sensación de tensión acumulada en el pecho.

Sabía que ese día sería decisivo. Las palabras de Petrov todavía resonaban en mi mente, recordándome la misión, el peligro y las consecuencias.

Pero no podía permitirme pensar en eso ahora.

Tenía que enfocarme en el papel que debía desempeñar.

Hoy, más que nunca, tenía que ser Alexandr, el encantador pintor que Richard admiraba, no Hugo, el hombre bajo las sombras de la KGB.

Elena y Anya, como siempre, estaban en pie desde antes que yo. Eran mis confidentes, pero también mis aliadas. Ambas habían dejado sus vidas atrás para convertirse en mis manos invisibles, mis apoyos en este juego oscuro del que no tenían ni idea.

—La bañera está lista, Alexandr —dijo Elena con una sonrisa suave mientras entraba al dormitorio, su delantal blanco contrastando con el pelo oscuro que recogía con una delicadeza casi maternal.

Anya estaba en la sala de estar, de pie frente a la tabla de planchar, concentrada en mi traje negro.

Cada movimiento de la plancha era meticuloso, casi un ritual.

El vapor subía en nubes blancas que se perdían en la atmósfera del apartamento, mientras la tela cobraba una perfección impecable bajo sus manos expertas.

—La camisa estará lista en unos minutos —dijo sin levantar la vista, su tono sereno, casi melancólico.

Era un conjunto simple, pero perfecto. El traje negro, con su corte sobrio y elegante, y la camisa blanca, planchada hasta el último pliegue, eran más que ropa.

Eran mi uniforme para aquella noche, mi disfraz de pintor, un hombre que parecía deslizarse entre los diplomáticos con naturalidad, sin que nadie sospechara la verdadera razón por la que estaba allí.

Me dirigí al baño, donde el agua caliente ya llenaba la bañera.

El vapor creaba una neblina suave en el pequeño cuarto.

Mientras me desnudaba, podía escuchar a Elena y a Anya hablar en voz baja, como si el simple hecho de susurrar en esa mañana tan cargada de tensión fuera un acto de rebeldía.

Ellas sabían, quizá mejor que yo, lo que significaba esa noche.

Sabían que no era solo una fiesta. Era un paso más hacia el abismo en el que me encontraba atrapado.

Me sumergí en el agua, dejando que el calor relajara la tensión de mis músculos.

Cerré los ojos por un momento, intentando despejar mi mente, pero las imágenes seguían apareciendo: Richard, con su sonrisa fácil y sus promesas de un futuro en Estados Unidos; Petrov, con su mirada fría y sus amenazas veladas; y la embajada, un lugar lleno de secretos y mentiras, donde cada palabra, cada gesto, podía significar la vida o la muerte.

Cuando terminé el baño, salí envuelto en una toalla, el vapor aún en el aire, rodeándome como si intentara protegerme del mundo exterior.

Elena ya había dejado sobre la cama la ropa que debía ponerme.

La camisa blanca parecía brillar bajo la luz tenue que se filtraba por las cortinas, y el traje negro, perfectamente planchado, esperaba, inmutable.

—¿Cómo te sientes? —me preguntó Elena mientras me ayudaba a ajustarme los puños de la camisa.

—Como siempre —respondí, tratando de sonar despreocupado, aunque ambos sabíamos que no era así.

Anya, que había estado en silencio todo este tiempo, se acercó con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

—Tienes buen aspecto, Alexandr. Las cosas han cambiado mucho. Debes de estar vendiendo muchos cuadros. Vivimos como nobles.

Asentí, forzando una sonrisa. A veces, sus palabras me recordaban lo enredado que estaba en esta vida. Sabían que mi encanto era mi herramienta más peligrosa, pero también la más frágil.

Elena me ajustó la corbata negra con manos firmes, casi ritualistas. Su mirada era tranquila, pero había algo más, una preocupación que no verbalizaba. No tenía que hacerlo. La conocía demasiado bien.

—Ten cuidado —murmuró finalmente, como si al decirlo en voz baja redujera el peso de sus palabras.