HUGO Balashikha, a un kilómetro de Moscú, diciembre de 1954 #3
La idea era simple pero devastadora: rompernos completamente para reconstruirnos a su manera.
No solo se trataba de entrenarnos para manipular a otros, sino de acostumbrarnos a ser usados, de ser capaces de soportar cualquier cosa sin rechistar.
Querían que aprendiéramos a usar el cuerpo como una herramienta, pero primero tenían que despojarnos de cualquier rastro de control sobre él.
Había momentos en los que la sensación de asco era insoportable.
Sentía que me ahogaba, que el aire en esas salas cerradas se volvía más denso con cada segundo que pasaba.
Sabía que no era el único que sufría. Miraba a mis compañeros de reojo, y en sus ojos veía la misma mezcla de resignación y horror.
Estábamos todos atrapados en ese proceso interminable de deshumanización. El sexo era nuestra arma de trabajo.
Hubo una vez, en una de las últimas etapas del entrenamiento, en la que me emparejaron con una mujer que había conocido en mis primeros días en Balashikha.
Habíamos trabajado juntos en ejercicios de espionaje, en tácticas de manipulación, pero esa noche fue diferente.
No fue una prueba de habilidad o de ingenio, fue una prueba de voluntad.
Nos ordenaron que nos sometiéramos el uno al otro, que cruzáramos todas las líneas.
Lo que sucedió esa noche no fue un simple acto de obediencia, fue una aniquilación de lo poco que quedaba de nuestras almas.
Después de esa sesión, permanecí en silencio durante días. Ya no quedaba nada en mí que reconociera. Sabía que había hecho lo que ellos querían, que me había convertido en lo que necesitaban: un hombre vacío, listo para ser usado.
Me habían roto y, aunque todavía respiraba, no estaba seguro de si quedaba algo dentro de mí que mereciera la pena salvar.
Los nazis me habían quebrado una vez, años atrás, en los campos de concentración.
Había sentido el filo cortante del odio en Auschwitz, donde la dignidad humana no existía y la muerte era la única certeza.
Allí, me habían despojado de mi identidad, me habían reducido a un número, un cuerpo delgado, exhausto, que vagaba entre la vida y la muerte.
Sobreviví, pero lo que quedó de mí fue apenas un cascarón vacío, una sombra de lo que alguna vez fui.
Cada día, me repetía que lo peor ya había pasado, que había tocado fondo en ese infierno.
Y, sin embargo, había vuelto a la rueda.
En Balashikha, años después, bajo un régimen completamente diferente, experimentando el mismo tipo de destrucción.
Los nazis y los soviéticos eran, en teoría, enemigos absolutos.
Ideológicamente opuestos, un lado celebraba la raza aria y el otro la hermandad proletaria.
Pero cuanto más tiempo pasaba en la escuela, más me daba cuenta de que, en lo esencial, no había diferencia entre ellos.
Ambos regímenes se habían propuesto aniquilarme.
Los nazis, con su crueldad abierta, su brutalidad física que me golpeaba una y otra vez hasta que casi olvidé cómo se sentía ser humano.
Y ahora los soviéticos, con su destrucción más sutil pero igual de despiadada, me despojaban de mi voluntad, de mi capacidad de pensar por mí mismo.
Me habían convertido en un peón, no a través de la violencia directa, sino a través de la degradación lenta y metódica de mi alma.
Auschwitz me enseñó a sobrevivir sin esperanza, a soportar el hambre, el frío y la certeza de que el mañana podría no llegar.
Pero lo que los soviéticos estaban haciendo en Balashikha era diferente.
Ellos no querían solo mi cuerpo. Querían mi mente, mi espíritu.
Querían que creyera en su causa, que me convirtiera en un fiel dispuesto a sacrificar todo por el Estado, de la misma manera que los nazis querían que desapareciera, que fuera nada.
Me daba cuenta de que había caído en el mismo patrón. Primero había sido una víctima, una pieza de carne que los nazis trituraban en su maquinaria de odio. Ahora, los rusos me habían colocado en su propia maquinaria, pero, en lugar de simplemente destruirme, querían moldearme.
Había momentos, en los que, tras semanas de entrenamiento, me encontraba repitiendo sus palabras en mi cabeza, justificando lo que hacían.
Pensaba en la protección del socialismo, en la guerra de información que Mikhail y Vlad tanto repetían en aquellas mañanas que compartimos en la mesa de mi cocina.
Me escuchaba a mí mismo justificar los actos de violencia, las vejaciones, como si fueran un mal necesario para un bien mayor.
Incluso me encontraba convencido de que Occidente realmente era una amenaza, una fuerza corrupta que quería destruirnos, y que mis sacrificios —nuestras vidas— eran un precio justo a pagar para proteger el futuro.
Me sorprendía observando las técnicas de manipulación sexual que nos enseñaban, no con horror, sino con una fría fascinación.
Evaluaba los gestos, los juegos de poder, como si fueran simples herramientas de un trabajo que tenía que hacer.
¿En qué me estaba convirtiendo? En Auschwitz, la crueldad era explícita.
En Balashikha, se enmascaraba como una forma de patriotismo, de deber.
Pero la esencia era la misma: destruir al individuo para servir al Estado.
La única diferencia real entre los nazis y los soviéticos era el método. Pero ambos querían lo mismo: despojarme de todo rastro de humanidad.