La última frontera HUGO Moscú, octubre de 1962
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HUGO Moscú, octubre de 1962

N uestra situación había mejorado significativamente desde que había salido de la academia y conseguía datos, algo que fuese de interés para mis superiores.

Recorría los lujosos hoteles de Moscú, donde la ostentación era una máscara para ocultar la desilusión.

Cada encuentro, cada conversación, se convertía en un juego peligroso.

En esas habitaciones llenas de humo y secretos, me dejaba tocar por hombres que, a pesar de sus sonrisas, eran sombras al servicio de su gobierno.

La información que obtenía era un valioso regalo para mis superiores, y yo, bueno, yo entendí rápidamente aquel juego en el que me veía obligado a jugar.

Hubo un primer hombre, naturalmente, que fue mi primer encargo. Luego vino el segundo. Como si nada. Para el tercero ya me había vuelto impasible. Mis noches se desarrollaban en los mejores y más lujosos enclaves de la ciudad. Siempre donde se movía la información necesaria.

El primero fue un diplomático húngaro, Miklós, recién llegado a Moscú.

Un hombre rudo, con una sonrisa que no le alcanzaba los ojos.

Con él fue fácil. Solo tuve que escuchar.

Le gustaba hablar, sobre todo después de unas copas.

En un par de semanas, ya había aprendido todo lo que necesitaba: sus contactos, sus reuniones, las debilidades de su gobierno y las tensiones que había con la idea que la URSS quería extender a ese lado del Telón de Acero.

Su necesidad de afecto me lo puso en bandeja.

El segundo fue David, un empresario francés que venía frecuentemente por negocios.

Hacía alarde de su fortuna y de sus conexiones, pero, bajo su arrogancia, escondía un miedo constante a ser descubierto.

Era más desconfiado, más cuidadoso. No fue fácil, pero su soledad me ayudó.

Con él, descubrí detalles importantes sobre transacciones en Europa occidental que eran de interés para el Kremlin.

Luego llegó Ivan, un hombre poderoso dentro del propio gobierno y del que todos sospechaban, pero de ese tipo de personas intocables a las que nadie podía hacer nada.

Era un hombre difícil, pero su ego lo cegaba.

Fue el más difícil de doblegar hasta entonces, pero su vanidad era su perdición.

Sus secretos, enterrados bajo capas de altanería, acabaron por ser revelados.

Para cuando me di cuenta, ya me había convertido en un maestro en este juego.

Los hombres se repetían, como una galería de caras difusas que solo existían para mi misión.

Viktor, después de acostarse conmigo, lo decía todo.

Era un hombre que se desmoronaba tras el sexo, como si el placer momentáneo le arrancara las máscaras que llevaba puestas durante el día.

Hablaba sin pensar, sin detenerse a medir las palabras, confiado en que yo no era más que un confidente temporal, alguien que desaparecería en la niebla de Moscú.

A veces, se quedaba tumbado en la cama, mirando al techo, mientras yo recogía mis ropas del suelo, intentando recomponer la fachada que mantenía en pie mi propia identidad.

Pero, detrás de cada conversación, de cada momento en esos lujosos hoteles, había una angustia que no me dejaba respirar por las noches.

Me dejaba hacer de todo por ellos y, aunque cada encuentro tenía un propósito claro, el vacío que sentía crecía con cada misión.

A veces, pedían que fuese yo quien se lo hiciera a ellos, lo que casi me repugnaba más que dejarme hacer.

No era el acto físico lo que más me perturbaba, si bien eso ya era suficiente.

Era la completa disociación, la necesidad de apagar cualquier rastro de humanidad dentro de mí para poder cumplir con mi deber.

Había aprendido a hacerlo bien. No mostrar repulsión, no flaquear ante su contacto, sus demandas, aceptar cualquier cosa que quisieran por asquerosa que me pareciera al principio.

Cada noche era una actuación, una coreografía perfectamente ensayada.

Como un cisne en el lago que se representaba en el teatro Bolshói.

Lo que antes era solo un trabajo —una transacción entre mi cuerpo y la información que necesitaban— se había transformado en una carga invisible.

Una que llevaba conmigo cuando salía de esas habitaciones y regresaba a mi vida diaria, a mis amistades, a la fachada que construía para Elena y Anya.

Viktor no era el único. Ivan, con su altivez, también me desgarraba con su ego desmedido, su sensación de derecho sobre mi cuerpo.

Con él no había ni siquiera una conversación posterior; solo tomaba lo que quería y después me dejaba a un lado, como si nunca hubiese estado allí.

Ahí empezaba mi trabajo, en rebuscar en sus bolsillos lo que me resultara necesario para trasladar a mis superiores, mientras dormía plácidamente tras el orgasmo.

Y yo, en silencio, recogía los fragmentos de mí mismo, me vestía y me iba, sabiendo que lo que obtenía para mis jefes no era suficiente para aliviar el peso que empezaba a acumularse en mi alma.

Lo más perturbador de todo fue que, con el tiempo, aprendí a dejarme llevar por esa oscuridad.

No era solo que fuera asqueroso; era que, en algún rincón profundo de mi mente, comenzaba a aceptar que esto era lo que merecía.

Que mi papel en este mundo, como un hombre al servicio de un sistema despiadado, era el de ser utilizado, manipulado, moldeado para los fines del Estado.

Mi cuerpo era solo otra herramienta y yo había sido entrenado para usarlo sin dudar.

Pero, sin ya esperarlo, después de todos ellos, apareció Richard… Richard era distinto. Richard Hayes, la mano derecha del embajador estadounidense en Moscú. Sus ojos, de un azul profundo, reflejaban la fascinación por el mundo ruso, y su sonrisa perfectamente alineada escondía una mente afilada.

Meses después de mi última misión, me llamaron a casa. Al día siguiente debía de presentarme en una dirección para que me dieran mi primer operativo.

En una reunión en la KGB, se me encomendó la tarea de acercarme a Hayes. La sala era fría y austera, el aire impregnado de un silencio tenso. Nikolai Petrov, el alto funcionario del partido que supervisaba mis operaciones, me miró con sus ojos penetrantes.

—Borísov —comenzó a decirme con su voz grave que resonaba en la sala—, tu misión es clara.

Richard Hayes tiene información valiosa sobre las negociaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

Necesitamos que consigas acceso a sus documentos privados.

Usa tus encantos. Nuestras fuentes dicen que le gustarás.

Tiene especial afición a los chicos de mediana edad como tú. Hazlo. No dejes que se escape.

Me dieron un plan meticulosamente trazado de dónde iba, qué comía, dónde lo comía, con quién se veía, por dónde paseaba al salir del trabajo y con quién se veía. Lo sabían todo de él. Diría que hasta cómo se iba a vestir cada mañana.

—Como puedes ver, no tienes que pensar —añadió Petrov—, solo actuar. Y traernos lo que queremos.

El primer encuentro con Richard Hayes no fue una casualidad; fue un juego meticulosamente orquestado, un tropiezo en la trama de mi vida que me condujo a un mundo donde los secretos se entrelazaban con el deseo.

Había diseñado un plan que combinaba astucia y seducción, y sabía que el momento tenía que ser perfecto.

Decidí que la mejor manera de acercarme a Richard era a través de su rutina diaria.

Su horario era predecible; cada martes por la mañana, salía a caminar por el Parque Gorky, un espacio verde que se convertía en su refugio lejos de las exigencias de la diplomacia.

Sabía que ese sería el lugar ideal para llevar a cabo mi jugada.

Vestido con un abrigo ligero y una bufanda oscura, me dirigí al parque con un plan en mente.

Llevaba el pelo perfectamente cortado, con los rizos hacia un lado y mi barba despreocupada.

Algo que le pudiera gustar. Elegí un punto estratégico, cerca de un camino donde sabía que Richard pasaría.

Sentado en un banco, observé cómo los árboles danzaban suavemente con el viento, intentando no dejar que la anticipación me abrumara.

Mientras revisaba un libro de poesía rusa, noté su figura acercándose.

Richard caminaba con paso decidido, su mirada perdida en sus pensamientos.

La luz del sol se filtraba entre las hojas, iluminando su cabello rubio y dándole un halo casi etéreo.

Mi corazón latía con fuerza; sabía que era el momento.

Simulé distraerme con el libro, asegurándome de que mi posición me permitiera ver su acercamiento. Cuando estuvo a unos pasos, me levanté de forma intencionada, dejando caer el libro al suelo.

—¡Oh, lo siento! —exclamé en mi ya casi perfecto ruso, haciendo que mi voz sonara despreocupada, como si el accidente fuera un malentendido inocente—. No le había visto.

Richard se detuvo, sus ojos se encontraron con los míos y, en ese instante, todo el ruido del parque se desvaneció.

—No, para nada —respondió con una sonrisa genuina, inclinándose un poco hacia mí—. Me alegra que haya alguien más disfrutando del sol.

Su voz era melódica, como con un toque sensual, y me di cuenta de que había logrado captar su atención.

Mientras recogía el libro, aproveché para observarlo más de cerca. La forma en que sus labios se curvaban al hablar y la intensidad de su mirada eran irresistibles.

—Alexandr Borísov —me presenté, extendiendo la mano con una sonrisa.

Él la tomó con firmeza.

—Richard, Richard Hayes. Un placer conocerle, señor Borísov.

En su tono había una calidez que me animó a continuar. Parecía que llevaba media vida haciendo aquello. No sentía nada, solo el frío de la nieve que nos rodeaba en aquel octubre de 1956.

—¿Le gusta la poesía? —pregunté pasándome al inglés que tenía arrumbado en algún sitio de mi memoria, señalando el libro que sostenía.