HUGO Balashikha, a un kilómetro de Moscú, diciembre de 1954 #4
La escuela era un lugar donde las horas se desvanecían entre el rigor y la obediencia.
Desde que amanecía, el uniforme gris se convertía en una segunda piel, un recordatorio constante de que no había lugar para la individualidad.
Era un uniforme hecho para que todos fuéramos iguales, para que no hubiera distinción alguna entre el que obedecía y el que imponía.
Solo había disciplina, alienación y, ante todo, control.
Cuando no estábamos entrenando, nos encerraban en habitaciones vacías.
Celdas disfrazadas de dormitorios. No había nada más allá de cuatro paredes y una cama dura.
Solo el sonido de mis pensamientos y el eco de los pasos de los guardias al otro lado de la puerta.
Si cerrabas los ojos, podías escuchar la respiración de los otros chicos, solos en sus habitaciones, cada uno luchando por no perder la cabeza.
Nos decían que esto era parte del entrenamiento.
Que la soledad era necesaria, que el silencio nos haría fuertes.
Pero el silencio solo alimentaba la oscuridad.
Y, entre la oscuridad, llegó el reto. El reto significaba que podías irte.
Que estabas preparado. Los que se iban nunca volvían.
Se convertían prácticamente en héroes que servirían al Estado.
Nos hicieron formar un círculo en la sala principal.
Las luces eran brillantes, casi cegadoras, y el aire pesaba como una losa.
A uno de nosotros le dijeron que tenía que acostarse con una mujer delante de todos.
Después le tocó a una compañera con otra: tuvo que arrodillarse rápidamente y bajarle las bragas para introducir la cara entre sus muslos.
Y luego me tocó a mí. Con el chico que tenía al lado, que no lo conocía más que de verlo de pasada en una de las muchas explicaciones.
No era una petición, era una orden. Nos lo ordenaban como si fuera parte de nuestra formación, otro paso para demostrar hasta dónde estábamos dispuestos a llegar, hasta qué punto podíamos dejar atrás cualquier vestigio de humanidad.
Nos miramos por un segundo y, en sus ojos, vi el mismo miedo que sentía.
Ambos sabíamos que no había elección, que no había escapatoria de lo que se nos pedía.
Nos habían preparado para esto, moldeado y despojado de todo lo que pudiera resistir.
Los pasos que di hacia él parecían no ser míos, como si fuera otro el que caminaba, como si me hubiera convertido en un observador en mi propio cuerpo.
Pero cada paso resonaba en mi cabeza como un eco interminable. Había dejado de ser yo.
El chico temblaba mientras se bajaba los pantalones. Lo veíamos titubear, palidecer. Pero lo hizo. Lo hizo porque no había alternativa. Sabía lo que les sucedía a los que se resistían. Y nosotros, los demás, fuimos testigos, no compañeros, no amigos, solo sombras presenciando su caída.
Cuando me acerqué, apretaba los dientes, intentando mantener alguna pizca de dignidad, aunque ambos sabíamos que eso ya no existía.
No en ese lugar. Me agaché frente a él, nuestras respiraciones se entremezclaban en el silencio de esa sala helada.
Podía escuchar el latido de su corazón, desbocado, como si quisiera escapar de su propio pecho.
Las manos me temblaban. Quise detenerme, quise gritar, pero nada salió de mi boca.
No había alternativa, no había lugar para la resistencia.
Lo penetré con una frialdad que no me pertenecía, pero que sentí necesaria para sobrevivir.
Sentí su cuerpo tensarse, vi su rostro transformarse en una mueca de dolor, y en ese momento supe que el daño no era solo físico.
Había algo en nosotros que se rompió para siempre.
Mis compañeros observaban, igual que yo lo había hecho con los demás.
Ninguno movió un músculo. Nos habían enseñado a ser testigos, a no sentir.
Éramos espectros que miraban cómo nos desmoronábamos, uno por uno.
Cada uno soportando su propia degradación en silencio, esperando su turno, sin poder hacer nada más que cumplir las órdenes.
No había palabras, no había nombres. Solo cuerpos vacíos ejecutando lo que se nos exigía.
Cuando terminé, me aparté, pero ya no era yo. Había perdido todo lo que alguna vez me hizo humano. Nos obligaban a traspasar un umbral del que sabíamos que no había retorno. Y, mientras me alejaba, con la piel empapada de sudor, supe que nunca volvería a sentirme completo.
Finalmente, días después, me convocaron a la sala de aquella mujer que llamaban «la directora».
—Puedes irte a casa —me dijo—. Tu entrenamiento ha terminado.
Pero no sentí alivio en esas palabras. Sabía lo que significaba. Estaba marcado, listo para ser llamado en cualquier momento. La vida fuera de esas paredes sería una ilusión, una espera constante de la misión que vendría.
El destino ya estaba sellado. Solo era cuestión de tiempo. La libertad no existía, solo la promesa de servir con la misma intención que cuando había huido de Barcelona: sobrevivir.