HUGO Moscú, octubre de 1962 #5
En ese momento, me convencí de que podría hacerlo.
Me convencí de que había encontrado una salida.
Pero, en el fondo de mi ser, sabía que nada era tan fácil.
La KGB no me dejaría ir tan fácilmente. Y Richard…
Richard aún no sabía todo lo que ocultaba.
No sabía que, aunque había aceptado ir con él, no era el único a quien le debía lealtad.
Pero por esa noche decidí no pensar en ello.
Cuando salí del Hotel Nacional, después de horas encerrados en su habitación, el aire frío de Moscú me golpeó la cara, devolviéndome a la realidad.
El trayecto hacia casa fue silencioso, lleno de pensamientos que me pesaban como piedras en la cabeza.
Había aceptado la propuesta de Richard. Por un momento, me permití creer que podía dejar todo atrás, que podría empezar una nueva vida lejos del control.
Pero algo, una voz en el fondo de mi mente, me decía que nada sería tan sencillo.
Cuando llegué a casa, la luz en la cocina seguía encendida.
Elena y Anya habían estado esperando, como solían hacerlo cuando yo no volvía hasta altas horas.
Al entrar, Elena se giró hacia mí con una mirada de preocupación, sus manos descansando sobre la mesa como si quisiera preguntar algo, pero no supiera cómo.
—¿Todo bien, Alexandr? —preguntó intentando sonar casual, aunque había una nota de inquietud en su voz.
Asentí, sabiendo que no podía decirle la verdad. Ni siquiera estaba seguro de cuál era la verdad ahora. Me acerqué a la mesa, tomé un vaso de agua y me quedé en silencio, sintiendo el peso de su mirada.
Sonreí, pero fue una sonrisa vacía, practicada, una que sabía que no la convencería del todo.
—Son solo ventas de cuadros, Elena. Hay un mercado creciente en el extranjero… especialmente en los Estados Unidos. Estas cosas siempre se alargan. No te preocupes.
Frunció el ceño, claramente insatisfecha con mi respuesta, pero decidió no insistir más. Asintió y se giró hacia Anya que, en silencio, recogía los platos. Sabía que Elena sospechaba, que notaba los cambios, pero no podía involucrarla más en mi vida. Esto era algo que yo debía cargar solo.
Me retiré a mi habitación, tratando de apagar el torrente de pensamientos en mi cabeza, pero el sueño no llegó fácilmente.
Estaba agotado, no solo física sino emocionalmente.
Esa noche con Richard había removido algo en mí, algo que llevaba demasiado tiempo enterrado.
¿De verdad podría escapar con él? ¿O había sido una fantasía pasajera, un intento desesperado de liberarme de las cadenas que me ataban a la KGB?
A la mañana siguiente, el sol se filtraba débilmente por las cortinas cuando oí un golpe suave en la puerta. Era Elena, que entró con una expresión seria.
—Alex… ha llegado una carta para ti.
Al ver el sobre en sus manos, algo en mi estómago se revolvió. Lo tomé con dedos temblorosos y lo abrí con cuidado, sintiendo una fría anticipación.
La carta era corta, escrita con una caligrafía anónima, pero la amenaza era clara: «Considera esto una advertencia. No repitas los errores de Richard Hayes. Recuerda que eres nuestro, Alexandr. Haz cualquier tontería y lo que le ocurrió a él te sucederá a ti y a quienes te rodean».
Mi respiración se detuvo un segundo mientras releía las palabras, el nombre de Richard golpeando mi mente como un martillo. ¿Qué había pasado? No podía ser…
—¿Alexandr?
La voz de Elena sonaba distante, como si me hablara desde un túnel. Me volví hacia ella lentamente, viendo la preocupación aumentar en sus ojos.
—¿Qué pasa? —preguntó, pero yo no podía encontrar las palabras.
Me vestí con lo primero que encontré, con un nudo en el estómago y la carta aún apretada en mi mano. Tenía que averiguar qué había ocurrido, tenía que saber si lo que decían era cierto. Al salir de casa, sentía el frío en los huesos, pero no era el clima lo que me hacía temblar.
Tomé el primer taxi que encontré y le pedí que me llevara de vuelta al Hotel Nacional.
Durante todo el trayecto, mi mente se negaba a aceptar lo que parecía inevitable.
Richard no podía estar muerto. No después de lo que había sucedido anoche, no después de lo que habíamos planeado.
Pero, cuando llegué al hotel, la entrada estaba rodeada de policía y de seguridad.
Había un revuelo inusual, algo que normalmente no se veía en un lugar tan lujoso.
Me acerqué lo más que pude, mi corazón latiendo con fuerza en el pecho. Pregunté discretamente a uno de los porteros, un hombre al que había visto varias veces antes.
—¿Qué ha pasado aquí?
—Un diplomático americano… Richard Hayes. Lo encontraron muerto en su habitación esta mañana.
Mi mundo se detuvo. No pude reaccionar. No pude ni siquiera procesar las palabras.
Era real. Richard estaba muerto. Lo habían asesinado.
Sabía, sin duda alguna, que la KGB estaba detrás.
Su advertencia había sido clara, y ahora lo entendía: lo que había visto como una oportunidad de escapar era, para ellos, una traición en potencia.
Y Richard… Richard había pagado el precio por mi vacilación.
Me alejé del hotel con la mente envuelta en un caos. Las palabras de la carta resonaban en mi cabeza. «Recuerda que eres nuestro».
Ya no había escapatoria .