La última frontera HUGO Moscú, 15 de abril de 1954 #3
73%

HUGO Moscú, 15 de abril de 1954 #3

—La KGB, Hugo —comenzó Vlad, manteniendo su tono sereno, pero con una intensidad en su voz que me hizo sentir pequeño—, no es solo una organización de seguridad.

No somos solo una policía secreta, como los occidentales quieren pensar.

Somos los guardianes del Estado. Somos quienes aseguramos que nuestra gran nación no se desmorone ante los ataques invisibles del enemigo.

Porque, aunque no lo creas, esta guerra fría no es menos peligrosa que la última guerra mundial.

No hay bombas cayendo sobre nuestras cabezas, pero las amenazas están por todas partes.

En el extranjero, sí, pero también aquí, en las mentes de quienes dudan de la Unión Soviética.

Mikhail, que hasta entonces había estado en silencio, dio un paso adelante, su mirada aún más dura que la de Vlad.

—Los estadounidenses, los británicos, todos esos países capitalistas, piensan que pueden derrotarnos sin disparar una sola bala.

Quieren destruirnos desde dentro. Sabemos que están infiltrando agentes, que están financiando movimientos para desestabilizar nuestras fronteras, que intentan debilitar nuestro sistema desde lo más profundo.

El capitalismo es una amenaza para el proletariado, para la paz mundial.

Y, si queremos sobrevivir, necesitamos hombres como tú.

Hombres que puedan moverse entre los poderosos, que puedan escuchar, observar y asegurar que no hay traidores entre nosotros.

—Pero no estamos solo reaccionando a la amenaza —agregó Vlad, con una sonrisa tensa—.

También estamos tomando la iniciativa. La inteligencia es nuestra arma más fuerte, Hugo.

La información es poder. Mientras los americanos y europeos juegan a las sombras, nosotros ya estamos allí, adelantándonos a sus movimientos.

Estamos luchando en todos los frentes: espionaje, propaganda, contraespionaje.

Cada conversación, cada relación, cada retrato que pintes puede ser una pieza del rompecabezas para proteger a la madre Rusia.

Me quedé callado, aturdido por sus palabras.

Todo lo que decían tenía un peso oscuro.

No era solo que querían que trabajara para ellos; era la forma en que describían este juego mortal en el que participaban.

A sus ojos, yo no era más que una herramienta, una ficha que podría moverse por el tablero para asegurar su victoria.

—La KGB es mucho más que una fuerza represiva —continuó Mikhail, su tono directo e impávido—.

No se trata solo de eliminar a los traidores.

Es la red que mantiene el orden mundial que queremos establecer.

Mientras Occidente fomenta el caos, nosotros nos a seguramos de que la verdad del socialismo prevalezca.

Pero para eso necesitamos ojos y oídos en todas partes.

Sabemos que no podemos confiar en todos, pero en ti, Hugo, vemos algo más.

Eres un hombre que entiende el poder del arte, el poder de las ideas, y por eso puedes ser útil.

—Tú puedes moverte en los círculos que nosotros no podemos alcanzar directamente —dijo Vlad, retomando la conversación—.

Como artista, como retratista de los poderosos, tienes acceso a gente que piensa que está por encima de la ley, que cree que sus conversaciones, sus secretos, son intocables.

Pero nosotros podemos escucharlos a través de ti.

Cada palabra que oigas, cada gesto que observes, puede ser la diferencia entre la estabilidad o el caos. Entre la lealtad o la traición.

Sabía lo que querían de mí. Querían que escuchara, que informara, que entregara las almas de aquellos que confiaban en mí a la maquinaria despiadada del Estado.

Mikhail continuó con un tono aún más gélido.

—No tienes opciones reales. El mundo ha cambiado.

Ya no estamos en una guerra de trincheras.

Esta es una guerra de mentes, de información, de lealtades ocultas.

Y, en esta guerra, no hay lugar para los neutrales.

O estás con nosotros o estás contra nosotros.

Y, si estás contra nosotros, no solo sufrirás tú. Todo lo que amas será destruido.

El peso de sus palabras me aplastó. No era solo una cuestión de supervivencia; se trataba de proteger a mis amigas, dos personas que no tenían nada que ver con esta guerra, pero que podrían ser arrastradas al abismo por mis decisiones.

Sabía que, si aceptaba, me convertiría en alguien que ya no reconocería al mirarse al espejo.

Pero, si me negaba, las perdería para siempre.

—Tienes que entender algo, Hugo —dijo Vlad, con un tono más suave, casi como si intentara mostrarme una pizca de compasión—.

Nosotros no somos los villanos que Occidente describe.

Estamos protegiendo a nuestro pueblo. Estamos asegurando que no caigamos bajo el yugo del capitalismo decadente.

Ellos te harían pensar que somos monstruos, pero ellos son los verdaderos enemigos.

Los americanos, los británicos, están esperando cualquier debilidad para destruir lo que hemos construido. Y no podemos permitírnoslo.

Me quedé en silencio, tratando de procesar todo lo que me decían. Sabía que la decisión que tomara ahora cambiaría todo. Ya no había un futuro claro, solo un abismo de opciones imposibles.

—Tienes dos días —dijo Vlad finalmente, mientras se levantaba—. Piensa bien. Porque esta es tu única oportunidad.

Me quedé solo en el cuarto, sintiendo el peso del mundo caer sobre mis hombros. Dos días. Dos días para decidir si traicionaba todo lo que era o si condenaba a las personas que quería, las únicas que tenía en el mundo .